martes, 3 de abril de 2018


La fiesta de los Cucos

   El "Lunes de Aguas", es una fiesta que se celebra en Salamanca, desde tiempo inmemorial, coincidiendo con el lunes siguiente al Lunes de Pascua. Ese día,  los salmantinos aprovechan la tarde para comer el hornazo a las orillas del Tormes, en casa, o donde se tercie.
   Ese mismo lunes, también era la fecha en la que volvían las prostitutas a la ciudad ya que, durante Cuaresma y Semana Santa, no podían  trabajar en el casco urbano y tenían que ir a ejercer su oficio al otro lado del río. La prohibición, por la que estas mujeres no podían permanecer en la ciudad, durante el tiempo de Cuaresma y Pasión, fue consecuencia de un edicto que, en este sentido, promulgó el Felipe II, allá por el siglo XVI.
   Mucha gente cree que la festividad del Lunes de Aguas tuvo su origen en la vuelta de estas "trabajadoras del amor" a sus actividades habituales en la ciudad, pero esto no es así; el origen de la fiesta es muy anterior a este hecho, y ambas cosas: comer el hornazo y la vuelta de estas mujeres a la ciudad, tras su exilio cuaresmal transtormesino, parece ser una simple coincidencia en el tiempo.
 
  La celebración, además de festejarse en Salamanca, también tiene lugar en varios lugares de la  provincia, entre ellos Barreras, un pueblo de nuestra comarca.
   En más de una ocasión, he estado con gente que no sabe donde se encuentra Barreras; otros, en cambio, aunque saben dónde está, nunca han ido a este pueblo ya que no es lugar de paso para ir a ningún lado... quien quiera conocer Barreras, tiene que ir a Barreras.  
   Esta localidad se encuentra entre Encinasola de los Comendadores, Saldeana y Villasbuenas; actualmente, es una pedanía de este último pueblo, y nunca fue un lugar populoso, siempre ha tenido pocos habitantes.
Iglesia de Barreras
 
   Los pueblos de Salamanca, salvo raras excepciones, vienen sufriendo, desde mediados del siglo pasado, una brutal despoblación que hasta ahora ha sido imparable. El fenómeno, aunque es evidente en todos nuestros pueblos -sólo hace falta darse un paseo en otoño o invierno, por las calles de cualquiera de ellos para comprobarlo- ,  cuanto más pequeño es el lugar, más visible es el problema,  como es el caso de Barreras.
  El INE contabilizaba, en 2017, en este pueblo, tan solo 24 habitantes; claro que  antes ha vivido tiempos mejores y, cuando allí vivía más  gente, celebraban sus fiestas correspondientes. Una de  ellas, quizá la más conocida, era la "La Fiesta de los Cucos".

   Entre la gran variedad de aves que podemos observar en nuestros campos, una de las más populares es el cuco, un pájaro que, al ser bastante huidizo, es poco conocido por su aspecto; en cambio, todos somos capaces de reconocerlo por su canto tan característico.
   En el mundo de las aves, distinguimos dos grandes grupos; las aves sedentarias, que son aquellas que permanecen entre nosotros durante todo el año, y las aves nómadas, que son las que nos acompañan sólo en determinadas épocas del año.
   Los cucos pertenecen a este segundo grupo; están en España, acompañándonos, durante la primavera y el verano, aprovechando su estancia aquí para criar, y, cuando llega septiembre, nos dejan,  marchándose a África, donde pasarán el otoño y el invierno.
   Su vuelta a la península,  habitualmente, tiene lugar en la segunda quincena de marzo; pero, si el clima no es favorable, pueden retrasar su llegada hasta los primeros días de abril.
   El regreso de los cucos a estas latitudes, por estas fechas, ocurre de forma tan constante que el refranero popular dice al respecto: "Si el cuco no canta, entre marzo y abril, es que el cuco se ha muerto, o es que ha llegado el fin"  -supongo que se refiere al fin del mundo, así que más vale que siga cantando mucho tiempo-

   Cuando a finales de marzo damos un paseo por el campo, ya podemos escuchar el canto del cuco, un signo evidente de que los rigores del clima invernal ya han desaparecido dando paso a unas temperaturas más suaves. Este es el motivo por el que nuestros abuelos llamaban al cuco  "El pregonero de la primavera" pues su vuelta a la península, desde sus cuarteles de invierno africanos, siempre coincide con la llegada de esta estación.
   Volviendo a los dichos populares; la gente de los pueblos, cuya economía está íntimamente ligada a los avatares que trae el clima, en un "alarde de sabiduría", también dice a veces:  "Cuando el cuco canta, llueve, hace sol, truena o descampa".

  Los cucos, además de su inconfundible canto, tienen otra característica que les hace muy especiales y es que  son aves parásitas, no hacen nidos para criar. Su "modus operandi" es el siguiente: Una vez que la cuca y el cuco han "andado de corribanda", ella pone sus huevos en el nido de otros pájaros siendo "estos padres adoptivos" quienes empollan y crían a los pollos del cuco.
   La hembra del cuco no elige al azar los nidos que parasita, escoge los de aquellas aves cuyos huevos tienen un color similar a los suyos, con el fin de que los padres putativos no se den cuenta de que ese huevo no es suyo.
  Para llevar a cabo la operación "cambiazo del huevo" , la cuca localiza a alguna pareja que ya esté  incubando los huevos, la vigila de cerca, y, cuando ve que los padres abandonan momentáneamente el nido, generalmente para ir a comer, se acerca al mismo, empuja fuera del nido uno de los huevos que están siendo incubados  y, en su lugar,  pone uno de los suyos. Dichas operaciones ha de realizarlas rápidamente, para que los dueños del nido no la pillen "in fraganti"·.
  Cuando vuelven los dueños del nido a seguir empollando sus huevos, casi nunca se dan cuenta de la maniobra ya que van a encontrar el mismo número de huevos que había, cuando se fueron, y todos con un color similar, por lo que  seguirán su proceso de incubación convirtiéndose así, sin pretenderlo,  en padres del pollo del cuco.
  Esta operación de colocar sus huevos en nido ajeno, por parte de la cuca, la repetirá, posteriormente, varias veces, a lo largo de la temporada de cría, en otros nidos diferentes,  asegurando así su descendencia.
  Como podemos ver, los cucos tendrán sus virtudes, pero la paternidad responsable no es una de ellas.

  Si los pájaros fueran envidiosos como los humanos, estoy seguro que el resto de la avifauna macho envidiaría al cuco. ¡Vaya vividor! Se pone a cantar...con sus cantos conquista a la cuca...se lía con ella... y, después de una breve e intensa relación, la abandona  siguiendo con sus cánticos para conquistar otra, y después otra, y otra, y...
   Ella, por su parte, se dedica a repartir huevos en nidos ajenos desentendiéndose de ellos, con el riesgo de provocar grandes traumas psicológicos entre los pájaros que crían a los pollos de los cucos, y quién sabe si divorcios aviares,  porque ya me diréis cómo puede justificar la madre de ese nido, ante el padre, cuando nacen los pollos, el poco parecido que guarda uno de ellos con los progenitores.
   Esta época de ajetreo y crianza en nidos ajenos, que realiza el cuco, tiene lugar durante abril y mayo; después, al llegar junio, ya dejamos de oír su canto debido a que, a estas alturas de la temporada, la época de cría ha finalizado. A partir de ahí, siguiendo ya un régimen de vida más sosegado, permanecerá con nosotros hasta septiembre, que es cuando nos abandona para ir a pasar la etapa africana.

  Familiarmente, se dice de un hombre, o mujer, que es muy cuco/a, cuando queremos indicar que es un espabilado/a, y,  la vez, un poco sinvergüenza; lo cual no debe extrañarnos nada a la vista de "las hazañas" de estos pájaros.

   Volviendo a Barrreras, a su "Fiesta de los Cucos", del mismo modo que en la capital, el río Tormes adquiere mucho protagonismo en la misma; aquí, también tenemos un río que tenía algo de protagonismo, El Huebra, ya que la orilla derecha del mismo era uno de los destinos elegidos, por la gente de este pueblo, para ir a comer el hornazo ese día.
   Como la celebración de la fiesta es siempre en plena primavera, los cucos ya andan por aquí y el canto insistente de los mismos acompañaba, durante toda la tarde, a la gente que iba de merienda al campo - si hablamos de esta fiesta, desgraciadamente, también hay que hacerlo en pasado, es una más, de nuestras fiestas típicas, que sólo quedan en el recuerdo-

  Hace años, pregunté a un hombre de Barreras el motivo de que esta celebración recibiera el nombre de "Fiesta de los Cucos", y que si era debido a que, ese día, emulando a esas aves, hombres y mujeres se dedicaban libremente a *********, y después "si te he visto no me acuerdo".
   Al oír mi pregunta, estuvo riéndose un buen rato y me explicó que la gente del lugar, en este aspecto, si guardaba parecido con algún ave era con las cigüeñas, que se emparejan para toda la vida -esta conversación la mantuve hace más de 30 años;  entonces, el índice de divorcios era muy inferior al actual- ; y que la crianza de los niños allí discurría exactamente al contrario de lo que hacen los cucos pues cada matrimonio se ocupaba con gran dedicación al cuidado de sus vástagos (sus pollos).
   Al vivir en un pueblo tan pequeño, los niños eran pocos y mantenían una estrecha relación entre sí y con el resto de personas adultas; se criaban libremente y eran muy felices. Como apenas circulaban coches por las calles del pueblo, ni pasaba gente extraña por allí; desde muy pequeños, siempre tenían la puerta de casa abierta para entrar y salir libremente de ella, pasándose el día jugando en la calle, con el resto de los muchachos. Cuando llegaba el atardecer,  indefectiblemente, cada uno volvía a su nido (la casa de sus padres).
   Mi informante, la única relación que encontró para que la fiesta recibiera este nombre, es que los chicos, cuando llegaban estas fechas, en ocasiones, para poder relacionarse con alguna chica, a menudo imitaban el canto de los cucos, algo que despertó en mi una gran curiosidad.
Río Huebra  (Barreras)

   Actualmente, es muy fácil poder comunicarnos con los demás; gracias a los móviles, tenemos la posibilidad de enviar whatsApps, mensajes, hacer llamadas directas o enviar e-mails; pero entonces no disponíamos de estos medios; concretamente, en Barreras, en aquella época, ni siquiera había teléfono en los domicilios particulares, -en la década de 1970 creo que sólo había un teléfono público-  por ello, antes, si un chico del pueblo estaba interesado por una chica  y esta le correspondía, cada vez que quería hablar con ella tenía que acercarse a su casa y avisarla para que supiera que estaba fuera esperándola.
   Claro que al interesado, ni se le pasaba por la cabeza llamar a la puerta de la casa para invitarla a salir, esto sólo era posible cuando la relación era ya muy duradera y estaban al borde del matrimonio; por lo tanto, cuando un chico quería ver a su enamorada, lo tenía algo difícil y debía arreglárselas de diversas formas.
   Una de las tácticas, para avisar a la chica, era convencer a una de sus amigas para que fuera a llamarla para salir, pero como no siempre había una mensajera  dispuesta a ejercer de  intermediaria, en primavera era muy común que "el pájaro enamorado" se colocara en alguna esquina cercana a la casa de la chica que pretendía, y, desde allí,  imitaba el canto del cuco. Cuando la moza correspondiente, oía este reclamo, daba una excusa razonable a sus progenitores para salir de casa, y se dirigía a su encuentro.
   Estos "cuu-cuus" provenientes de las esquinas, curiosamente, no dejaban de ser reclamos de amor como los que hacen cucos; mas no se limitaban a una sola fecha, sino que tenían lugar durante toda la primavera. Como la celebración de "La Fiesta de los Cucos" se circunscribía a un día concreto,  intentar justificar el origen de la fiesta, por estos reclamos amorosos, no parecía que fuera un argumento suficiente para darle nombre a la misma. 

 Posteriormente, coincidí un día en Vitigudino con una mujer de Barreras, ya mayor -entonces me pareció mayor, porque yo era muy joven; seguramente, hoy  me hubiera parecido menos mayor- ; la señora era muy agradable y aproveché para preguntarle sobre dicha fiesta, cuyo origen tanta intriga me producía.
  Al haber oído ya, previamente, la versión de un hombre respecto a la misma,  escuchar la de una mujer me resultaba de lo más interesante.  Ella, tal como ocurriera con el informante anterior, me indicó que siempre la había conocido por este nombre,  y que tampoco sabía, realmente, si tal denominación tenía relación con algún hecho o acontecimiento más antiguo que se hubiera perdido en el tiempo.
  Opinaba que "La Fiesta de los Cucos" recibía ese nombre, simplemente, porque era una celebración muy esperada por la gente del pueblo. En ella se salía a comer el hornazo al campo y, al coincidir siempre en primavera, los cucos ya estaban presentes en la zona, cantando en los árboles; así que asociaban la fiesta con el canto de estos pájaros.
   Como la fiesta es móvil en el calendario, del mismo modo que ocurre con Carnavales, Semana Santa y Pascua; la fecha concreta de su celebración variaba todos los años y, por ello, cada año, al preguntarle los niños a los padres, que cuándo iba a ser la fiesta;  éstos, para no tener que  andar haciendo cálculos y comprobaciones, siempre respondían: "Cuando canten los cucos"; así  nunca fallaban.  Aquella buena mujer opinaba que ese era el motivo de que a la fiesta tuviera tal nombre. 

   Aproveché también para preguntarle si era verdad que cuando un chico pretendía a alguna chica, en primavera, al ir a llamarla a su casa, imitaba el canto del cuco para que saliera, sin tener que acercarse a la puerta de su casa.
   La pregunta le hizo mucha gracia y esto me hizo pensar que lo que acababa de preguntar era una estupidez, pero resultó que era cierto.
  Afirmó que ocurría en primavera y en otras estaciones, y que los padres, como no eran tontos, ni sordos, cuando sonaba algún "cuu-cuú"  después del atardecer, próximo a una casa, y en ella había alguna chica en edad de merecer, solían decirle a ésta:
­  - Cuando veas a fulanito le dices que no moleste a la vecindad (en un pueblo tan pequeño, todo el mundo, incluidos los padres, sabía quién era aquel cuco tan raro que en vez de cantar durante el día, desde la rama de un árbol, lo hacía en una esquina, al amparo de la oscuridad de la noche).
 - No sé por qué se molestaban tanto en andar rondando la calle de noche -comentó la mujer-, ya que el recado de los padres, habitualmente, sólo podían dárselo, en el mejor de los casos, al día siguiente, pues casi nunca nos dejaban salir a aquellas horas... y menos si había "algún cuco" rondando por allí.

jueves, 1 de marzo de 2018


La cuba de vino


      (La vida es una tragedia para los que sienten, y una comedia para los que piensan, De la Bruyere)

   Los humanos, como seres vivos que somos, tenemos un ciclo vital que comienza con el nacimiento de cada uno y finaliza con la muerte; el espacio de tiempo que transcurre entre esos dos momentos tan fundamentales de nuestra existencia, es la vida... nuestra vida.

   Las personas vivimos sin saber cual va a ser nuestro último día; esto es algo que escapa a nuestro conocimiento; aunque, bien mirado, esto no deja de ser una suerte ya que sería terrible vivir, sabiendo de antemano nuestra fecha de caducidad.
   La poesía, ese género literario que pretende expresar la belleza de las cosas, a través de las palabras, también tiene cabida aquí; alguien, inspirado por las musas, dijo en su día que “el destino de cada uno está escrito en las estrellas"     
  
   Otra de las cualidades que tenemos los seres vivos, es que cada especie animal está predestinada a vivir un tiempo determinado, y  nosotros, como animales que somos  -unos más que otros, eso sí-  no podemos hacer nada para alargar nuestra existencia; en cambio, lo que sí está en nuestras manos es la forma de vivir. 
   Los más sabios de los hombres, en esto todos se muestran  de acuerdo, piensan que, mientras "estemos por aquí" , hay que procurar vivir lo mejor posible. No debemos limitarnos a existir, hay que procurar vivir de forma activa, disfrutando de nuestra existencia, viviendo plenamente día a día...en pocas palabras, debemos intentar ser felices.

  La felicidad no es un artículo que puede adquirirse en las tiendas, al gusto del consumidor, algo visible y palpable que podemos llevárnoslo a  casa como si fuera una mercancía más; en realidad, es un concepto que tiene un significado diferente para cada persona; por lo tanto, cada cual la obtiene a su modo. 
   No existen unas directrices universales cuyo seguimiento permita que  todos alcancemos el mismo grado de felicidad; eso no es posible porque cada persona es un ser único y diferente a los demás, con sus propias aspiraciones o pretensiones, y con sus virtudes o rarezas; por ello, lo que es bueno para uno,  puede no serlo para los demás.
  Lo que está claro es que, para encontrar el camino de la felicidad, precisamos  tener cubiertas algunas necesidades básicas;  sobre este particular, Bertrand Russelll, un filósofo británico, afirmaba que la felicidad se basaba en cuatro pilares fundamentales: salud, medios suficientes para no sufrir privaciones -aquí se refería al dinero, que nadie piense en otros medios-, unas relaciones personales satisfactorias, y el desempeño de una actividad laboral con éxito.
   Además de estos condicionantes necesarios para poder ser feliz, cada cual  debe encontrar su felicidad personal desarrollando aquellas aficiones o actividades que le resulten placenteras, debiendo realizarlas, siempre, a su justo tiempo; no podemos vivir postponiendo excesivamente las cosas, dejándolo todo para un mañana que no estamos seguros que vaya a llegar.
   Actuando de este modo, conseguiremos que, cuando la Parca llame a nuestra puerta, no nos pille desprevenidos y tengamos que irnos con ella, dejando pendientes asuntos importantes, o que signifiquen  mucho para nosotros,

    Anisio, un hombre de nuestra comarca, en una ocasión se encontró ante un  dilema de este tipo.
 
    Aquella mañana, se encontraba el médico, en el consultorio local, acabando de ver a los pacientes, y, tras salir el último de ellos, alguien llamó a la puerta. Era un hombre del lugar y el galeno, que lo conocía sobradamente, le hizo pasar.
-  ¡Pase  Anisio!...Usted estuvo aquí ayer ¿no?
- ¡Si señor!, yo vine ayer a la consulta -respondió el paisano-  Perdone que venga sin cita, pero es que tengo un problema importante; más bien una duda,  y venía a ver si podía usted resolvermela. 
   No sé si recordará que me mandó ayer a Salamanca, para que me vea el especialista; pero es que no me dijo, exactamente, qué es lo que tengo, y como no sé si es grave, leve o regular, no estoy tranquilo. 
  Voy a serle muy sincero, entre otras cosas, porque con el médico siempre hay que serlo. Lo único que me interesa saber es si tengo algo malo... con eso es suficiente. Sé que no soy joven y, también, que aquí todos estamos  de paso; así que no voy a asustarme por lo que pueda decirme. Lo que ocurre es que, como ya le dije antes, tengo un problema bastante importante,  y no sé cómo resolverlo. Todo va a depender de lo que usted me diga.

   El médico escuchaba con atención al hombre que tenía delante, deseando que se dejara de tanto preámbulo y fuera directo al problema que tenía, cuya solución iba a depender de lo que él opinara, pero éste siguió con su retórica.

- ¡Verá!, tengo una viña y, del vino que hago, una parte la vendo y otra la dejo para mí, para el consumo de casa. El año pasado, la cosecha fue  buena y el vino salió excelente...fue tan bueno, que el que vendí se puede decir que me lo quitaron de las manos.
  De la parte que dejé para mí, tengo reservada  una cuba y pensaba abrirla en alguna ocasión especial. Ayer tarde, en casa, estuve cavilando sobre lo que me había dicho usted por la mañana... que creía necesario que me viera el especialista, y llegué a la conclusión de que, si voy a durar poco, quizá este era ya el momento para abrir la cuba. Esa es la razón por la que he venido; le pido que sea usted franco conmigo y que me diga si tengo algo malo; porque si es así, hoy mismo abro el tonel que tengo reservado y empiezo a beberme el vino.  

   El hombre, concluyó su disertación de este modo: 

- No quiero irme “al otro barrio” y dejar "en este" la cuba llena, para que encima se la beban otros. Mi abuelo, que sabía mucho mucho de las cosas de la vida, decía que “para allá sólo te has de  llevar, lo que te puedas tomar”.
 
  El médico, que había permanecido sumamente atento a las largas explicaciones de su paciente, esperando encontrarse ante algún asunto de salud, de difícil resolución, cuando oyó  la naturaleza del problema que éste le había planteado, no pudo contener la risa;  así que tuvo que taparse la boca con la mano para evitar que el dueño de la cuba se enfadara; al fin y al cabo, él lo consideraba una cuestión importante, su razonamiento era muy respetable y estaba pidiéndole ayuda para resolver el "problema"  que tenía con su cuba de vino.
  
- Mire, respondió el doctor, le he mandado al especialista porque ha estado malo bastante tiempo y, aunque ha mejorado mucho con el tratamiento que le puse, la tos no acaba de desaparecer; por  eso quiero que le vean bien...por si le ha quedado alguna secuela... o por si la tos es debida a otra causa. Yo no creo que sea nada importante, pero eso él se lo dirá. 
- ¿Entonces usted cree que puedo esperar para abrir la cuba?. Preguntó Anisio, que por lo visto mostraba más interés por el destino del vino, que por su tos.
- ¿Es muy grande?, respondió el médico
- No, es pequeña. Hace cuatro cántaras. Si una cántara tiene 16… debe contener unos 64-65 litros, respondió Anisio.
- ¿Eso cuanto le dura a usted?, preguntó el doctor.
- Depende de cómo esté el vino, contestó el dueño de la cuba. Si sale bueno... menos, y si no sale tan bueno... algo más. Un litro me viene durando dos días; si invito a alguien, algo menos, evidentemente.
- El médico hizo mentalmente sus cálculos: O sea, que una vez abierta la cuba, le duraría dos meses, aproximadamente. 
- Sí, por ahí -respondío Anisio-. Quizá algo menos, siempre regalo algo a los amigos.
- Entonces no la abra todavía - concluyó el médico, que en su vida profesional no recordaba haberse encontrado nunca calculando cuánto le podía durar una cuba de vino, de cuatro cántaras, a un paciente-
   Creo que puede esperar a que le vean y, una vez que ya sepa los resultados, actúe en consecuencia; pero repito que no creo que tenga nada malo... aunque hay que asegurarse de ello.
   En el peor de los casos, si hubiera algo importante, tampoco va a ser tan malo como para no darle tiempo a acabar la cuba. Sobre esta cuestión, creo que puede estar tranquilo.
- ¡Estupendo!, contestó muy satisfecho Anisio. No sabe lo que eso me tranquiliza. Gracias por la aclaración. Ahora sé que puedo esperar para abrirla. Cuando la empiece lo sabrá porque le traeré una botella; ya verá lo bueno que está el vino de este año. ¡Hasta otro día!.
El Duero desde El Castillo de Vilvestre.

(Esto "consulta medica" tuvo lugar en Vilvestre. En los pueblos de la Ribera, el microclima existente en las orillas del Duero  permite que en sus laderas haya cultivos propios de un clima mediterráneo como almendras, aceitunas, naranjas, granadas...También hay viñas con las que se elabora un vino muy agradable al paladar, como el del dueño de la cuba, que, por cierto, no se llamaba Anisio)

lunes, 5 de febrero de 2018

Quintos, carnavales y otras zarandajas


  Dentro del calendario festivo anual, una de las fiestas de invierno más señaladas es el carnaval; aunque, en nuestra comarca, para hablar de esta fiesta, realmente, hay que  hacerlo en pasado ya que, en la mayoría de los pueblos,  apenas se celebra ya.
   El declive de nuestros carnavales comenzó en la segunda mitad del siglo pasado coincidiendo con el éxodo de la gente del campo a la ciudad; sin embargo, hasta entonces, el carnaval se celebraba en todos los pueblos y la gente participaba activamente en la fiesta siendo los quintos, de cada lugar, los protagonistas  indiscutibles de la misma.

   En España, hasta el año 1996, existió el servicio militar obligatorio, "la Mili" y los quintos eran aquellos chicos varones que cada año se incorporaban a la milicia; un hecho que  coincidía en el tiempo con la llegada a la mayoría de edad.
   Alcanzar la edad adulta siempre ha sido, y es, un acontecimiento muy importante en la vida de las personas;  antes, para los hombres, esto conllevaba una serie de "derechos" que contemplados retrospectivamente pueden invitar a la risa, aunque entonces se les daba gran importancia; por poner algunos ejemplos: ya no  necesitaban permiso de los padres para ir a los bares y volver tarde a casa, podían fumar, tampoco se les mandaba a hacer recados como a los muchachos... claro que otro de los "derechos  adquiridos"  era la obligación de ir a "la Mili".
   En algunas tribus africanas, pasar a formar parte del mundo de los adultos era un hecho que revestía una gran trascendencia para los interesados y para el resto de la comunidad. Para que un muchacho fuera reconocido como adulto, a todos los efectos, no le bastaba con alcanzar la edad reglamentaria;  además,  tenía que realizar unos rituales, básicamente, unas pruebas de habilidad y resistencia. Una vez que las superaba, es cuando obtenía su reconocimiento como guerrero, con los mismos derechos y obligaciones que el resto.
   Estos rituales, que realizaban los jóvenes de las tribus, para ganarse el estatus de adulto, son conocidos como "ritos de paso".
   En España, en el ámbito rural,  cuando los jóvenes llegaban a la mayoría de edad y pasaban a ser quintos, del mismo modo que los jóvenes de las tribus africanas,  a lo largo del año anterior al de su incorporación al servicio militar, intervenían en diversas celebraciones y, en el curso de las mismas, debían realizar una serie de actos y tareas bastante estandarizados que  los  antropólogos no han dudado en catalogar, también, como "ritos de paso".
  Los quintos de cada pueblo, acudían juntos a diversos eventos en los que participaban de forma grupal constituyendo un  equipo o hermandad y,desde ese año, entraban a formar parte de la pequeña intrahistoria de cada lugar pasando a ser conocidos como la quinta del año * * * *

   La presentación de los quintos tenía lugar, habitualmente, durante los últimos días del año anterior; con tal fin, celebraban "la Fiesta de los Quintos",  generalmente, entre Nochebuena y Nochevieja.
   En Barrueco, la fiesta de presentación de los quintos era el 31 de diciembre; ese día lo pasaban juntos ya desde la mañana. Desayunaban, comían y cenaban lejos de la familia, en una casa que alguien les había cedido, o hubieran alquilado al efecto.
  Por la mañana, iban al campo con carros a por leña, con la que harían esa noche una gran hoguera en la plaza del pueblo; además de la leña, en otro carro volvían al pueblo  con un árbol entero, generalmente un chopo o pino, lo más recto y alto posible, al que después, en un corral, le quitaban
casi todas las ramas, dejándole únicamente las superiores a modo de penacho, y la corteza, quedando el tronco totalmente liso, Este árbol estaba destinado a ser plantado,  esa misma tarde, en el medio de la plaza.
   Como el árbol se pingaba en la plaza el último día de diciembre, y no en el mes de mayo como en otros sitios, por razones obvias no podemos decir que era ""un mayo",  así que lo llamaremos el Árbol de la Nochevieja, pues, en Barrueco, ese era el día en el que lo ponían.
   Al anochecer, los quintos iban por todas las casas del pueblo invitando a los vecinos al baile de la noche -ese día el baile lo pagaban ellos- y, cuando acababa el mismo,  completaban la jornada haciendo una buena fogata en la plaza, al lado del árbol que previamente habían plantado, con la leña  acarreada hasta allí por la mañana. 
   La hoguera estaría toda la noche encendida y allí permanecían, al calor de la lumbre, hasta el amanecer; comiendo, bebiendo, cantando e invitando a todo aquel que se acercara por allí. 
  Así es como daban la bienvenida, los quintos, al nuevo año

   Tras esta fiesta de presentación en sociedad, a lo largo del año entrante, los quintos acudían, o participaban en una larga serie de actos y celebraciones, festivas y no festivas, como eran la Talla de los quintos y  el Sorteo, que determinaba el lugar donde iría cada uno ir a hacer la mili; siendo también, ese año, los encargados de "pedir el vino" a los mozos forasteros que pretendieran a alguna chica del lugar. Además de lo anterior, también participaban en varias fiestas siendo, como ya se indicó anteriormente, los principales promotores de los carnavales.

    Los primeros carnavales que recuerdo, en mi pueblo, siendo muy niño, se remontan a comienzos de la década de 1960; entonces, el fenómeno migratorio, de la gente del campo a la ciudad, aún estaba en sus inicios, y , al contrario que ahora, los pueblos aún mantenían casi toda su población, en ellos había mucha  gente joven y es sabido que, donde hay juventud, hay alegría.

  El ritual de los quintos, durante el carnaval, aunque con pequeñas variaciones, era bastante similar en todos los pueblos de la zona. 


San Sebastián

(El veinte de enero, San Sebastián el primero)

   El día de San Sebastián (20 de enero) podríamos considerarlo el preámbulo de los carnavales ya que, en esta fecha,  los quintos se reunían para iniciar los preparativos como buscar una casa que les serviría en el futuro como lugar de reunión. Iba a ser "la casa de los quintos" , su  sede oficial.  Además, ese día, también había baile.
 
    Los quintos iban en grupo y cantaban alboradas por la mañana, canciones durante el día y rondas por la noche. Dos de ellos portaban una garrafa de vino, con el fin de beber a su antojo e invitar a los demás  (como podemos ver, eso de hacer botellón y beber en la calle no es un invento tan moderno como algunos pretenden. Nuestros quintos ya lo hacían hace muchos años; eso sí, no dejaban la calle hecha un asco, llena de vasos ni botellas vacías, como ocurre ahora) 
 
   El cantar alboradas y rondas, e ir en grupo por la calle paseando la garrafa, no se limitaba a este día, lo harían después de forma continuada, durante todos los carnavales y en otras fiestas.


Jueves Merendero

   (Hoy es Jueves Merendero/ me voy de merienda al campo/ llevo pan, vino y chorizo/ en "cuantis " llegue lo zampo)

   La fiesta de carnaval, prácticamente, comenzaba el jueves anterior a los carnavales: Jueves Merendero o Jueves de Comadres.
   Este día, también se reunía el grupo de quintos, hacían sus paseos con la consabida garrafa, se apalabraba el borrego,  por la tarde iban a comer la merienda al campo como el resto de los jóvenes,  y  por la noche había baile.
   Al comenzar el baile, tenía lugar un acontemiento muy importante para ellos pues era el sorteo de mozos y mozas.
  Llegado el momento, en un sombrero se introducían papeles donde iban escritos el nombre de los chicos (quintos),  en otro sombrero, papeles con el nombre de las chicas, y después dos personas iban sacándolos de uno en uno.
   Quien tenía el sombrero de las chicas, sacaba un papel y, en voz alta, decía el nombre allí escrito;  a continuación, quien tenía el sombrero de los quintos sacaba otro papel, pronunciaba en voz alta el nombre del chico, y así quedaba  establecida la primera pareja.
  El proceso continuaba hasta que todos los quintos estuvieran emparejados (en algunos pueblos, el sorteo de mozos y mozas se extendía también al resto de la mocedad, no solo a los quintos).
  Este sorteo despertaba una gran expectación no sólo entre los protagonistas, el resto de la gente también permanecía muy atenta a los resultados -eran unas ocasiones magníficas para el cotilleo- de modo que, al día siguiente, cuando alguien se encontraba con alguno/a de los chicos/as implicados en la rifa, siempre le preguntaba con gran interés que quién había sido el afortunado/a  que le había tocado en suerte.
  La "normativa" exigía que cada uno de los involucrados/as debía aceptar, sin discusión alguna, a la pareja que le hubiese correspondido; no se podía cambiar. Si le  gustaba el chico/a que el azar le había destinado, estupendo, y si no le gustaba, tenía que aceptar el resultado del sorteo con deportividad. Ante los ojos de todo el pueblo, eran "pareja oficial" y debían permanecer juntos durante todos los carnavales.
   Las obligaciones de los componentes de cada pareja, respecto al compañero/a, eran bastante simples, básicamente, consistían en asistir juntos a algunas de las actividades que se hacían en grupo, y en tener preferencia a la hora de bailar  -ellas no debían negarle el baile a su pareja-.
   A veces, los integrantes de la pareja se gustaban, la relación continuaba y llegaban a hacerse novios; en cambio, otras parejas no congeniaban bien y estaban deseando que llegara el miércoles de ceniza, ya que ese día era cuando terminaba el compromiso adquirido.

  Durante los días de carnaval, los quintos apenas pisaban el domicilio familiar. Convivían en la casa que previamente habían ajustado por San Sebastián; esta "casa de los quintos" era su punto de encuentro; allí  hacían vida en común durante las fiestas, juntos y alejados de la familia; en ella comían y dormían, acudiendo al domicilio familiar, muy puntualmente, para asearse y cambiarse de ropa.  


El sábado   
(Cuando llega la víspera)

    El hecho  más destacable que ocurría el sábado era el paseo del borrego. Éste, que previamente había sido adquirido por los quintos, el Jueves Merendero, era adornado por las chicas con lazos en el cuello y los cuernos, cubriendo también, a veces ,el cuerpo con alguna tela de vivos colores. Así
Youtube.com Casillas de Coria
, engalanado, era paseado por los quintos, recorriendo  las calles del pueblo.
   Este borrego, posteriormente, sería sacrificado y alguna de las madres de los quintos lo guisaba para que éstos se lo comieran durante los días de carnaval.


El domingo de carnaval

   Era uno de los días grandes de la fiesta y ya había que disfrazarse; cosa que hacían tanto los jóvenes como los no tan jóvenes. 
   Los disfraces eran de lo más diverso, algunos de ellos muy ingeniosos. Entonces, como  la  economía no era muy boyante (más bien, lo contrario),  éstos solían elaborarse en las casas, a partir de ropa vieja; una labor que comenzaba  pasadas las navidades.  
  A quienes les gustaba mucho la fiesta, a lo largo de los carnavales, a veces, usaban varios disfraces, uno para cada día;  en cambio, otros apenas se molestaban en elaborar disfraz alguno y se ponían lo primero que apañaban.
  El disfraz ideal era aquel que, una vez puesto, conseguía que fuera irreconocible quien lo llevara; aunque había algunas normas de obligado cumplimiento: la cara podía estar pintada, pero no debían usarse máscaras, siempre debía permanecer descubierta; en cuanto a la moral, también había que seguir ciertos cánones, a veces no muy comprensibles; los hombres no podían disfrazarse de mujer (no debían ponerse faldas ni colocarse tetas postizas) y, en cambio, las mujeres  podían disfrazarse de hombre sin problema alguno.
  Respecto a la religión, también había que tener cierta mesura. Uno podía disfrazarse de cura, fraile, monja, monaguillo...  pero no debían reproducirse ceremonias religiosas y tampoco, si llevabas uno de estos disfraces, bailar muy agarrado con alguna chica porque el cura del pueblo se lo tomaba muy mal; podía pensar que estabas ridiculizando al clero en general, o a él en particular, y corrías el riesgo de ser "nombrado" en el sermón del domingo siguiente.
   Además de éstas, había otras "reglas de buena conducta", cuyo solo recuerdo causa risa.

  Los quintos eran los animadores principales del carnaval, pero todo el mundo, especialmente los jóvenes, participaba animadamente en la fiesta y había una gran cantidad de personas que se disfrazaban. 
   A veces, había grupos de carnaval que construían carrozas y las exhibían por las calles;  en éstas no primaba lo bonito, sino lo grotesco; también era común escenificar algunas profesiones o actividades, siempre buscando la comicidad.
   Muchos grupos llevaban instrumentos musicales para hacerse notar: un tamboril, castañuelas, almireces, botellas de anís, sartenes... e iban cantando canciones.

     Que cuando vendrá
     el dia de las Candelas
     Que cuándo vendrá
     el día de Carnaval 
   
     Éste es el estribillo de una conocida canción de carnaval que se oía infinidad de veces a lo largo de estos días.
    
   A lo largo de todos los carnavales, había baile por la tarde y por la noche. Los bailes nocturnos de antes guardaban muy poco parecido con los actuales; si nos ceñimos al horario, antes, la sesión de la noche solía acabar,  más o menos, a la hora en la que comienza en la actualidad, pues la gente se "recogía"  muy pronto en sus casas.

   Los quintos, para distinguirse de los demás mozos, llevaban en los sombreros escarapelas, unos emblemas de tela circulares, que representaban la bandera española, a modo de círculos concéntricos, y, aparte de disfrazarse y divertirse como los demás, tenían como misión añadida dar espectáculo para divertir a la gente.

    Uno de estos divertimentos consistía en "correr los gallos”. La tarde del domingo  de carnaval es cuando solía realizarse esta actividad que servía a los quintos para exhibirse  ante todo el pueblo y demostrár su  habilidad como jinetes.
   El acto consistía en colocar dos carros vacíos, uno frente al otro, a ambos lados de una calle, apoyando la parte posterior en el suelo,  con las pértigas levantadas hacia arriba. Entre ambas se colocaba una soga, y de ella se colgaba un gallo vivo, atado por las patas, con la cabeza hacia abajo.
  Cada uno de los quintos, subido  en un caballo, debía pasar al galope entre los carros y su objetivo
Verpueblos.com (Lagunilla) Salamanca
consistía en matar al pobre gallo, arrancándole la cabeza.  A tal efecto, cada uno de los protagonistas del "gallicidio" debía aportar el gallo correspondiente.   (Quien no tenía caballo se arreglaba con un mulo o un burro., y es que con las caballerías pasaba lo mismo que hoy con los coches: unos van de un BMW  de alta gama, y otros en un renault Clio, por poner un ejemplo),
  Cada vez que uno de estos gallos moría por "traumatismo cráneo encefálico severo",  era descolgado  y sustituido por otro  para que  el siguiente  quinto repitiera la faena: La carrera continuaba de forma ininterrumpida hasta que todos los jinetes hubieran cumplido con el ritual.
   En ocasiones, en vez de arrancarle la cabeza al pobre animal, para que éste "sufriera menos", el quinto correspondiente llevaba un palo en la mano, a modo de espada, y al pasar bajo la soga, donde pendía el gallo, lo mataba de un estacazo.   

  A pesar de no ser un espectáculo para espíritus sensibles, ya que conllevaba mucha violencia, era una costumbre muy arraigada y, a la "carrera de gallos", acudía gran cantidad de público de todas las edades para ver cómo los quintos, desde sus caballos, se cargaban a las pobres aves,  aplaudiendo y jaleando  fuertemente a cada uno de los jinetes, cuando éste acometía a su víctima.

   Antes de la carrera de gallos, los mozos que tenían un año menos, aquellos que iban a ser los quintos del año siguiente, "corrían las cintas".  Esta actividad consistía en  colocar,  de la misma soga donde eran colgados los gallos, unos lazos de colores con un aro o anillo en uno de sus extremos; en este caso, el objetivo consistía en pasar también a caballo, (o mulo, o burro), bajo ellas, con un palo en la mano, para intentar introducirlo por uno de los aros y así llevarse una de las cintas.
   Vendría a ser como una versión light de la carrera de gallos que les servía de entrenamiento para el año siguiente, cuando les tocase correrlos a ellos. .

  "La carrera de los gallos", al ser un deporte bastante salvaje, en algunos sitios los alcaldes la prohibieron, estando sólo estaba permitido correr las cintas. En estos casos, el público asistente era mucho menos numeroso que cuando se corrían los gallos.
   Por lo visto, la gente prefería emociones fuertes a costa de las pobres aves; a su lado, la carrera de las cintas debía parecerles  "un juego de niños".


El lunes de carnaval

   Durante la mañana del lunes, los quintos, acompañados por el tamborilero, recorrían  el pueblo repartiendo rosquillas  que llevaban en unas cestas; invitando también, a la gente, a beber  de la consabida garrafa de vino, su "fiel compañera".
   Tras llamar a la puerta de cada casa, una vez que abría el vecino/a correspondiente, le ofrecían rosquillas y un vaso de vino. Los hombres aceptaban de buen grado el vino; en cambio, las, mujeres, solían rehusar la invitación pues entonces estaba mal visto que éstas bebieran en público (en privado era otra cosa ).
   Al ir con el tamborilero, además invitaban a la gente a bailar la jota (había una jota específica de los quintos); con frecuencia se sumaban varios vecinos a la fiesta  y se  formaban divertidos corros de baile en los barrios.
  A modo de curiosidad, indicar que los quintos se quejaban porque este día, en aquellos domicilios
Quintos del 56. Zarzahistoria.blogspot.com
donde vivían chicas en edad de merecer,  apenas encontraban alguna en casa. Éstas, para no verse obligadas a bailar la jota con ellos, preferían ir a lavar la ropa a "las Bordas" -entonces, como no había agua corriente, tampoco había lavadoras, así que la ropa se lavaba a mano en "las Bordas!, así es como eran conocidos los lavaderos públicos -

   Otra de las prácticas que realizaban los quintos, casi siempre el lunes de carnaval, era representar una corrida de toros de carácter burlesco que era conocida como la Vaca Tora . La vaca era  un armazón de madera, que previamente habían fabricado, cubierto por tela negra, y con cuernos, dando forma a una vaca; en su interior se introducían dos quintos, uno en la cabeza y otro detrás y, de este modo, ya tenían conformado un imponente toro dispuesto a ser toreado;  otros quintos se disfrazaban formando la cuadrilla de toreros: matadores, banderilleros y picadores -éstos últimos iban en un burro también convenientemente disfrazado para ejecutar la suerte de varas-
   Cada vez que la vaca era toreada, ante todo se pretendía la comicidad, allí no había nada serio -seguro que hasta los anti taurinos más furibundos hubieran aplaudido este tipo de faenas- . 
   Iban por las calles, seguidos por la chiquillería, y paraban en algunos sitios para darle unos pases a la Vaca Tora; ésta,  si había alguna moza por allí, mirando la corrida, prefería dirigirse a ella, asustándola, en vez de acudir a la  llamada de los toreros. Otras veces, la vaca se dedicaba a perseguir a los chiquillos;  o entraba en alguna casa, ante el susto de sus moradores.
  Con frecuencia, algún vecino solicitaba, a título particular, que hicieran una faena de lidia y los quintos respondían al requerimiento, siendo recompensados por el aficionado, una vez finalizada la misma.
 
     En algunas ocasiones, los quintos elaboraban un muñeco a tamaño natural, un pelele, con ropa vieja rellena de heno, como los clásicos espantapájaros, y lo llevaban, en sus corribandas, sentado en un carretillo, como si fuera uno más del grupo.
  Si entraban en algún bar, incluso lo metían dentro sentándolo en una silla;  cuando se encontraban en "la casa de los quintos", a veces lo sentaban en el umbral de la misma como si estuviera tomando el fresco.
  Algunos niños, a veces, al ver al muñeco, con su aspecto un tanto grotesco e inmóvil, sentían miedo del mismo y evitaban acercarse a él.
  En alguna ocasión, el lugar del muñeco lo ocupaba un quinto disfrazado con la ropa del mismo y cuando alguien se le acercaba pensando que se trataba del pelele, este se movía agitando las manos y los pies, dando unos sustos tremendos a la persona que confiadamente se le había acercado,  ante las risas de todo los presentes.
  El pelele, casi siempre acababa siendo quemado, al final de los carnavales, tras ser manteado.

   La Danza de palos, y el Cordón, aunque generalmente solían bailarse en otras fiestas; también tenían cabida durante los carnavales; especialmente el paloteo pues, con frecuencia, eran quintos quienes formaban los grupos para bailar la danza.


El martes de carnaval

   Si el lunes era el día reservado, por los quintos, para obsequiar al paisanaje con rosquillas , el martes hacían La Recogida. Ese día, volvían a recorrer el pueblo, también acompañados por el tamborilero, para pedir lo que buenamente quisiera darles la gente; para ello, preparaban un burro (o mulo), con aguaderas o alforjas, y con él,  más unas cestas que llevaban ellos mismos, volvían a pasar por todas las casas donde eran obsequiados con chorizos, salchichones, huevos y a veces dinero -de este último, muy poco-.
   La chacina la guardaban en las aguaderas del burro, y los huevos  eran recogidos en las cestas que portaban ellos. En algunas ocasiones, en vez de ir con un burro, llevaban un varal, y de él iban colgando los chorizos.
   Todo lo recopilado, sería almacenado en la "casa de los quintos", su lugar de reunión, para comerlo entre todos.

   El martes también era conocido como el "día de los casados".  Aunque todo el mundo participaba  en la fiesta a lo largo del carnaval, disfrazándose y acudiendo a diario al baile, este día se decía que era el "baile de los casados" pues estaba dedicado especialmente a ellos, aunque al mismo acudía todo el mundo sin importar el estado civil: casados, como solteros y viudos -divorciados entonces no había-.
   El martes de carnaval, era cuando más gente se "encarnavalaba" ya que muchos matrimonios, que no se habían disfrazado los días anteriores, aprovechaban este día para hacerlo.

   A lo largo de las fiestas, era común que se juntaran en las casas,  a la hora de la merienda, amigos, familiares y  vecinos -generalmente los casados-, para  asar y comer chorizos; aunque esta relación de hermandad con vecinos y amigos no era exclusiva de estas fiestas.


El miercoles de ceniza

    Este día, a media mañana, ""oficialmente", es cuando acababa el carnaval en la plaza con el "entierro de la sardina".
   La forma de celebrar dicho entierro no era constante pues variaba según los años;  en alguna ocasión se celebraba un simulacro de entierro, en una caja metían una sardina y procedían a su entierro, aunque allí no se enteraba nada ya que la mayoría de las veces lo que se hacía era arrojar la caja con su sardina  a una hoguera, quemándolo todo; en cambio, otras veces se asaban sardinas y las ofrecían a quien acudiera al acto. También hubo  años en los que, simplemente, no se celebraba acto alguno, pues los quintos aún tenían otras ocupaciones.
    Aunque para "el resto de los humanos" el miércoles ya había acabado el carnaval y era día de ir a recibir la ceniza en la iglesia,  los quintos aún no daban por finalizada la fiesta ya que, este día, por la tarde, iban juntos a comer la merienda al campo, con sus parejas (las del sorteo del Jueves Merendero).

   Una vez que regresaban  del campo, de comer la merienda, era cuando, realmente, acababa para ellos el carnaval rompiéndose, entonces, el compromiso que cada uno había adquirido con la pareja que le había correspondido en suerte, el día del sorteo.  La noche del Miércoles de Ceniza,  "cada oveja se quedaba sola con su pelleja" 
  (En los pueblos, cuando un hombre y una mujer eran pareja, se decía satíricamente:  "Mira,  una oveja y su borrego";  en cambio, cuando las parejas se dejaban y cada uno se iba para su lado, la expresión era: "Ahora, cada oveja está con su pelleja"


La Cuaresma

  El Miércoles de Ceniza, daba comienzo el Período de Cuaresma: cuarenta días de vigilia,  ayuno y abstinencia.

   La abstinencia, en este caso, consistía en privarse de comer carne durante los cuarenta días que dura la Cuaresma; esto, fue así durante mucho tiempo, hasta que la Iglesia, siempre tan comprensiva con los pecadores, ideó ofrecer a los fieles la opción de poder catar la carne, durante el periodo de cuaresma,  si se avenían a comprar "La Bula", una acreditación que vendían los párrocos  -un justificante de haber pasado por caja- 
   Si una familia compraba la correspondiente bula, sus integrantes podían seguir comiendo carne durante toda la cuaresma, salvo los viernes, tal como sucede actualmente.
   En el caso de que alguna persona tuviera la osadía de comer carne, sin haber pagado " la Bula " -bula y burla se parecen mucho, ¿no os parece?- , estaba cometiendo un grave pecado mortal y sabía que en Infierno le esperaban con la puertas abiertas;  así que, para poder expiar semejante pecado y poder salvarse, tenía que ir a confesarse.
   Con frecuencia, la penitencia impuesta por el confesor -el vendedor de bulas- , aparte de los rezos oportunos, consistía en ¡pagar la Bula, aunque fuera con retraso!  (je je je... estaba uno apañado si pensaba que, sólo confesándose, iba librarse de pagar).
  A partir de 1966, a raíz del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI, decidió  suprimirlas, ante la resistencia de muchos obispos y párrocos que no querían renunciar a esta sustanciosa fuente de ingresos; claro que, para compensarlo, idearon otros métodos alternativos;  pero esto es ya otra historia.
   Volvamos con los quintos. Estos, durante la Cuaresma, aún mantenían "la casa de los quintos"  y las tardes de los domingos,  al no haber baile -otra de las limitaciones que traía esta época de penitencia-, se reunían en ella y, con bula o sin bula, se iban comiendo la sarta de chorizos que la gente les había dado el martes de carnaval.

   Pan, vino, chorizo y jóvenes con ganas de juerga, a veces, no son una buena mezcla;  así que estas reuniones, casi siempre, acababan en gamberrada segura. 
    Los quintos,  todos los años, solían hacer algo significativo, alguna "gesta" que quedara en la memoria colectiva de la gente del pueblo;  a poder ser, más notoria que las de quintadas anteriores... algo de lo que pudieran presumir en el futuro, para que la gente del lugar lo recordara y dijera:  "pues los de la quinta del año * * * *  hicieron tal cosa"

   En muchos pueblos escribían con grandes letras, en el frontón de pelota: " Vivan los quintos del año xxxx ", pero esto no era considerado una trastada, formaba parte del guión;  las travesuras eran otra cosa y podían ser de todo tipo;  algunas eran leves y resultaban simpáticas; en cambio, otras eran más graves y no tenían gracia alguna,   como la de aquel año en el que los quintos, una noche, se entretuvieron en romper casi todas la bombillas del alumbrado público, un hecho que tuvo serias consecuencias.