miércoles, 21 de septiembre de 2016

De higos y brevas


   Los árboles frutales dan una cosecha anual, excepto la higuera que proporciona frutos dos veces al año,  brevas en junio e higos en septiembre (las fechas pueden variar algo, dependiendo de cada zona).  
   Este hecho tan singular, que pasa con la higuera, no ocurre por casualidad, es debido a la voluntad divina; aunque el auténtico culpable, de que esto sea así, fue de San Pedro.
  Cuentan que a este apóstol le gustaba mucho el vino y, aunque solía beberlo  con moderación, en cierta ocasión, tras una larga caminata, se encontraba cansado y con mucha sed. Vio una higuera al lado del camino,  se sentó a descansar  a la sombra del árbol, sacó la bota de vino (1),  bebió más de lo que aconseja la prudencia, y se puso muy contento.
Higuera con higos

   Tan alegre estaba, que  comenzó a cantar una canción popular (2)    
  Jesús, que estaba por allí, cuando oyó cantar a su discípulo, se acercó 
   - Te veo muy alegre, Pedro ¿por qué estás tan contento?
   San Pedro, al ver que Jesús le había pillado en aquel estado de euforia, quedó muy cortado, no sabía cómo salir del paso, y respondió así:
   - Es que he comido unos frutos exquisitos, me han sentado muy bien, y por eso estoy tan alegre.
-  ¿Qué frutos son esos que te ponen tan contento?, siguió preguntando Jesús.
    El apóstol consideró  que si respondía que era vino lo que había bebido, a Jesucristo quizá esto no le gustase y suprimiría la vid; por ello, pensó en un fruto que a él, particularmente, le gustaba poco y contestó:
-  Son los higos quienes  me ponen tan contento, Maestro.
  Al oír esto, Jesús dijo:
-  ¡Bendito sea ese fruto que te pone tan alegre! De  ahora en adelante, la higuera dará higos dos veces al año.         
     San Pedro, cuando vio lo que había pasado, se enfadó mucho y se tiró de los pelos. Con lo bueno que estaba el vino, si no hubiera mentido a Jesucristo, sería la vid, y no la higuera, quien nos estuviese proporcionado dos cosechas al año. Se tiró con tanta rabia del cabello, que se lo arrancó todo -cuentan que por eso era calvo-.          

Nota aclaratoria:  En realidad existen diversas variedades de higuera  y las comunes proporcionan sólo  una cosecha al año, como el resto de los árboles frutales. Es una determinada variedad, la Breval, la que da frutos en dos épocas del año: brevas, en junio-julio, e higos en septiembre-octubre (Nuestros mayores decían: “Las brevas por San Juán y los higos por San Miguel”), esto ocurre porque aquellos higos que no llegan a madurar en otoño, quedan como aletargados en las ramas del árbol durante el invierno, madurando en la siguiente primavera, en forma de brevas.  


  Evidentemente, fue una higuera breval la que daba sombra, a San Pedro,  aquel día



(1), (2)  He estado intentando averiguar si ya había botas de vino en aquellos tiempos, cuando Jesús andaba por el mundo, así como la letra de la canción que cantó San Pedro aquel día; pero,tras haber leído todos los libros del Viejo y Nuevo  Testamento, tanto del Canon Bíblico como apócrifos, la verdad es que no he podido resolver dichas dudas

domingo, 11 de septiembre de 2016

Las otras virtudes del dinero
       

  Decía Voltaire que, en cuestiones de dinero, todos somos de la misma religión, y no le faltaba razón. El dinero, queramos o no, es necesario para todo, en todos los sitios, actividades y circunstancias. Aunque se dice que el dinero no da la felicidad, la verdad es que los que mantienen una buena cuenta bancaria tienen más posibilidades de ser felices, que aquellos que no la tienen…para qué nos vamos a engañar  (si alguien no está de acuerdo con esto, y es más feliz sin dinero, que me dé el suyo, decía un listo).
   Además del valor mercantil, el dinero tiene otras virtudes. Siempre se ha dicho que un hombre feo,  si es pobre, es un feo sin más; en cambio, si es rico, ya no es tan feo  a los ojos de los demás. Luego, una de las virtudes del dinero es que puede mejorar  el aspecto de las personas (y no me refiero, precisamente, a intervenciones de cirugía estética).  Esto lo aprendí hace mucho tiempo y no fue en el colegio, ni en la universidad.  La lección la recibí en la calle, en un pueblo de nuestra comarca. 
   Hasta hace unos cuarenta años, prácticamente,  el 100 % de los matrimonios eran religiosos, apenas había matrimonios civiles, y las bodas se celebraban en la iglesia, como Dios manda.
   En los casorios,  como era costumbre en los pueblos,  el ritual comenzaba cuando el novio, con la madrina y sus invitados, se acercaban  a la casa de la novia donde recogían a ésta y al padrino;  partiendo, desde allí, el cortejo nupcial al completo: novios, padrinos e  invitados de ambas partes hacia la iglesia para celebrar el enlace matrimonial, propiamente dicho. 
  Un día,  se casaba una novia joven y guapa, con un novio bastante mayor que ella que, además, era poco agraciado. Ella tendría veinticinco años, y él rondaba los treinta y cinco  (antes, la gente se casaba mucho antes que ahora de modo que, cuando llegabas a los treinta , generalmente, ya tenías uno o dos hijos; en cambio, si llegabas a esa edad, y aún no estabas casado/a, eras considerado un solterón / a.  Actualmente, a los 30, casi todos afirman ser aún demasiado jóvenes para dar ese paso).
   La novia  era nativa del lugar y, en cambio, él  era de otro pueblo. Imagino que, como forastero que era, para cumplir la tradición, en su día habría pagado  la cuartilla de vino correspondiente, a los mozos del pueblo -un antiguo rito tribal- , requisito “imprescindible”, en aquellos tiempos, para poder ennoviarse con una moza de otro lugar.
   Las bodas, en los lugares pequeños, eran (y son)  todo un acontecimiento  que rompe  la rutina diaria, en la que se implica todo el mundo, unos como asistentes a la celebración y los demás como espectadores.
   En todo el pueblo se oía el estruendo de los cohetes que, desde primeras horas de la mañana, había empezado a tirar la familia de los novios, ya que se trataba de una boda de postín, y las comadres, con gran curiosidad, desde hacía mucho rato, se habían echado a la calle para ver pasar la comitiva, que ya se acercaba.
   Primero iba el tamborilero,  tocando un alegre pasacalles, después la novia con el padrino; a continuación el novio con la madrina,  y detrás los invitados, muy numerosos en esta ocasión; todos  muy elegantes, como correspondía al acontecimiento. 
  - ¡Que guapa va la novia!, dijo una de las espectadoras, a la de al lado.
  -  Si, contestó esta. Vale mucho más que él. Es más joven, y mucho más guapa. Todavía no sé cómo se habrá fijado en ese hombre.  La verdad es que sólo lo he visto una vez y me pareció  bastante feo. Además, es mucho más viejo que ella.
  - Sí, contestó la primera, pero tiene mucho dinero. ¿No lo sabías?  Me lo ha dicho mi prima, la Teodosia,  que está casada en el pueblo del novio.  Tiene un “capitalazo”, ha heredado de sus padres y también de dos tías solteronas. Tiene un montón de “praos” (aún no había llegado la concentración parcelaria por estos lares), tierras de “pan llevar”, varias huertas,  mucho ganado, una buena casa, y, por si fuera poco,  también es dueño de un comercio que le va muy bien.
  En aquel preciso momento pasaba ante ellas el novio, del brazo de la madrina, y entonces la “evaluadora de novios feos” comentó a la otra:
 - ¿Sabes una cosa? Ahora que lo veo bien, no me parece tan feo a como le recordaba. 


miércoles, 31 de agosto de 2016

Las Madrinas (Fiesta del Ofertorio)


  La Fiesta  del Ofertorio  es una celebración, ligada al mundo rural, que tiene como  objetivo  realizar ofrendas a la Virgen en agradecimiento por las  cosechas recogidas. En nuestra comarca, esta festividad es conocida  como Fiesta de las Madrinas, y, aunque se trata de una festividad religiosa, su origen hay que buscarlo en la antigüedad, en épocas muy anteriores al  cristianismo.
 
  Desde el comienzo de los tiempos, el hombre siempre ha encomendado su vida a los dioses  haciéndoles  peticiones de todo tipo.  Actualmente, las personas se dirigen a Dios solicitando  dádivas de todas las categorías: salud, un buen novio/a,  una buen/a  suegro/a  -esto, también es  importante -, un buen trabajo, que toque la lotería…pero las peticiones que nuestros antepasados más remotos hacían a sus dioses  eran más simples, todas ellas iban ligadas a la  supervivencia.  En principio, se dirigían a ellos cuando salían de caza  pidiéndoles que ésta les fuera favorable; pasando,  posteriormente, a partir del neolítico, a demandarles también abundantes cosechas.

   En el mundo capitalista, todo es a cambio de algo. Este principio, que nos parece tan actual, ya era conocido por nuestros ancestros  ya que,  para que los dioses  estuviesen satisfechos y se mostrasen  favorables a sus  peticiones,  les hacían ofrendas;   generalmente,  productos de la cosecha. Éste es el motivo de que los ofertorios siempre se hagan tras la recolección, con el doble objetivo de agradecer la cosecha recogida y, a la vez, pedir que la siguiente sea abundante.  
  
   En los inicios del cristianismo, los primeros patriarcas cristianos pusieron gran empeño en suprimir todas las costumbres paganas; pero algunas  tenían  gran  arraigo   entre la gente y, al ser incapaces de eliminarlas, optaron por  cristianizarlas. En el caso de  la  Fiesta del Ofertorio, la reconversión consistió en  que las ofrendas, que hasta entonces iban dirigidas  a los dioses paganos, continuaron haciéndose, cambiando, únicamente,  la divinidad a quien iban dirigidas.   

   La Fiesta del Ofertorio se celebra en muchos lugares de la  provincia de Salamanca, son famosos los ofertorios de los pueblos de la Sierra de Francia como La Alberca, Mogarraz, Miranda del Castañar…; mas  la  Fiesta de las Madrinas,  aunque conserva  muchos elementos comunes con los ofertorios de esos pueblos,  tiene una serie de particularidades que le dan personalidad  propia, haciéndola diferente.

   El ámbito geográfico donde se celebran ”Las Madrinas” se localiza,  fundamentalmente , en la zona noroeste de la provincia, la que corresponde con los pueblos pertenecientes al partido judicial de Vitigudino: Abadengo, Ramajería, Arribes...;  pero  si  pretendiéramos  establecer  unos límites  precisos del área  donde  se desarrolla esta fiesta no lo tendríamos fácil. Hay algunos pueblos, tanto salmantinos, como zamoranos, no pertenecientes a estas comarcas,   que también celebran -quizá sea más correcto decir, celebraban- este festejo.   

  No existe una fecha  determinada para esta festividad; de hecho,  en  cada pueblo conmemoran  la fiesta en días diferentes.  Lo que  sí permanecen invariables son dos hechos: la época del año en la que tiene lugar el festejo: siempre  al final del verano, tras la recolección; y la divinidad a quien está dedicada la fiesta: una virgen.
  Las vírgenes  “más madrineras”  son la del 8 de septiembre (Natividad de la Virgen), y la Virgen del Rosario (7 de octubre)

  Hasta la segunda mitad del siglo pasado,  la Fiesta de las Madrinas  se celebraba, prácticamente, en la totalidad de los pueblos de nuestra comarca, y, aunque   el ritual discurría de forma similar en todos ellos, existían pequeñas variaciones dependiendo de cada lugar.  
  En Barrueco, esta fiesta  tenía lugar  el día de la Natividad de Virgen -8 de septiembre-  y se desarrollaba de esta forma: Todos los años, varias jóvenes  se ofrecían para ser madrinas en un número que variaba  según las ocasiones. Unas veces había más, y otras menos (llegó a darse el caso, algún  año, en el que hubo una sola madrina)
  Cada una de ellas  era acompañada por una cuartillera;  generalmente,  una hermana  (en otros lugares podían ser cuartilleros). Las madrinas, habitualmente, eran chicas solteras; aunque, en  algunos pueblos, volvían a serlo más adelante, una vez casadas.
  Cada madrina ofrecía una rosca y la cuartillera, llamada así porque portaba en la cabeza una cuartilla de las que se usaban para medir cereales, ofrecía productos de la cosecha que llevaba en el recipiente;  generalmente,  trigo o productos de la huerta: fruta, pimientos, tomates, sandías… (En los pueblos donde el acompañante era un cuartillero, éste no llevaba la cuartilla en la cabeza, como hacían las mujeres, sino en el hombro. El llevar objetos en la cabeza, como cántaros de agua, barreños con ropa, o estas cuartillas, era una especialidad femenina).
Cuartilla
   Las roscas podían ser de dos tipos: Bollos Maimones, que era los más comunes en nuestro pueblo, o  Roscas de Piñonate (éste tipo de rosca es más frecuente en los vecinos pueblos de la Ribera, donde es abundante la almendra).
 
   El día de la fiesta, por la tarde, el tamborilero tocaba un  pasacalles  para anunciar el festejo, y se dirigía  a las casas de las madrinas para recogerlas. Desde allí, éstas, acompañadas por sus  cuartilleras, familia e  invitados, se dirigían a la iglesia donde tenía lugar un oficio religioso, generalmente,  un rosario. Una vez finalizado  éste,  había una procesión con la imagen de la Virgen hasta la plaza donde era colocada  en una peana, los asistentes se colocaban formando un  corro, con la Virgen en un lugar preferencial, y entonces daba comienzo el ofertorio propiamente dicho.
   Las madrinas y cuartilleras, acompañadas por sus familias, iban acercándose, sucesivamente,  a la imagen de la Virgen y le ofrecían las roscas y los productos de las cuartillas; haciéndolo,  a continuación,  el resto de la gente que iba dejando dinero en una bandeja que, previamente, había sido  colocada delante de la imagen. Todo ello ocurría al son de la música del tamborilero, que no dejaba de  tocar durante todo el acto.
  Una vez acabado el ofertorio,  madrinas y cuartilleras se colocaban junto al cura, al lado de la Virgen, comenzando entonces  la subasta de las roscas.  Para ello, algún familiar o amigo de cada madrina cogía la rosca correspondiente  y  se paseaba con ella, dentro del corro de gente, subastándola.  
   Cada rosca era adjudicada a quien más alto pujara por ella, ocurriendo lo mismo con los productos de las cuartillas, que también eran subastados. Una vez finalizada la subasta,  el dinero recaudado era  entregado  a las madrinas y cuartilleras depositándolo, éstas, en la bandeja  de la Virgen.  
   Las roscas, casi siempre eran   adquiridas por familiares o amigos de las madrinas; dando lugar, la subasta, a muchas historias,  unas veces agradables y graciosas, y otras no tan agradables.
   El valor   que alcanzaba cada una de las roscas era bastante uniforme, sin que hubiese grandes diferencias entre ellas, pues la familia de cada madrina no consentía que “su rosca” tuviera menos valor que las demás y siempre había alguien próximo, pariente o amigo, que llegado el caso, si era necesario, adquiría la rosca; aunque a veces ocurrían piques entre la gente elevándose el precio más de lo habitual.
   En ocasiones, había novios por medio  y  competían la familia del novio, o el propio  novio, y la de la madrina,  para hacerse con la rosca; ello ocasionó  más de un disgusto  pues los noviazgos no siempre eran bien aceptados por los padres del chico/a.  
 
   Otras veces, alguno pujaba  “por deporte”, entrometiéndose en la subasta  sin intención de comprar la rosca; simplemente,  para que los demás subieran  el precio. Si tenía mala suerte y nadie superaba la cantidad que él había ofrecido, tenía que quedarse con ella a su pesar -en cierta ocasión, tras el ofertorio, alguna rosca fue revendida, a escondidas,  porque el adjudicatario de la misma no estaba sobrado de dinero, y prefirió  revenderla “a la baja”, perdiendo  la  diferencia, para no tener que afrontar el valor total de de la misma-.


  Al acabar la subasta,  el ritual terminaba con el baile de “El Cordón”. Este baile, que consiste en
Baile de El Cordón (1980)
entrelazar ocho cintas de distintos colores, alrededor de un palo, es ejecutado por ocho chicas. 
   Coged cintas compañeras / para empezar a tejer / con la ayuda de la Virgen /todas lo haremos muy bien.
   Con esta estrofa empieza  “El Cordón”, que era bailado  por madrinas y cuartilleras.  Cuando entre todas no sumaban ocho,  había que invitar a alguna otra chica para completar el grupo y poder realizar el baile.
  Al finalizar  la ceremonia pública -vamos a llamarla así-,  cada madrina hacía un convite en su casa, para los familiares  e invitados. 
     
   Esta festividad, hasta mediados del siglo XX, se mantuvo viva en casi todos los pueblos de la comarca  y todos los años  no faltaban chicas dispuestas a ser madrinas, para ofrecer sus roscas a la Virgen; en cambio, a partir de esa época,  la fiesta siguió una suerte dispar en cada lugar. 
 
   1.- Algunos pueblos la han mantenido hasta la actualidad, con toda su esencia, respetando la fecha original (en realidad realizan el festejo un fin de semana próximo al día de la Virgen correspondiente). Así ocurre en Saucelle, Cabeza del Caballo, Valderrodrigo, Valsalabroso y Guadramiro, que la celebran alrededor del 7 de octubre - Virgen del Rosario -  
 
   2.- En otros lugares  siguen manteniendo la fiesta,  pero  han cambiado la fecha para favorecer que los paisanos  que residen fuera del pueblo, y vuelven  a éste de vacaciones, puedan disfrutar del festejo.
   En algunos pueblos como Mieza, Fuenteliante,  Encinasola de los Comendadores, Villares de Yeltes,  Sanchón de la Ribera…, festejaban “Las Madrinas” en  octubre -  Virgen del Rosario- , y han trasladado la fiesta a septiembre, celebrándola un fin de semana próximo al día 8 -  Natividad de la Virgen-)
   En otros, en cambio, la festividad ha pasado a hacerse, generalmente, a lo largo del mes de agosto, como sucede en  Zarza de Pumareda, Cerralbo, Gema, Fuentes de Masueco,  Bermellar, Sobradillo…

   3.- Existe aún un tercer grupo de pueblos donde la Fiesta de las Madrinas siguió otros derroteros… los peores posibles,  ya que dejaron de celebrarla. Esto ha sucedido en lugares, como El Milano, Saldeana, Villasbuenas y Barruecopardo  (en estas cuatro localidades el  festejo tenía lugar en “la Virgen de septiembre” -el día 8 de este mes-). En El Milano, la última Fiesta de las Madrinas debió celebrarse  en  la  década de 1970; en Saldeana, este hecho ocurrió  unos años más tarde, en la década de 1980; en Villasbuenas, la fiesta sobrevivió aún durante bastantes años más, mientras que en Barrueco su desaparición fue muy anterior.    
   La última Fiesta de las Madrinas que se celebró en Barruecopardo tuvo lugar a finales de la década de 1940.  Ese año, dos madrinas ofrecieron sus roscas a la Virgen: Jacoba Delgado Álvarez  y  María Cruz Sánchez Alegría  -mi madre- acompañándolas, como cuartilleras, sus respectivas hermanas, María y Bernardina.
  
    La desaparición de esta fiesta, en Barrueco, considero que  no fue debida a una causa concreta,  sino que debieron concurrir varias  circunstancias.
   Pudo influir, de forma importante, el hecho de que hubiese una excesiva concentración de festejos, en el calendario, en un corto periodo de tiempo.  Hay que tener en cuenta que la fiesta se celebraba el 8 de septiembre,  a una semana vista de las fiestas  de  El Cristo.  
   A esto hay que sumar  el importante desembolso económico que, para la familia de cada madrina, suponía esta celebración, y   no  todo el mundo estaba en disposición de hacer grandes dispendios económicos. 

  Aún se me ocurre una tercera causa, quizá la más importante, que es la falta de motivación o justificación  para seguir celebrando la fiesta. Dicho de otra forma, no la veían útil (nuestros paisanos debieron entender que el acto de  hacer ofrendas a la Virgen,  para que las cosechas fueran abundantes, no ofrecía garantía alguna de que esto fuera a suceder así).

viernes, 19 de agosto de 2016

Historias del verano V

Siempre hay que dar gracias a Dios

   El Salto de Aldeadávila es un magnífico complejo hidroeléctrico que construyó   Iberduero (Iberdrola)  en el Duero, en su tramo internacional, donde  el río es  frontera natural entre España y Portugal.  Se trata de un espacio de  gran belleza donde todo es espectacular,  tanto la obra humana (la presa y la central hidroeléctrica excavada en la roca), como el paisaje que la Naturaleza ha configurado  allí (el gran cañón que, durante millones de años, el río ha  ido excavando en el terreno). 
   El lugar es muy  atractivo  y todos los años recibe un gran número de visitantes, pero el encanto de este sitio se ve empañado  por la dificultad que encierra llegar hasta allí;  pues,  debido a lo abrupto del terreno, acceder hasta el Salto no es fácil. 
   Para  salvar el gran desnivel existente, entre la penillanura de la meseta y las orillas del Duero,  hay que seguir  una  carretera muy sinuosa que  está conformada  por  infinidad de curvas, cada cual más cerrada,  a lo que hay que sumar la fuerte pendiente del terreno; todo ello determina que, incluso para los conductores más avezados, la bajada al salto sea bastante complicada ya que es preciso mantener un estrecho control de la velocidad, si no queremos precipitarnos al vacío a la vuelta de cualquier curva.
   Al llegar al Salto, la carretera  sigue directa hacia la Central y la Presa; pero si deseamos ir al poblado, donde vivían (y viven) los empleados de la empresa,  hay que desviarse a la izquierda  mediante un ramal que forma una curva cerrada, de 180 grados. 
     He estado recientemente en el Salto de Aldeadávila, hacía varios años que no había vuelto por allí, y, aunque lo he encontrado algo cambiado, lo esencial se mantiene tal como lo recordaba. La grandiosidad del paisaje no ha variado, siempre ha estado ahí; en cuanto a la Presa y la Central, también siguen ahí  y eso tampoco ha cambiado (habría que destacar, únicamente, que antes se podía acceder libremente a la parte superior de la Presa  para contemplarla desde arriba,  y hoy esto ya no es posible porque un enorme portón lo impide). El cambio fundamental que pude apreciar fue en el poblado ya que, actualmente, está casi deshabitado.
   Antes, no es que aquello fuese un lugar populoso; allí vivían, únicamente, los trabajadores de la empresa -aproximadamente, unas cincuenta familias-, y contaba con los servicios propios de un pueblo: tenía bar, un comercio, servicio de correos, maestro, enfermero, médico y cura (estos dos últimos, aunque vivían allí, ejercían también su actividad en el Salto de Saucelle); en cambio, hoy día, el lugar está prácticamente despoblado y  todo esto ha desaparecido
   Mientras recorría las desiertas calles del poblado,  iba recordando cómo era la vida en el Salto hace años, cuando era un núcleo de población muy moderno, con unos servicios de los que aún carecían muchos de los pueblos vecinos…cuando aún tenía vida, y, al pasar delante del edificio donde estaba el bar, recordé una anécdota que me contaron allí.  
    Era un día de verano, allá por la  década de 1980,  concretamente, un lunes por la mañana. Me dirigía al Salto de Aldeadávila y, al llegar a la entrada, cuando estaba  a punto de tomar el ramal izquierdo de la carretera para desviarme hacia el poblado, vi que por la carretera que conduce a la Central y la Presa subía un camión grúa que llevaba encima un vehículo.
  Paré a la derecha, apartando un poco el coche,  para favorecer el paso del camión que se acercaba,  y cuando  llegó a mí altura pude ver la carga que transportaba  que resultaron ser los restos de una
Carretera de El Salto
 furgoneta. La parte frontal estaba totalmente hundida, también lo estaban el techo,  ambos  lados,  la zona trasera...no había ninguna parte intacta.  Por supuesto, no había sobrevivido ningún cristal al impacto y, además, le faltaban algunas  ruedas.
   Al advertir el penoso estado en el que había quedado el vehículo siniestrado,  me sobrecogí  pensando en el brutal accidente que debía haber ocurrido y en las pobres víctimas que irían en su interior
   En aquella época, como ya indiqué anteriormente, Iberduero tenía un médico contratado para atender a los trabajadores de los  Saltos de Aldeadávila y Saucelle (entonces no existían los Centros de Salud),  el galeno se encontraba de vacaciones  y  aquel mes era yo su sustituto;  por ello,  el motivo de ir  allí  no era otro que hacer la consulta.  Como era el médico en funciones,  me extrañó mucho  no haber sido avisado para tratar a los heridos.  
   En estos lares, al ser el terreno tan escarpado y estar la  carretera bordeada de precipicios, son pocos los accidentes que ocurren debido al sumo cuidado que ponemos todos en la conducción, pero cuando los hay  son  graves; por ello, considerando el estado en el que había quedado la furgoneta,  buscando una explicación lógica  respecto al motivo de no haber sido requerido para atender a los accidentados,  pensé  que el siniestro debió haber sido  brutal,  y  que los ocupantes no habían resultado heridos,  sino algo mucho peor. La Guardia Civil, siempre tan eficaz, seguramente habría llamado directamente al forense.
  Con estos pensamientos tan poco tranquilizadores llegué a mi destino  (en aquellos tiempos, no  existía el 112  y, cuando ocurría algún  accidente, se avisaba directamente al médico del lugar y a la Guardia Civil).
   Tenía como compañero de trabajo a “un practicante” (entonces a los enfermeros/as o ATS, se les llamaba así) que, como empleado de Iberduero que era, vivía en el poblado con el resto de sus compañeros;   cuando le vi, le conté que había visto la furgoneta y le pregunté por el accidente
  Mi colega era una persona muy agradable, con gran sentido del humor, y siempre tenía ganas de  cháchara. Como vivía allí, en el Salto,  estaba  seguro que a él sí le habrían avisado para atender a los accidentados.
   Lo cierto es que no apreciaba en su cara rastro alguno de preocupación por la tragedia ocurrida, un hecho que atribuí a que se trataba de un hombre experimentado, con muchos años de  profesión,  y debía estar acostumbrado a ver todo tipo de accidentes, cada cual más trágico. Por ello, ya estaba “vacunado”  ante este tipo de catástrofes  -especialmente dura debió ser la etapa de construcción del Salto pues,  durante ese período de tiempo,  hubo numerosos accidentes con bastantes víctimas mortales-. 
   Un buen sanitario, para poder ejercer su labor con plena eficacia,  tiene que ser objetivo y mantener la tranquilidad en todo momento. Por lo visto, el practicante, este aspecto de la profesión lo dominaba perfectamente; en cambio, yo aún tenía mucho que aprender. Sólo había visto  la furgoneta, y todavía seguía angustiado pensando en las víctimas.
   Como aún faltaba casi media hora para comenzar la faena, el compañero sugirió que, hasta entonces,  tomáramos un café y, mientras tanto, me contaría lo sucedido con todo detalle.
   El bar  tenía unas  magníficas vistas  hacia Duero y la orilla portuguesa,  elegimos  una mesa  al lado de una de las ventanas  para tomar nuestro café y, una vez sentados, el practicante comenzó a relatar lo sucedido.     
- Empezaré desde el principio, dijo mi interlocutor. El accidente de la furgoneta,  que has visto en la grúa, ocurrió ayer tarde.  El vehículo es de unas monjas…de un colegio de Salamanca, no sé exactamente de qué congregación. Eran 7 monjas.
- ¿Eran? - pregunté asustado- ¿Pero han muerto todas?
   Mi compañero, en ese momento, estaba bebiendo un poco de café y levantó la mano con la palma hacia a mí,  indicándome que me esperara. Dejó la taza en el plato, y continuó su relato.
-  Habían venido de excursión, a ver los saltos de Saucelle y Aldeadávila,  así que imagino que saldrían de Salamanca a media mañana, pasarían por  Vitigudino, hasta  Lumbrales,  y bajarían  por Hinojosa al Salto de Saucelle. Creo que comieron allí, a las orillas del Duero. Seguro que llevaban merienda ¡menudas son las monjas, como para gastar dinero en restaurantes! Descansarían algo, subirían hasta Saucelle,  pasarían  por tu pueblo,  y llegaron  aquí sobre las cinco de la tarde.
El terreno es muy abrupto por estos lares

   Las palabras del compañero me estaban dejando  bastante confuso. No comprendía cómo, después de la tragedia ocurrida, éste, en vez de ir directamente al hecho y comentar  los pormenores del accidente, estaba tan despreocupado narrando lo ocurrido con tanto detalle,  y encima añadiendo comentarios de su propia cosecha.
  - La furgoneta era una DKV; en la parte delantera iban la conductora, que tenía poca experiencia,  con  la superiora  de copiloto, y detrás iban  las demás.  ¡Imagínate una furgoneta llena de monjas, con una hermana  novata conduciendo por estas carreteras! ¡Todavía no sé como bajaron  al Salto de Saucelle y subieron después, sin que les pasara nada!
    Bueno, pues  cuando han llegado a esta carretera y han empezado a bajar, la conductora, en vez de meter marchas cortas para controlar la velocidad,  venía frenando todo el rato; y  claro… son muchos km… mucha pendiente… se le calentaron los frenos…y  pasó lo que tenía que pasar (en esa época, los frenos de los vehículos no eran demasiado buenos, y no existía aún el sistema ABS en los coches).
   Mi informante, hizo entonces otra pausa,  acabó el café, y encendió un cigarro; le dio unas chupadas, disfrutando del mismo, y se dispuso a seguir narrando lo acontecido.  
   Yo estaba impaciente,  esperando enterarme de lo ocurrido,  y mi asombro por la actitud del compañero  aumentaba por momentos ¡Hay que ver los rodeos que estaba dando para contarme lo sucedido! ¡Como si no le importaran nada las monjas!  (La verdad es que para estos casos, las religiosas  tienen enchufe directo para ir al cielo. Pero hombre, un poco de consideración sí se merecían)
  - Bueno- siguió hablando mi narrador- , los frenos se calentaron mucho, la conductora empezó a notar que la DKV cada vez respondía menos  y, como veía que apenas  podía controlarla,  se lo dijo a la superiora. Ésta, al enterarse del problema,  decidió que lo mejor que podían hacer,  para que no les pasara nada, es que se pusieran todas a rezar. ¡Mucho confiar en Dios, sí, y mucho rezo, pero las pobres debían estar muertas de miedo! 
 Yo, que estaba deseando conocer el final del relato, interrumpí al practicante.
-        ¿Pero hubo accidente, o no?
      ¡Pues claro que hubo accidente! ¿Acaso no has visto la furgoneta? Espera un poco, que ya acabo de contártelo.  Lo he dejado en que las monjas, muy asustadas, iban todas rezando; y que la conductora seguía frenando continuamente, sin cambiar de marcha, así que la DKV cada vez respondía menos y apenas podía controlar la velocidad.   
       Entonces, llegaron a la entrada del poblado  y  siguieron rectas, cuesta abajo, por la carretera de la Central. ¡Tuvieron que pasarlas canutas antes de llegar al final!
   Mi compañero hizo otra pausa, y aprovechó para fumar un poco de su cigarro.
   Yo llevaba un rato barruntando que la despreocupación del practicante resultaba algo sospechosa. Pensaba que si hubieran muerto siete monjas  en el Salto, la noticia habría corrido como la pólvora y que, por uno u otro medio, yo me hubiera enterado. Además, mi compañero, aún con todos sus años de profesión, y “su gran capacidad para no implicarse emocionalmente con los pacientes”, no estaría allí tan tranquilo contándome los apuros de una monja inexperta, conduciendo una DKV, mientras bajaba al Salto. Pero yo había visto la furgoneta totalmente destrozada, de eso no había duda alguna, así que algo tenía que haber pasado. Además, el practicante también había confirmado  la existencia  del accidente.
    Éste, fumó otro poco del cigarro, y se dispuso a contarme el desenlace final (eso esperaba yo al menos).
-  Bueno, pues tenemos  la furgoneta por la carretera, cuesta abajo… a la conductora pisando a fondo el freno, que cada vez respondía menos…a las demás monjas rezando, mirando al río de reojo,  pensando  que iban a acabar en él y, milagrosamente,  llegaron a la parte más baja de la carretera, al sitio donde cambia el sentido de la pendiente… donde ésta  comienza a subir hasta la Presa y la Central.
     El alivio que debieron sentir todas las hermanas, sobre todo la conductora, al ver que se había acabado la cuesta abajo,  que ahora iban subiendo cuesta arriba, y que ya no necesitaba frenar, sino acelerar, tuvo que ser mayúsculo. Siguieron su ascenso, llegaron a un punto que les pareció bien, y pararon. 
    Cuando bajaron, estaban todas que  “no se les pegaba la ropa al cuerpo”  del miedo que habían pasado; pero lo cierto es que estaban todas bien, y  la superiora decidió que debían  hacer un “rezo extra”, en acción de gracias a Dios, por haberlas protegido de sufrir un accidente.
   Imagino que se pusieron  en círculo orando y, mientras estaban en ello, la furgoneta, que estaba parada en un sitio con algo de pendiente, empezó a moverse sola.  Por lo visto,  la  conductora, debido al nerviosismo, con la prisa por salir del vehículo, no había dejado metida marcha alguna, sólo los frenos, pero éstos ya no  frenaban nada.
   Todas pudieron ver cómo la DKV iba  cogiendo cada vez más velocidad, tomó la pendiente abajo, acabó saliéndose de la carretera, cayó por un precipicio dándose golpes por todos los lados, y cuando paró en su caída estaba “hecha mistos”.  
   Las pobres monjas debieron  quedar aterradas  al ver el estado en el que quedó el vehículo, y lo que les podía haber  ocurrido  si se la hubieran pegado  cuando bajaban (el practicante, en  realidad,  dijo acojonadas, no aterradas; pero, si consideramos que todas eran mujeres, pienso que ese término es poco apropiado, por ello  me he tomado la libertad de cambiarlo).
  Las hermanas, con el nuevo susto, habían interrumpido los rezos y la conductora se dirigió a la  superiora  para explicarle lo sucedido, y de paso justificarse:
-      Hermana ****,  la furgoneta debe haberse ido porque no habría ninguna  marcha metida.  El freno sí lo he dejado puesto, de eso estoy segura, pero como  no funcionaba bien… menos mal que no estábamos subidas. Ha sido un auténtico milagro que la furgoneta se haya ido sola al precipicio y que nosotras  estemos sanas y salvas.  
   Nadie decía nada y, tras unos momentos de tenso silencio, la hermana conductora siguió hablando:
-        ¿Qué hacemos? ¿Seguimos dando gracias a Dios?
  La superiora, que aún no se había recuperado del susto de la bajada, cuando vio  los tremendos  golpes que se había llevado la furgoneta, y el estado en que había quedado en el  fondo de un  despeñadero,  fue consciente de la tragedia que podía haber ocurrido si el accidente hubiera tenido lugar con ellas dentro de la DKV, así que estaba al borde de un ataque de nervios. A ello se sumaba  el asunto económico, ya que  la Comunidad  había adquirido la furgoneta recientemente y había quedado inservible.  
   Al  principio, debido a la impresión, no era capaz de articular palabra alguna;  después  se recuperó, cogió algo de resuello,  miró a la conductora,  y con gran enfado, respondió:
-     ¡Hermana, siempre hay que dar gracias a Dios! ¡Siempre!  ¡Por lo que le ha pasado a la furgoneta, no lo sé…pero sí que hay que dárselas,  por no haber permitido que nos matarás a todas!


domingo, 7 de agosto de 2016

                                    Historias del verano IV 

                                    El rayo de la discordia 



   La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un conflicto en el que se vieron implicadas casi todas las naciones europeas, siendo España uno de los pocos países que no intervino en la contienda.     Durante dicha guerra, aunque aquí nos encontrábamos en “período de paz”, tampoco es que esto fuera, precisamente, una arcadia feliz; tras nuestra reciente Guerra Civil, estábamos en plena postguerra y si algo abundaba en esta época, en nuestro país, eran el hambre y la miseria. 
   El wolframio, durante las contiendas bélicas, al ser una de las materias primas empleadas en la fabricación de armas, adquiere un gran valor estratégico; ese fue el motivo de que, durante la Segunda Guerra Mundial, al fabricarse una ingente cantidad de armamento, aumentase espectacularmente la cotización de este metal, un hecho que tuvo gran repercusión en Barruecopardo pues fue el detonante para que se pusieran en explotación todas las minas, de ese metal, que se encuentran dispersas por el término. 
   El alto precio que alcanzó el wolframio, durante la década de 1940, motivó que, en contraposición a la pobreza que imperaba en el resto del país, nuestro pueblo alcanzase, en esa época, un gran nivel de riqueza. 
   Este período de bonanza económica, en Barrueco, fue bien aprovechado por algunas personas que, gracias a la actividad minera, ganaron grandes fortunas. Una de ellas fue Higinio Severino, dueño de la mina que existió en el paraje conocido como Val de Barbao. Natural de Pereña, este hombre fue uno de los personajes más peculiares y conocidos en nuestra comarca, durante la primera mitad del siglo pasado. Con gran capacidad para los negocios, además de la mina de wolframio, tenía muchas propiedades, tanto en la comarca, como fuera de ella; siendo, también, titular de una ganadería brava que pastaba en Fuenlabrada (Olmedo de Camaces), una de sus fincas. 
   Un hombre (o mujer) no gana una fortuna trabajando ocho horas diarias…ni tampoco rezando; para hacerse millonario hay que seguir otros caminos. Higinio los siguió, tuvo mucho éxito, y logró hacerse un potentado. 
   Los ricos piensan que el dinero lo puede todo y del mismo modo que los nobles y reyes, en la Edad Media, hacían donaciones a iglesias y catedrales para hacerse enterrar en ellas, pensando que así se aseguraban un lugar en el cielo; Higinio Severino, un día, no sabemos si con el mismo fin, decidió donar a la iglesia de Barruecopardo una imagen del Sagrado Corazón de Jesús (la que está en lo alto de la torre del campanario). 
   Esta dádiva fue motivo de controversia en el pueblo. Por un lado estaban los críticos, a quienes no agradaba el regalo. Hay que tener en cuenta que el personaje, Higinio, no despertaba demasiadas simpatías entre mucha le gente (los ricos, desde el comienzo de los tiempos, si algún sentimiento despiertan en los demás no es precisamente simpatía. Es envidia). Éstos decían que lo hacía, únicamente, para compensar algún negocio poco honesto que hubiera realizado, y que no se trataba de un acto de generosidad, que había donado la imagen para purgar todos sus pecados -lo que se reiría este señor cuando escuchara alguno de estos comentarios-. 
    En el lado opuesto estaban los defensores, quienes alababan la generosidad del donante. Hay que tener en cuenta que era un empresario que daba trabajo a mucha gente y ésta le estaba agradecida (En aquella época, además de la mina de Val de Barbao, era dueño de La Zaceda, una finca, en Barrueco, donde tenía una explotación ganadera, y una extensa viña -esta última fue arrancada en fechas posteriores-, y contrataba bastantes trabajadores, tanto para la mina, como para trabajar en la finca).      Lo cierto es que Higinio donó la imagen del Sagrado Corazón, ésta fue ubicada en el campanario, tal como la podemos ver en la actualidad, y allí quedó aguantando calores y fríos, soles y lunas, lluvias y nieves… 
   Un caluroso día de verano, de esos en los que buscamos la sombra ya desde la mañana porque los rayos solares llegan con tal intensidad a la Tierra que, en el decir de nuestros paisanos, “pica el sol sobre la piel”; bueno, pues un día de estos, por la tarde, se originó una fuerte tormenta, “de esas que vienen de Portugal”. 
   Al principio, se veían a lo lejos los relámpagos escuchándose unos segundos más tarde los truenos, hecho indicativo de que la tormenta aún estaba lejos. Después, se fue acercando y acabó situándose sobre el mismo pueblo, obligando a nuestros paisanos a refugiarse en sus casas. 
   La tormenta que cayó aquel día en Barruecopardo fue de primera categoría. Hay ocasiones en que la Naturaleza hace demostraciones de la fuerza que puede tener y esa tormenta fue un claro ejemplo de ello. 
   Los truenos eran tan potentes que, cada vez que sonaba uno, vibraban los cristales de las casas; a la par que los relámpagos, iluminaban constantemente las calles del pueblo. 
   El remedio para las tormentas siempre es el mismo: rezar a Santa Bárbara para pedirle que las aleje de cada lugar y que no les pase nada a las personas y a los animales; pero Santa Bárbara sólo hay una, tormentas en el mundo hay muchas, y la santa no puede estar a todas. El caso es que ese día debió olvidarse de los de Barrueco pues la tormenta tardó en irse y, durante dos largas horas, cayeron sobre el pueblo multitud de truenos, relámpagos y rayos acompañados de un buen charpazo. 
   Como tras la tempestad siempre llega la calma; cuando la tormenta se fue, con sus truenos y aparato eléctrico a otra parte, los habitantes del pueblo, muy aliviados, pudieron salir a la calle a comprobar si había ocurrido algún estropicio grave. 
   Los vecinos que vivían cerca de la Iglesia habían visto caer un rayo sobre el campanario y miraban con atención el mismo para comprobar si había sufrido algún daño; pero nuestro campanario es una construcción muy sólida, construida con sillares graníticos, a prueba de tormentas, y allí estaba íntegro, dispuesto a soportar todas las tormentas habidas y por haber. Entonces, alguien reparó en el Sagrado Corazón y observó que su corona había desaparecido. El rayo había caído sobre la imagen y, aunque a esta no le había pasado nada, había perdido la aureola. 
   Este suceso acarreó muchos comentarios y también fue motivo de controversia. Unos afirmaban que lo sucedido no era producto de la casualidad, que la gran tormenta había descargado sobre el pueblo porque el Sagrado Corazón estaba descontento con el donante de la imagen y, el rayo sobre la misma, con la pérdida de la corona, era un aviso divino para demostrar su disconformidad por la donación de Higinio Severino. 
   Otros, en cambio, opinaban lo contrario. Afirmaban que lo ocurrido había sido un auténtico milagro; que el Sagrado Corazón, para evitar que el rayo cayera en alguna casa vecina donde, con total seguridad, habría causado alguna desgracia grave, lo había atraído hacia la imagen del campanario, evitando de este modo un desastre. 
   ¿Qué quién tenía razón? Yo no lo sé. Habría que preguntarle al Sagrado Corazón. Lo cierto es que ese día perdió la corona, y así continua.