lunes, 5 de febrero de 2018

Quintos, carnavales y otras zarandajas


  Dentro del calendario festivo anual, una de las fiestas de invierno más señaladas es el carnaval; aunque, en nuestra comarca, para hablar de esta fiesta, realmente, hay que  hacerlo en pasado ya que, en la mayoría de los pueblos,  apenas se celebra ya.
   El declive de nuestros carnavales comenzó en la segunda mitad del siglo pasado coincidiendo con el éxodo de la gente del campo a la ciudad; sin embargo, hasta entonces, el carnaval se celebraba en todos los pueblos y la gente participaba activamente en la fiesta siendo los quintos, de cada lugar, los protagonistas  indiscutibles de la misma.

   En España, hasta el año 1996, existió el servicio militar obligatorio, "la Mili" y los quintos eran aquellos chicos varones que cada año se incorporaban a la milicia; un hecho que  coincidía en el tiempo con la llegada a la mayoría de edad.
   Alcanzar la edad adulta siempre ha sido, y es, un acontecimiento muy importante en la vida de las personas;  antes, para los hombres, esto conllevaba una serie de "derechos" que contemplados retrospectivamente pueden invitar a la risa, aunque entonces se les daba gran importancia; por poner algunos ejemplos: ya no  necesitaban permiso de los padres para ir a los bares y volver tarde a casa, podían fumar, tampoco se les mandaba a hacer recados como a los muchachos... claro que otro de los "derechos  adquiridos"  era la obligación de ir a "la Mili".
   En algunas tribus africanas, pasar a formar parte del mundo de los adultos era un hecho que revestía una gran trascendencia para los interesados y para el resto de la comunidad. Para que un muchacho fuera reconocido como adulto, a todos los efectos, no le bastaba con alcanzar la edad reglamentaria;  además,  tenía que realizar unos rituales, básicamente, unas pruebas de habilidad y resistencia. Una vez que las superaba, es cuando obtenía su reconocimiento como guerrero, con los mismos derechos y obligaciones que el resto.
   Estos rituales, que realizaban los jóvenes de las tribus, para ganarse el estatus de adulto, son conocidos como "ritos de paso".
   En España, en el ámbito rural,  cuando los jóvenes llegaban a la mayoría de edad y pasaban a ser quintos, del mismo modo que los jóvenes de las tribus africanas,  a lo largo del año anterior al de su incorporación al servicio militar, intervenían en diversas celebraciones y, en el curso de las mismas, debían realizar una serie de actos y tareas bastante estandarizados que  los  antropólogos no han dudado en catalogar, también, como "ritos de paso".
  Los quintos de cada pueblo, acudían juntos a diversos eventos en los que participaban de forma grupal constituyendo un  equipo o hermandad y,desde ese año, entraban a formar parte de la pequeña intrahistoria de cada lugar pasando a ser conocidos como la quinta del año * * * *

   La presentación de los quintos tenía lugar, habitualmente, durante los últimos días del año anterior; con tal fin, celebraban "la Fiesta de los Quintos",  generalmente, entre Nochebuena y Nochevieja.
   En Barrueco, la fiesta de presentación de los quintos era el 31 de diciembre; ese día lo pasaban juntos ya desde la mañana. Desayunaban, comían y cenaban lejos de la familia, en una casa que alguien les había cedido, o hubieran alquilado al efecto.
  Por la mañana, iban al campo con carros a por leña, con la que harían esa noche una gran hoguera en la plaza del pueblo; además de la leña, en otro carro volvían al pueblo  con un árbol entero, generalmente un chopo o pino, lo más recto y alto posible, al que después, en un corral, le quitaban
casi todas las ramas, dejándole únicamente las superiores a modo de penacho, y la corteza, quedando el tronco totalmente liso, Este árbol estaba destinado a ser plantado,  esa misma tarde, en el medio de la plaza.
   Como el árbol se pingaba en la plaza el último día de diciembre, y no en el mes de mayo como en otros sitios, por razones obvias no podemos decir que era ""un mayo",  así que lo llamaremos el Árbol de la Nochevieja, pues, en Barrueco, ese era el día en el que lo ponían.
   Al anochecer, los quintos iban por todas las casas del pueblo invitando a los vecinos al baile de la noche -ese día el baile lo pagaban ellos- y, cuando acababa el mismo,  completaban la jornada haciendo una buena fogata en la plaza, al lado del árbol que previamente habían plantado, con la leña  acarreada hasta allí por la mañana. 
   La hoguera estaría toda la noche encendida y allí permanecían, al calor de la lumbre, hasta el amanecer; comiendo, bebiendo, cantando e invitando a todo aquel que se acercara por allí. 
  Así es como daban la bienvenida, los quintos, al nuevo año

   Tras esta fiesta de presentación en sociedad, a lo largo del año entrante, los quintos acudían, o participaban en una larga serie de actos y celebraciones, festivas y no festivas, como eran la Talla de los quintos y  el Sorteo, que determinaba el lugar donde iría cada uno ir a hacer la mili; siendo también, ese año, los encargados de "pedir el vino" a los mozos forasteros que pretendieran a alguna chica del lugar. Además de lo anterior, también participaban en varias fiestas siendo, como ya se indicó anteriormente, los principales promotores de los carnavales.

    Los primeros carnavales que recuerdo, en mi pueblo, siendo muy niño, se remontan a comienzos de la década de 1960; entonces, el fenómeno migratorio, de la gente del campo a la ciudad, aún estaba en sus inicios, y , al contrario que ahora, los pueblos aún mantenían casi toda su población, en ellos había mucha  gente joven y es sabido que, donde hay juventud, hay alegría.

  El ritual de los quintos, durante el carnaval, aunque con pequeñas variaciones, era bastante similar en todos los pueblos de la zona. 


San Sebastián

(El veinte de enero, San Sebastián el primero)

   El día de San Sebastián (20 de enero) podríamos considerarlo el preámbulo de los carnavales ya que, en esta fecha,  los quintos se reunían para iniciar los preparativos como buscar una casa que les serviría en el futuro como lugar de reunión. Iba a ser "la casa de los quintos" , su  sede oficial.  Además, ese día, también había baile.
 
    Los quintos iban en grupo y cantaban alboradas por la mañana, canciones durante el día y rondas por la noche. Dos de ellos portaban una garrafa de vino, con el fin de beber a su antojo e invitar a los demás  (como podemos ver, eso de hacer botellón y beber en la calle no es un invento tan moderno como algunos pretenden. Nuestros quintos ya lo hacían hace muchos años; eso sí, no dejaban la calle hecha un asco, llena de vasos ni botellas vacías, como ocurre ahora) 
 
   El cantar alboradas y rondas, e ir en grupo por la calle paseando la garrafa, no se limitaba a este día, lo harían después de forma continuada, durante todos los carnavales y en otras fiestas.


Jueves Merendero

   (Hoy es Jueves Merendero/ me voy de merienda al campo/ llevo pan, vino y chorizo/ en "cuantis " llegue lo zampo)

   La fiesta de carnaval, prácticamente, comenzaba el jueves anterior a los carnavales: Jueves Merendero o Jueves de Comadres.
   Este día, también se reunía el grupo de quintos, hacían sus paseos con la consabida garrafa, se apalabraba el borrego,  por la tarde iban a comer la merienda al campo como el resto de los jóvenes,  y  por la noche había baile.
   Al comenzar el baile, tenía lugar un acontemiento muy importante para ellos pues era el sorteo de mozos y mozas.
  Llegado el momento, en un sombrero se introducían papeles donde iban escritos el nombre de los chicos (quintos),  en otro sombrero, papeles con el nombre de las chicas, y después dos personas iban sacándolos de uno en uno.
   Quien tenía el sombrero de las chicas, sacaba un papel y, en voz alta, decía el nombre allí escrito;  a continuación, quien tenía el sombrero de los quintos sacaba otro papel, pronunciaba en voz alta el nombre del chico, y así quedaba  establecida la primera pareja.
  El proceso continuaba hasta que todos los quintos estuvieran emparejados (en algunos pueblos, el sorteo de mozos y mozas se extendía también al resto de la mocedad, no solo a los quintos).
  Este sorteo despertaba una gran expectación no sólo entre los protagonistas, el resto de la gente también permanecía muy atenta a los resultados -eran unas ocasiones magníficas para el cotilleo- de modo que, al día siguiente, cuando alguien se encontraba con alguno/a de los chicos/as implicados en la rifa, siempre le preguntaba con gran interés que quién había sido el afortunado/a  que le había tocado en suerte.
  La "normativa" exigía que cada uno de los involucrados/as debía aceptar, sin discusión alguna, a la pareja que le hubiese correspondido; no se podía cambiar. Si le  gustaba el chico/a que el azar le había destinado, estupendo, y si no le gustaba, tenía que aceptar el resultado del sorteo con deportividad. Ante los ojos de todo el pueblo, eran "pareja oficial" y debían permanecer juntos durante todos los carnavales.
   Las obligaciones de los componentes de cada pareja, respecto al compañero/a, eran bastante simples, básicamente, consistían en asistir juntos a algunas de las actividades que se hacían en grupo, y en tener preferencia a la hora de bailar  -ellas no debían negarle el baile a su pareja-.
   A veces, los integrantes de la pareja se gustaban, la relación continuaba y llegaban a hacerse novios; en cambio, otras parejas no congeniaban bien y estaban deseando que llegara el miércoles de ceniza, ya que ese día era cuando terminaba el compromiso adquirido.

  Durante los días de carnaval, los quintos apenas pisaban el domicilio familiar. Convivían en la casa que previamente habían ajustado por San Sebastián; esta "casa de los quintos" era su punto de encuentro; allí  hacían vida en común durante las fiestas, juntos y alejados de la familia; en ella comían y dormían, acudiendo al domicilio familiar, muy puntualmente, para asearse y cambiarse de ropa.  


El sábado   
(Cuando llega la víspera)

    El hecho  más destacable que ocurría el sábado era el paseo del borrego. Éste, que previamente había sido adquirido por los quintos, el Jueves Merendero, era adornado por las chicas con lazos en el cuello y los cuernos, cubriendo también, a veces ,el cuerpo con alguna tela de vivos colores. Así
Youtube.com Casillas de Coria
, engalanado, era paseado por los quintos, recorriendo  las calles del pueblo.
   Este borrego, posteriormente, sería sacrificado y alguna de las madres de los quintos lo guisaba para que éstos se lo comieran durante los días de carnaval.


El domingo de carnaval

   Era uno de los días grandes de la fiesta y ya había que disfrazarse; cosa que hacían tanto los jóvenes como los no tan jóvenes. 
   Los disfraces eran de lo más diverso, algunos de ellos muy ingeniosos. Entonces, como  la  economía no era muy boyante (más bien, lo contrario),  éstos solían elaborarse en las casas, a partir de ropa vieja; una labor que comenzaba  pasadas las navidades.  
  A quienes les gustaba mucho la fiesta, a lo largo de los carnavales, a veces, usaban varios disfraces, uno para cada día;  en cambio, otros apenas se molestaban en elaborar disfraz alguno y se ponían lo primero que apañaban.
  El disfraz ideal era aquel que, una vez puesto, conseguía que fuera irreconocible quien lo llevara; aunque había algunas normas de obligado cumplimiento: la cara podía estar pintada, pero no debían usarse máscaras, siempre debía permanecer descubierta; en cuanto a la moral, también había que seguir ciertos cánones, a veces no muy comprensibles; los hombres no podían disfrazarse de mujer (no debían ponerse faldas ni colocarse tetas postizas) y, en cambio, las mujeres  podían disfrazarse de hombre sin problema alguno.
  Respecto a la religión, también había que tener cierta mesura. Uno podía disfrazarse de cura, fraile, monja, monaguillo...  pero no debían reproducirse ceremonias religiosas y tampoco, si llevabas uno de estos disfraces, bailar muy agarrado con alguna chica porque el cura del pueblo se lo tomaba muy mal; podía pensar que estabas ridiculizando al clero en general, o a él en particular, y corrías el riesgo de ser "nombrado" en el sermón del domingo siguiente.
   Además de éstas, había otras "reglas de buena conducta", cuyo solo recuerdo causa risa.

  Los quintos eran los animadores principales del carnaval, pero todo el mundo, especialmente los jóvenes, participaba animadamente en la fiesta y había una gran cantidad de personas que se disfrazaban. 
   A veces, había grupos de carnaval que construían carrozas y las exhibían por las calles;  en éstas no primaba lo bonito, sino lo grotesco; también era común escenificar algunas profesiones o actividades, siempre buscando la comicidad.
   Muchos grupos llevaban instrumentos musicales para hacerse notar: un tamboril, castañuelas, almireces, botellas de anís, sartenes... e iban cantando canciones.

     Que cuando vendrá
     el dia de las Candelas
     Que cuándo vendrá
     el día de Carnaval 
   
     Éste es el estribillo de una conocida canción de carnaval que se oía infinidad de veces a lo largo de estos días.
    
   A lo largo de todos los carnavales, había baile por la tarde y por la noche. Los bailes nocturnos de antes guardaban muy poco parecido con los actuales; si nos ceñimos al horario, antes, la sesión de la noche solía acabar,  más o menos, a la hora en la que comienza en la actualidad, pues la gente se "recogía"  muy pronto en sus casas.

   Los quintos, para distinguirse de los demás mozos, llevaban en los sombreros escarapelas, unos emblemas de tela circulares, que representaban la bandera española, a modo de círculos concéntricos, y, aparte de disfrazarse y divertirse como los demás, tenían como misión añadida dar espectáculo para divertir a la gente.

    Uno de estos divertimentos consistía en "correr los gallos”. La tarde del domingo  de carnaval es cuando solía realizarse esta actividad que servía a los quintos para exhibirse  ante todo el pueblo y demostrár su  habilidad como jinetes.
   El acto consistía en colocar dos carros vacíos, uno frente al otro, a ambos lados de una calle, apoyando la parte posterior en el suelo,  con las pértigas levantadas hacia arriba. Entre ambas se colocaba una soga, y de ella se colgaba un gallo vivo, atado por las patas, con la cabeza hacia abajo.
  Cada uno de los quintos, subido  en un caballo, debía pasar al galope entre los carros y su objetivo
Verpueblos.com (Lagunilla) Salamanca
consistía en matar al pobre gallo, arrancándole la cabeza.  A tal efecto, cada uno de los protagonistas del "gallicidio" debía aportar el gallo correspondiente.   (Quien no tenía caballo se arreglaba con un mulo o un burro., y es que con las caballerías pasaba lo mismo que hoy con los coches: unos van de un BMW  de alta gama, y otros en un renault Clio, por poner un ejemplo),
  Cada vez que uno de estos gallos moría por "traumatismo cráneo encefálico severo",  era descolgado  y sustituido por otro  para que  el siguiente  quinto repitiera la faena: La carrera continuaba de forma ininterrumpida hasta que todos los jinetes hubieran cumplido con el ritual.
   En ocasiones, en vez de arrancarle la cabeza al pobre animal, para que éste "sufriera menos", el quinto correspondiente llevaba un palo en la mano, a modo de espada, y al pasar bajo la soga, donde pendía el gallo, lo mataba de un estacazo.   

  A pesar de no ser un espectáculo para espíritus sensibles, ya que conllevaba mucha violencia, era una costumbre muy arraigada y, a la "carrera de gallos", acudía gran cantidad de público de todas las edades para ver cómo los quintos, desde sus caballos, se cargaban a las pobres aves,  aplaudiendo y jaleando  fuertemente a cada uno de los jinetes, cuando éste acometía a su víctima.

   Antes de la carrera de gallos, los mozos que tenían un año menos, aquellos que iban a ser los quintos del año siguiente, "corrían las cintas".  Esta actividad consistía en  colocar,  de la misma soga donde eran colgados los gallos, unos lazos de colores con un aro o anillo en uno de sus extremos; en este caso, el objetivo consistía en pasar también a caballo, (o mulo, o burro), bajo ellas, con un palo en la mano, para intentar introducirlo por uno de los aros y así llevarse una de las cintas.
   Vendría a ser como una versión light de la carrera de gallos que les servía de entrenamiento para el año siguiente, cuando les tocase correrlos a ellos. .

  "La carrera de los gallos", al ser un deporte bastante salvaje, en algunos sitios los alcaldes la prohibieron, estando sólo estaba permitido correr las cintas. En estos casos, el público asistente era mucho menos numeroso que cuando se corrían los gallos.
   Por lo visto, la gente prefería emociones fuertes a costa de las pobres aves; a su lado, la carrera de las cintas debía parecerles  "un juego de niños".


El lunes de carnaval

   Durante la mañana del lunes, los quintos, acompañados por el tamborilero, recorrían  el pueblo repartiendo rosquillas  que llevaban en unas cestas; invitando también, a la gente, a beber  de la consabida garrafa de vino, su "fiel compañera".
   Tras llamar a la puerta de cada casa, una vez que abría el vecino/a correspondiente, le ofrecían rosquillas y un vaso de vino. Los hombres aceptaban de buen grado el vino; en cambio, las, mujeres, solían rehusar la invitación pues entonces estaba mal visto que éstas bebieran en público (en privado era otra cosa ).
   Al ir con el tamborilero, además invitaban a la gente a bailar la jota (había una jota específica de los quintos); con frecuencia se sumaban varios vecinos a la fiesta  y se  formaban divertidos corros de baile en los barrios.
  A modo de curiosidad, indicar que los quintos se quejaban porque este día, en aquellos domicilios
Quintos del 56. Zarzahistoria.blogspot.com
donde vivían chicas en edad de merecer,  apenas encontraban alguna en casa. Éstas, para no verse obligadas a bailar la jota con ellos, preferían ir a lavar la ropa a "las Bordas" -entonces, como no había agua corriente, tampoco había lavadoras, así que la ropa se lavaba a mano en "las Bordas!, así es como eran conocidos los lavaderos públicos -

   Otra de las prácticas que realizaban los quintos, casi siempre el lunes de carnaval, era representar una corrida de toros de carácter burlesco que era conocida como la Vaca Tora . La vaca era  un armazón de madera, que previamente habían fabricado, cubierto por tela negra, y con cuernos, dando forma a una vaca; en su interior se introducían dos quintos, uno en la cabeza y otro detrás y, de este modo, ya tenían conformado un imponente toro dispuesto a ser toreado;  otros quintos se disfrazaban formando la cuadrilla de toreros: matadores, banderilleros y picadores -éstos últimos iban en un burro también convenientemente disfrazado para ejecutar la suerte de varas-
   Cada vez que la vaca era toreada, ante todo se pretendía la comicidad, allí no había nada serio -seguro que hasta los anti taurinos más furibundos hubieran aplaudido este tipo de faenas- . 
   Iban por las calles, seguidos por la chiquillería, y paraban en algunos sitios para darle unos pases a la Vaca Tora; ésta,  si había alguna moza por allí, mirando la corrida, prefería dirigirse a ella, asustándola, en vez de acudir a la  llamada de los toreros. Otras veces, la vaca se dedicaba a perseguir a los chiquillos;  o entraba en alguna casa, ante el susto de sus moradores.
  Con frecuencia, algún vecino solicitaba, a título particular, que hicieran una faena de lidia y los quintos respondían al requerimiento, siendo recompensados por el aficionado, una vez finalizada la misma.
 
     En algunas ocasiones, los quintos elaboraban un muñeco a tamaño natural, un pelele, con ropa vieja rellena de heno, como los clásicos espantapájaros, y lo llevaban, en sus corribandas, sentado en un carretillo, como si fuera uno más del grupo.
  Si entraban en algún bar, incluso lo metían dentro sentándolo en una silla;  cuando se encontraban en "la casa de los quintos", a veces lo sentaban en el umbral de la misma como si estuviera tomando el fresco.
  Algunos niños, a veces, al ver al muñeco, con su aspecto un tanto grotesco e inmóvil, sentían miedo del mismo y evitaban acercarse a él.
  En alguna ocasión, el lugar del muñeco lo ocupaba un quinto disfrazado con la ropa del mismo y cuando alguien se le acercaba pensando que se trataba del pelele, este se movía agitando las manos y los pies, dando unos sustos tremendos a la persona que confiadamente se le había acercado,  ante las risas de todo los presentes.
  El pelele, casi siempre acababa siendo quemado, al final de los carnavales, tras ser manteado.

   La Danza de palos, y el Cordón, aunque generalmente solían bailarse en otras fiestas; también tenían cabida durante los carnavales; especialmente el paloteo pues, con frecuencia, eran quintos quienes formaban los grupos para bailar la danza.


El martes de carnaval

   Si el lunes era el día reservado, por los quintos, para obsequiar al paisanaje con rosquillas , el martes hacían La Recogida. Ese día, volvían a recorrer el pueblo, también acompañados por el tamborilero, para pedir lo que buenamente quisiera darles la gente; para ello, preparaban un burro (o mulo), con aguaderas o alforjas, y con él,  más unas cestas que llevaban ellos mismos, volvían a pasar por todas las casas donde eran obsequiados con chorizos, salchichones, huevos y a veces dinero -de este último, muy poco-.
   La chacina la guardaban en las aguaderas del burro, y los huevos  eran recogidos en las cestas que portaban ellos. En algunas ocasiones, en vez de ir con un burro, llevaban un varal, y de él iban colgando los chorizos.
   Todo lo recopilado, sería almacenado en la "casa de los quintos", su lugar de reunión, para comerlo entre todos.

   El martes también era conocido como el "día de los casados".  Aunque todo el mundo participaba  en la fiesta a lo largo del carnaval, disfrazándose y acudiendo a diario al baile, este día se decía que era el "baile de los casados" pues estaba dedicado especialmente a ellos, aunque al mismo acudía todo el mundo sin importar el estado civil: casados, como solteros y viudos -divorciados entonces no había-.
   El martes de carnaval, era cuando más gente se "encarnavalaba" ya que muchos matrimonios, que no se habían disfrazado los días anteriores, aprovechaban este día para hacerlo.

   A lo largo de las fiestas, era común que se juntaran en las casas,  a la hora de la merienda, amigos, familiares y  vecinos -generalmente los casados-, para  asar y comer chorizos; aunque esta relación de hermandad con vecinos y amigos no era exclusiva de estas fiestas.


El miercoles de ceniza

    Este día, a media mañana, ""oficialmente", es cuando acababa el carnaval en la plaza con el "entierro de la sardina".
   La forma de celebrar dicho entierro no era constante pues variaba según los años;  en alguna ocasión se celebraba un simulacro de entierro, en una caja metían una sardina y procedían a su entierro, aunque allí no se enteraba nada ya que la mayoría de las veces lo que se hacía era arrojar la caja con su sardina  a una hoguera, quemándolo todo; en cambio, otras veces se asaban sardinas y las ofrecían a quien acudiera al acto. También hubo  años en los que, simplemente, no se celebraba acto alguno, pues los quintos aún tenían otras ocupaciones.
    Aunque para "el resto de los humanos" el miércoles ya había acabado el carnaval y era día de ir a recibir la ceniza en la iglesia,  los quintos aún no daban por finalizada la fiesta ya que, este día, por la tarde, iban juntos a comer la merienda al campo, con sus parejas (las del sorteo del Jueves Merendero).

   Una vez que regresaban  del campo, de comer la merienda, era cuando, realmente, acababa para ellos el carnaval rompiéndose, entonces, el compromiso que cada uno había adquirido con la pareja que le había correspondido en suerte, el día del sorteo.  La noche del Miércoles de Ceniza,  "cada oveja se quedaba sola con su pelleja" 
  (En los pueblos, cuando un hombre y una mujer eran pareja, se decía satíricamente:  "Mira,  una oveja y su borrego";  en cambio, cuando las parejas se dejaban y cada uno se iba para su lado, la expresión era: "Ahora, cada oveja está con su pelleja"


La Cuaresma

  El Miércoles de Ceniza, daba comienzo el Período de Cuaresma: cuarenta días de vigilia,  ayuno y abstinencia.

   La abstinencia, en este caso, consistía en privarse de comer carne durante los cuarenta días que dura la Cuaresma; esto, fue así durante mucho tiempo, hasta que la Iglesia, siempre tan comprensiva con los pecadores, ideó ofrecer a los fieles la opción de poder catar la carne, durante el periodo de cuaresma,  si se avenían a comprar "La Bula", una acreditación que vendían los párrocos  -un justificante de haber pasado por caja- 
   Si una familia compraba la correspondiente bula, sus integrantes podían seguir comiendo carne durante toda la cuaresma, salvo los viernes, tal como sucede actualmente.
   En el caso de que alguna persona tuviera la osadía de comer carne, sin haber pagado " la Bula " -bula y burla se parecen mucho, ¿no os parece?- , estaba cometiendo un grave pecado mortal y sabía que en Infierno le esperaban con la puertas abiertas;  así que, para poder expiar semejante pecado y poder salvarse, tenía que ir a confesarse.
   Con frecuencia, la penitencia impuesta por el confesor -el vendedor de bulas- , aparte de los rezos oportunos, consistía en ¡pagar la Bula, aunque fuera con retraso!  (je je je... estaba uno apañado si pensaba que, sólo confesándose, iba librarse de pagar).
  A partir de 1966, a raíz del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI, decidió  suprimirlas, ante la resistencia de muchos obispos y párrocos que no querían renunciar a esta sustanciosa fuente de ingresos; claro que, para compensarlo, idearon otros métodos alternativos;  pero esto es ya otra historia.
   Volvamos con los quintos. Estos, durante la Cuaresma, aún mantenían "la casa de los quintos"  y las tardes de los domingos,  al no haber baile -otra de las limitaciones que traía esta época de penitencia-, se reunían en ella y, con bula o sin bula, se iban comiendo la sarta de chorizos que la gente les había dado el martes de carnaval.

   Pan, vino, chorizo y jóvenes con ganas de juerga, a veces, no son una buena mezcla;  así que estas reuniones, casi siempre, acababan en gamberrada segura. 
    Los quintos,  todos los años, solían hacer algo significativo, alguna "gesta" que quedara en la memoria colectiva de la gente del pueblo;  a poder ser, más notoria que las de quintadas anteriores... algo de lo que pudieran presumir en el futuro, para que la gente del lugar lo recordara y dijera:  "pues los de la quinta del año * * * *  hicieron tal cosa"

   En muchos pueblos escribían con grandes letras, en el frontón de pelota: " Vivan los quintos del año xxxx ", pero esto no era considerado una trastada, formaba parte del guión;  las travesuras eran otra cosa y podían ser de todo tipo;  algunas eran leves y resultaban simpáticas; en cambio, otras eran más graves y no tenían gracia alguna,   como la de aquel año en el que los quintos, una noche, se entretuvieron en romper casi todas la bombillas del alumbrado público, un hecho que tuvo serias consecuencias.


domingo, 14 de enero de 2018

EL SANTO NICODEMUS

 
   Esto ocurrió en un convento de monjas; resulta que, en la capilla, tenían a San Nicodemus como santo principal, y  un día sucedió que una de las velas que alumbraban al santo, estaría mal colocada, cayó sobre la imagen, y ésta, que era de madera, se quemó ; así que las monjas decidieron sustituirla por una nueva.

  La madre abadesa fue a ver a un imaginero y acordaron que éste haría una nueva imagen de San Nicodemus; la tallaría en buena madera y tenía que estar acabada en once meses,  al año siguiente. Cuando se celebrase el día del santo, la nueva imagen ya debía estar ocupando su sitio en la capilla.

   Con tanto tiempo por delante, el escultor, que debía ser tan informal como los de ahora, fue dejándolo pasar y, cuando quiso darse cuenta, ya sólo faltaban dos meses para el día de la entrega; fue entonces cuando se dispuso a tallar la imagen. 
   Trabajó con gran ahínco, con la pretensión de que la talla estuviera para el día señalado; pero, como había  sido poco previsor, el tiempo se le había echado encima y ya era materialmente imposible poder cumplir el encargo, en el plazo previsto. La imagen, a dos semanas vista para la entrega, estaba a medio hacer.

  Para complicar un poco más el asunto, la abadesa del convento pasó por el taller y le dijo al escultor que en la semana siguiente iba a pasar el obispo por el convento, pidiéndole que les entregara ya a "su San Nicodemus" para que el prelado pudiera  bendecirlo.  

   El imaginero, viéndose entre la espada y la pared, no quiso ni enseñársela para evitar que viera lo retrasado que iba con el encargo y, mintiendo descaradamente a la abadesa, le dijo que la imagen  estaba ya casi finalizada, a falta de unos retoques; además, para salir del atolladero, le propuso la opción de llevar la imagen al convento, el día antes de la visita del obispo; así, éste  podría bendecirla aunque no estuviera terminada , y después volvería a llevarla  al taller para poder acabarla despacio;  una idea que gustó mucho a la superiora (lo de mentir es algo muy habitual en algunas profesiones...tanto, tanto, que algunos profesionales  ni siquiera son conscientes de que sean  mentiras, consideran que es algo normal que va implícito con su trabajo)  

   Una vez que se marchó la abadesa, el escultor observó la imagen, mas bien la madera que estaba tallando, y tuvo que reconocer que todavía era demasiado informe: aún se parecía más al tronco de un árbol que a una figura humana ¡Cómo iba a bendecir aquello el obispo! 

   No sabía cómo salir del tremendo lío en el que estaba metido, y de pronto tuvo una idea - no hay nada como la necesidad para agudizar el ingenio -  

  Tenía un aprendiz que le ayudaba en su trabajo, un joven muy agraciado, y el escultor le explicó el plan: Pintaría el cuerpo del ayudante con pintura, le llevaría al convento la tarde antes de la visita del obispo, haciéndolo pasar por San Nicodemus, y, en cuanto se fuera el obispo, iría a recogerlo. 

   Al escultor la idea le parecería genial; en cambio, al aprendiz no le convencía mucho y protestó:
- Mire maestro, que se van a dar cuenta las monjas. Cuando me toquen verán que no soy de madera. 
- No te preocupes, contestó éste, yo me ocupo de que no te toquen. Les diré que no deben acercarse a la imagen, porque está recién pintada, y ya está.  Tú, lo único que tienes que hacer es permanecer sin moverte...es muy simple, "sólo" tienes que hacerte pasar por el santo una tarde y una noche. 
  En cuanto se vaya el obispo, yo te voy a recoger y nadie va a darse cuenta.

  El día previsto,  el imaginero cogió a su joven ayudante,  le pintó todo el cuerpo y ya "convertido en santo", lo llevó a la capilla del convento, advirtiendo a las monjas que, como la imagen estaba recién pintada, no debían tocarla bajo ningún concepto.

   San Nicodemus  no tenía ropa, sólo una capa de pintura, y el cuerpo del santo despertó el asombro de toda la comunidad. Las monjas estaban admiradas de la gran calidad de "la talla".  La escultura era tan buena, que casi parecía una persona -esa era la opinión general-.

   Las hermanas admiraban la imagen en su conjunto, pero sus miradas se centraban sobre todo en la entrepierna del santo y alguna, incluso, en un primer momento, llegó a taparse los ojos con la mano -eso sí, manteniendo los dedos separados-  Otra monja, hasta soltó un ¡¡¡oooooh!!!! de admiración. 
   Estaba visto que el imaginero era un escultor de categoría, ¡vaya escultura que había realizado! No le faltaba detalle alguno. 
   La madre abadesa, al ver la reacción de las hermanas, determinó que no estaba bien tener una imagen así en un convento de monjas, ¡qué diría el señor obispo !
  - ¡Esto no puede ser!,  le dijo las compañeras. ¡Voy a coger unas tijeras y le corto  "eso que cuelga" a San Nicodemus.!
  Cuando el ayudante oyó las intenciones de la superiora, de un brinco se bajó del altar donde estaba colocado y echó a correr. Todos las monjas corrían tras él y decían: 
     ¡No te vayas San Nicodemus que, aunque no tengas pito, todas te queremus!.


(San Nicodemo, San Nicodemos y San Nicodemus, no son tres santos diferentes; el santo sólo es uno y se trata de San Nicodemo. Él, junto a José de Arimatea, fueron quienes desclavaron a Jesucristo de la Cruz y llevaron el cuerpo al sepulcro. 
   Supongo que en el cuento lo convirtieron en Nicodemos para que rimara con "te queremos". A mi de niño, como nací en una tierra donde el burro es burru,  y  el otoño es otoñu, cuando me lo contaron  era Nicodemus)

miércoles, 20 de diciembre de 2017

El marrano de Neme


   Neme, uno de los carniceros del pueblo, era un hombre muy trabajador. Criaba ganado, lo mataba, y en su carnicería vendía la carne. Al realizar, él mismo, todo el proceso de producción, el negocio marchaba muy bien por lo que podríamos considerar a Neme un  hombre afortunado; pero, en esta vida, no hay nada perfecto; sobre el cielo de cada persona siempre hay alguna nube -algún inconveniente- más o menos importante y, en el caso de Neme, la nube que cubría su cielo, que le acompañaba desde que nació, y que molestaba enormemente al carnicero, era que, a pesar ser muy limpio, tanto con su persona como con sus productos, era conocido en el pueblo con apodo de “El Marrano”.
   El mote lo había heredado de su padre  y éste, a su vez, del abuelo; por lo tanto, al ser hijo y nieto  de “unos marranos”, Neme, desde antes de nacer, ya estaba predestinado a heredar  el apodo familiar (hay herencias en los pueblos que, por muy mal que sienten, no se las puede uno quitar de encima).
   Un día, llegó al pueblo el capador y el alguacil, tal como se hacía entonces, echó un pregón para  que lo supiera la gente. Neme, cuando se enteró, requirió sus servicios para castrar unos cerdos (el oficio de capador lo ejercía en nuestra comarca, hace años, un hombre de Villavieja que se desplazaba por los pueblos para realizar su trabajo).
   La pelea con los guarros fue dura. Éstos se resistieron lo suyo -sus razones tenían- y, durante la faena, Neme, que sujetaba con la ayuda de un vecino a uno de los cerdos, para que el capador pudiera llevar a cabo su objetivo, sufrió un corte en una mano de forma accidental. La hemorragia fue bastante copiosa y con la sangre se manchó la camisa y el pantalón de forma muy aparatosa.
   Tras acabar la castración de los animales, con las prisas, sin cambiarse, acudió al médico a recibir tratamiento. Al llegar a la puerta del consultorio, se cruzó con una vecina que salía de allí en aquel momento y, al verle, apretándose la mano herida con la otra, y con la ropa manchada de sangre,  preguntó:
-        Neme ¿Qué te ha pasado?
-     Ha sido un accidente, contestó éste con mucha entereza, estábamos capando los cerdos, uno de ellos se movió mucho y el capador me ha cortado. Vengo a que el médico me cure la herida.
     La vecina le deseó un rápido restablecimiento,  siguió su camino,  y al cruzarse con otra mujer  le dijo así:
-     Estaban capando a un marrano de El Neme, el animal se ha revuelto, y el capador sin querer,le ha cortado. Creo que iba lleno de sangre, medio mareado, al consultorio para que le curara el médico.
Esta segunda mujer, al poco rato, se cruzó con otra y le transmitió el siguiente mensaje:
-        A Neme “El Marrano” le han visto entrar en el consultorio lleno de sangre, con unos dolores tremendos y muy mareado. Por lo visto iban a caparle un cerdo y el capador, sin querer, le ha dado un corte tremendo a él.   
La tercera mujer. a su vez,  transmitió la noticia, a otra mujer,  así:
-        Estaban capando a un marrano de Neme “El Marrano” y el capador, accidentalmente, ha quien ha cortado ha sido a él.  Le han visto entrar donde del médico, lleno de sangre, con unos dolores tremendos, totalmente mareado. Creo que le llevaban entre dos personas.
      La cuarta mujer, cuando vio a otra vecina, le contó lo siguiente:
-        Estaban capando a un marrano de Neme “el Marrano” y el capador, sin querer, en vez de capar al marrano, a quien ha cortado ha sido a Neme. Pobre hombre, le han visto entrar en el consultorio lleno de sangre, con unos dolores tremendos. Estaba muy mareado, no se tenía en pie, y creo que entre dos hombres le llevaban en volandas.
Obviamente, la noticia siguió circulando -para eso vivían en un pueblo, y en estos lugares  todos sabemos que la vida privada no existe-   y si mezclamos a un capador, a dos marranos (al de cuatro patas y al de dos)  y a un hombre herido, la cosa no podía acabar de otra manera.    Antes de que Neme abandonase la consulta del doctor, la versión de los hechos, que corría por el pueblo, era que éste había sido castrado, accidentalmente, por el capador de Villavieja.
Y es que es sabido que, cuando las noticias corren de boca en boca siempre se trastocan.

(Esto sucedió hace bastante tiempo en un pueblo de nuestra comarca, aunque el protagonista no se llamaba Neme. Tal como hacen en las películas americanas, he cambiado el nombre para proteger su intimidad). 

jueves, 23 de noviembre de 2017

Magia y esoterismo en torno a la matanza del cerdo
                                                                         
    
   La relación que mantienen el hombre y el cerdo se remonta, en Europa, a varios milenios atrás,  cuando nuestros antepasados lograron domesticar a este pariente del jabalí; una relación que dura hasta hoy, en la que el puerco siempre ha llevado la peor parte.
   No sabemos, con certeza, a partir de qué época el cerdo pasó a ser un animal domestico,  algunos  estiman que esto ocurrió hace más de 6000 años; lo que sí  sabemos es que los celtas, hace unos 3000 años, ya andaban por aquí y la carne de cerdo formaba parte de su dieta habitual.

   Hoy día, la existencia de  la cadena de frío, y la rapidez de los transportes, permite conservar los alimentos durante mucho tiempo y transportarlos a grandes distancias, sin que se estropeen; gracias a ello, incluso en los lugares más apartados, disponemos, a lo largo de todo el año, de  los más diversos productos : carne, pescado, vegetales… , tanto frescos como congelados; pero, hasta mediados del siglo pasado, las comunicaciones eran bastante malas - en nuestra comarca, en particular, podríamos catalogarlas de pésimas - , y la cadena de frío era prácticamente inexistente;  por ello, la posibilidad de transportar productos frescos a los pueblos y almacenarlos, para poder consumirlos más tarde, era una opción inexistente. Este hecho condicionó que, en el medio rural, a lo largo de los siglos, la alimentación se basara en una economía de autoabastecimiento: los alimentos que se consumían en cada lugar, eran los que se producían allí mismo.
   Las familias sembraban cereales y elaboraban su propio pan; del  huerto obtenían patatas, verduras, legumbres,  fruta…; de las vacas, cabras y ovejas obtenían leche, con la cual elaboraban quesos; las gallinas proporcionaban los huevos...
   Comer pescado fresco,  al estar lejos de la costa,  no estaba a nuestro alcance y, por lo tanto, el que consumíamos debía estar procesado para permitir su conservación a largo plazo: bacalao en salazón, chicharros o palometas en escabeche, que llegaban  envasados en barriles de madera, sardinas en lata…
    En cuanto a la carne, comíamos pollo,  cordero, cabrito,  ternera y animales de caza; pero sólo podían ser  consumidos en fresco y en ocasiones muy concretas; ya que, al no haber congeladores y neveras, no podían conservarse más allá de uno o dos días.
   Esta imposibilidad de conservar la carne, para un ulterior consumo, fue el motivo por el que, a lo largo del tiempo, la principal fuente de proteínas animales, con que se alimentaron   nuestros antepasados, hasta no hace mucho tiempo,  fuera, básicamente, la carne de cerdo que era consumida por las familias, durante todo el año, casi a diario, con el  cocido y/o en forma de  embutidos,  jamón…

   El hecho de que la carne del puerco (marrano, cochino, cerdo, guarro, gocho…)  haya sido uno de los pilares básicos  de nuestra dieta, hasta fechas relativamente recientes,  no obedece a la casualidad;  se ha debido a la suma de dos hechos: a) el marrano es un animal fácil de alimentar  -come de todo-,  y b) su carne, una vez  procesada en forma de chorizos, salchichones, morcillas, jamones, lomos, tocino, panceta, manto…permite su conservación , sin necesidad de frío, a lo largo
jamonibericodeguijuelo.es
de todo el año.
   Hemos de agradecer a este orondo animal, el haber sido nuestra principal fuente de proteínas animales durante siglos, cuando no milenios. Esto es lo que le hizo decir a    Gregorio Marañón que “la carne de cerdo ha salvado más vidas que la penicilina”, y no le faltaba razón. 
  
   El poder disponer de carne de cerdo, durante todo el año, tenía una importancia económica enorme en las familias rurales. Éstas, al llegar la primavera, adquirían uno o más lechones, dependiendo de lo numerosa que fuera la familia, que eran cebados en cuadras hasta bien avanzado el otoño, cuando empezaban a ser sacrificados. 
   El periodo de las matanzas domiciliarias, generalmente, duraba  hasta finales de enero para hacerlas coincidir con la época más fría del año;  ya que éste es el ambiente más favorable para el procesado de la carne.  
  Aquellos que tenemos cierta edad, aún recordamos cómo muchas mañanas invernales, al  amanecer, éramos despertados por los fuertes chillidos que emitían los cerdos  mientras  eran sacrificados en los tajos o banquetas a manos del matarife; un acto con el que daba inicio al ritual de las matanzas domiciliarias, que tan comunes eran entonces. Mas no es mi intención comentar aquí los pormenores del sacrificio del cerdo, sino recordar una serie de tradiciones y  ritos extraños, que se realizaban, o transcurrían en torno a las matanzas.
   Entre estas costumbres  o actos, un tanto singulares, encontramos ritos  mágicos,  dirigidos  a los dioses o espíritus benignos,  para que protegieran los productos derivados de la matanza y evitar que éstos se estropearan, supersticiones,  y "otras prácticas" que, a pesar de ser fruto, exclusivamente,  de la condición humana,  curiosamente, a veces, se nos antojan aún más raras que las anteriores.
   Tras este largo preámbulo,  paso a recordar algunas de estas costumbres,  esotéricas  y  no esotéricas, que se realizaban, o transcurrían, en torno a la matanza del cerdo

a)  Época del año  para hacer matanza

 Yo, cuando era niño, no entendía muy bien por qué había que matar a los cerdos en pleno invierno ya que, durante esos días,  pasábamos un frío tremendo realizando las labores propias de la  matanza. Me resultaba extraño que se eligieran unas fechas tan hostiles, climáticamente hablando. 
Cuando lo pregunté, alguien me lo explicó y llegué a la conclusión de que obedecía al sentido común y tenía poco de esotérico.
 El hecho de que se sacrifiquen los cerdos en la época más fría del año  (finales de otoño  y comienzo del invierno) es debido a que un ambiente frío es el ideal para conservar y procesar la carne;  por ello,  antes, cuando aún no existía la cadena de frío, era necesario hacer coincidir la matanza con la época más gélida del año. 
 Además de conservar la carne, otro elemento a favor para hacer la matanza en esta época es que, a estas alturas del año, gracias al frío, habían desaparecido casi todos los insectos, especialmente las moscas de la carne y similares,  que pueden malograr la chacina (esto antes era así, cuando los inviernos eran largos y fríos y no asistíamos a un cambio  climático tan marcado, como al que tenemos actualmente).
   Otro hecho a favor de matar los cerdos, a estas alturas del año, es que las labores otoñales de siembra ya habían finalizado y la gente disponía de más tiempo para estos menesteres.
   
b) Elección del día de la semana para hacer la matanza

Una costumbre muy arraigada, era evitar hacer la matanza en martes o en domingo.

Evitar matar el cerdo en domingo tiene  una clara influencia religiosa;  para los cristianos, el domingo es el “Día del Señor” y hay descansar; es día de vestirse de fiesta e ir a misa a cumplir con el precepto. Luego, o se mataban los cerdos, o se iba a misa, esa era la cuestión. 
Antes, cuando vivíamos con la constante amenaza de ir de patitas al infierno, si éramos malos, uno de los “signos externos de maldad”, desde el punto de vista religioso, era, precisamente, laborar los domingos y fiestas de guardar; por ello, no estaba bien visto trabajar ese día de la semana  -si Dios descansó el domingo, nosotros, pobres mortales, estábamos "obligados" a hacerlo también- .
En los pueblos, algunos curas se enfadaban mucho con aquellos que decidían hacer la  matanza en domingo; y también con quienes segaban, araban,  sembraban,  trillaban… éste día de la semana (Debían pasarse casi todo el año enfadados, ya que muchas de las labores del campo  no permiten el descanso dominical)

 Evitar hacerlo los martes. Esto, obedece a la superstición. En  nuestra cultura, mucha gente siempre ha considerado que el martes es el peor día de la semana ya que es “cuando más desgracias ocurren”; por ello, no es recomendable  emprender ningún negocio o empresa importante este día.
 La carne del cerdo, como tenía una importancia económica  vital en las familias rurales; muchas de ellas, para no  correr riesgos innecesarios, evitaban hacer la matanza este día de la semana. Ya lo dice el refrán: “el martes, ni te cases ni te embarques” -versión de las zonas costeras-. “El martes, ni te cases, ni mates”-versión de las tierras de interior-. 
 Existen varias teorías que intentan justificar la superstición de que el martes es un día aciago, (sobre todo si cae en 13).  Algunos consideraban que, al ser un día consagrado a Marte, el dios de la guerra en la mitología romana, cualquier empresa que se emprendiera ese día tenía pocas posibilidades de acabar pacíficamente. 
Se decía, también, que los cristianos, en sus luchas con moros y turcos, perdieron muchas batallas en martes (pero si echamos mano de los libros de historia, podemos comprobar que también perdieron muchas batallas, en lunes, en miércoles, en viernes…).

c) Elegir el día de la maranza dependiendo de las fases lunares

Otro aspecto, que también carece de una clara explicación, es la elección de la fecha dependiendo de la fase en que se encuentre la luna.
No hay un acuerdo unánime sobre este asunto ya que unos recomiendan no matar en luna nueva y otros, en cambio, desaconsejan hacerlo en  luna vieja (luna llena).

Los que desaconsejan hacer la matanza en luna llena,  afirman que la luz lunar, cuando incide directamente sobre la carne, ésta se aluna y, a consecuencia de ello,  mengua. Este efecto es muy dañino para en los embutidos  pues, si una vez dentro de la tripa, la carne  encoge, el espacio que queda  libre es ocupado por aire,  aumentando así las posibilidades de que éstos se estropeen y tengan mal sabor.
En cuanto a los jamones, ¿qué pensaríais si un jamón de de 8 kg encoge y se os queda sólo en 4? -¡cualquiera se arriesga a matar en luna llena! -

 Quienes defienden evitar hacerlo en luna nueva,  lo hacen basándose en que con la oscuridad ambiental, los espíritus malignos están más activos -si ya de por sí son malos, estas  oscuras noches invernales se vuelven más malos aún-  y con ello aumentan las probabilidades de que estropeen la matanza (no comprendo, muy bien, la inquina que muestran  estos espíritus hacia  la carne del cerdo, ni sus permanentes intentos de estropearla,  ¿quién sabe si son espíritus de personas que murieron por tener el colesterol alto, y lo que pretenden, dañando la carne, es impedir que la comamos para evitar que nos suba a nosotros? ¡A ver si va a resultar que no son tan malos!)

 El hombre, desde los tiempos más remotos, ha vivido en la creencia de que algunos  hechos o aspectos, que afectan directamente a las personas, o a su entorno, están condicionados por los ciclos lunares; así, la abundancia de las  cosechas depende  de la fase lunar en que se realiza la siembra,  algunas enfermedades mentales,  el color del pelo -los albinos ¿nacen? todos en fase de luna llena-, el sexo de los hijos -se decía que el que quiera tener una niña debe "encargarla” en cuarto menguante­, y si lo que desea es  niño, debe poner "manos a la obra" en cuarto creciente-

La realidad es que se han hecho estudios intentando averiguar si las fases lunares ejercen algún tipo de influencia sobre estos hechos y comportamientos y, en todos ellos, los resultados obtenidos han demostrado la falta de veracidad de todas estas creencias.
 De todos modos, si alguno es  supersticioso, y tiene dudas respecto a la conveniencia de  hacer la matanza en luna nueva, o en luna llena,  no tiene por qué complicarse la vida:  puede hacerlo en el cuarto creciente, o  en el menguante. 


d)  ¡Cuidado con las mujeres si están con la menstruación!

    Una creencia muy arraigada es la que afirma que las mujeres, estando en esta fase de su ciclo, deben evitar manipular  la carne de la matanza; ya que, si lo hacen, existen muchas posibilidades  de que se estropee. 
  Al ser ellas, habitualmente, las encargadas de adobar y amasar la carne, en artesas y barreños, para hacer los embutidos; cuando se daba la circunstancia de que la dueña de la matanza estaba con la menstruación, o se cambiaba la fecha para hacer la matanza,  o tenía que invitar a algún familiar cercano, del sexo femenino, que estuviera libre de “dicha circunstancia”, para sustituirla en esta labor. También podían contratar a alguna matancera para que fuese ella quien se encargara de adobar la carne -las matanceras eran mujeres a las que se les contrataba para ayudar en las faenas de la matanza-

   Es ésta, otra superstición más que no tiene fundamento alguno, de la que encontramos referencias incluso en la Biblia. El Levítico (15:19), habla de ello; también, la Ley de Moisés establecía determinadas limitaciones a la mujer durante el periodo menstrual porque “estaba impura”
   De todas formas, los cristianos de pro, en ningún momento defienden ese extremo e indican que, con la aparición del cristianismo, la Ley de Moisés fue abolida y no nos atañe en absoluto, también defienden que ninguno de los libros del Nuevo Testamento  refleja nada sobre la pureza o impureza  de la mujer durante su período menstrual -si hay algún desconfíado que no se crea lo del Nuevo Testamento, que lea todos esos libros y después nos lo confirme-.
   Los tiempos cambian y, como las costumbres también evolucionan, hoy día, las mujeres afrontan, “este problema” de diversas formas.
   Algunas, haciendo caso omiso de esta absurda superstición,  intervienen en todas las labores propias de la matanza y ésta sale estupenda.
  Otras, en cambio, aceptan que la superstición es real y  aprovechan este argumento ante su marido, o pareja, afirmando que, ya que ellos están libres de ciclos menstruales, son las personas idóneas para ocuparse de preparar la carne para embutirla. Ante este dilema, todos ellos declinan la invitación prefiriendo que sigan siendo ellas las encargadas de realizar esta labor, alegando que "otra superstición de mayor rango", no sabemos si con el apoyo o no de La Biblia, afirma que los varones tienen absolutamente prohibido adobar la carne pues, si lo hicieran, entonces sería cuando la matanza sí que correría un serio peligro de no acabar bien.

e)  La carne no podía estar expuesta a las corrientes de aire

  Cuando hace frío y llega un vientecillo caliente y suave,  conforta el cuerpo y decimos que ha llegado "un ángel";  en cambio,   cuando  la corriente es de aire frío, lo que sentimos es una sensación desagradable, un malestar; esto es debido  a que,  con estas corrientes de aire frío quienes llegan, en vez de ser ángeles, son espíritus malvados, y, si es día de matanza, a qué otra cosa pueden venir sino a estropearla y fastidiar  a los dueños de los cerdos.
   Durante los meses fríos, en las casas, si las puertas y ventanas permanecen abiertas sólo pueden entrar  corrientes de aire frío -que son las malas-;  por ello, hay que mantener especial cuidado para evitar exponer la carne del cerdo a las mismas.  
 
   Estamos ante otra superstición más, carente de todo fundamento. Las corrientes de aire frío, si a alguna carne le sienta mal es a la de los matanceros. A muchos les producen  dolor de espalda, refriados, sabañones...     
 
f)  Hacer una cruz sobre las chichas adobadas y un sahumerio en la entrada de la casa

    En el anterior apartado se indicaba la conveniencia de evitar las corrientes de aire frío porque traen los malos espíritus; pero,  en pleno invierno,  ello es prácticamente imposible -si alguna corriente entra desde la calle, sólo puede ser de aire frío-. Afortunadamente, si a pesar de todos los esfuerzos, éstos espíritus malogradores de matanzas consiguen entrar en los domicilios,  disponemos de “poderosas armas” para combatirlos. 
   Una medida de protección era  dibujar con el dedo una cruz sobre las chichas de la carne, una vez adobadas.  Este acto tiene  una clara influencia cristiana y "está muy justificado". Si desde la antigüedad se le pedía a los espíritus benignos,  y otros dioses paganos, que protegieran la matanza; cómo no a hacerlo a nuestro Dios, que es el bueno.

   Otro acto, que se realizaba el día de la matanza, por la noche,  era hacer en la entrada, o umbral de la casa, una pequeña hoguera, en un recipiente, a modo de sahumerio, en la que se quemaban  cosas que producían un humo muy denso y que desprendían a la vez un olor pestilente, con el fin de ahuyentar a algún posible espíritu que se hubiera colado en la casa con intenciones aviesas.

g) Arrojar piedras y cacharros viejos en las puertas de las casas donde había matanza

   Los días de matanza,  al llegar la noche, amparándose en la oscuridad para no ser reconocidos, los chavales del barrio tiraban piedras o cacharros viejos contra la puerta de aquellas casas donde ese día hubieran sido sacrificados los cerdos; un hecho que ocasionó más de un disgusto pues, antes, la mayoría de las puertas tenían un batiente superior y otro inferior; el superior, en ocasiones, estaba entreabierto y  los proyectiles acababan dentro del domicilio, alcanzando a alguno de sus moradores. 

   Seguramente, algunos antropólogos pueden considerar  que este acto, en sus inicios, también encerraba algo de magia, y que también tenía un fin "protector". Del mismo modo que decimos “en boca cerrada no entran moscas”;  las piedras, contra la puerta, era un modo de recordar a los dueños de la matanza que era necesario mantenerla cerrada, para evitar que los espíritus entraran en estas casas; pues, si permanecía abierta, no sabemos si los espíritus entrarían, pero, lo que sí estaba  asegurado es que las piedras acababan dentro de la casa (los espíritus serían imaginarios, pero las piedras era muy reales).
 
   Como alternativa a la anterior teoría, la que defiende que estropear las puertas a pedradas tenía un "fin protector", existe otra explicación menos rebuscada que está relacionada, nada menos que, con el “pecado nacional”: La envidia
   Durante los días de matanza, los dueños del cerdo/s, en un plato, distribuían entre la familia,  algunos vecinos y amigos, “El Presente, unas cuantas tajadas del cerdo, para hacer a todos ellos partícipes de la carne. Se trataba de regalos de ida y vuelta ya que, cuando los destinatarios del este presente mataran sus cerdos, ellos, a su vez,  les harían también partícipes de algunos productos de su matanza.
   Aquellas familias que eran vecinas de los matanceros, pero con las que no existían los suficientes lazos de amistad para recibir estos regalos ; sus hijos vengaban la afrenta de no ser merecedores de este obsequio, y, para hacer notar a los dueños de la matanza, que se habían olvidado de  algunos vecinos, con o sin conocimiento de los padres, los muchachos salían a tirar piedras y cacharros viejos contra las puertas de las familias que, habiendo matado aquel día, no les habían obsequiado a ellos.

h)  Bailar las morcillas

   El primer día de la matanza, al llegar la noche, una vez que decidían concluir las tareas, llegaba la hora de cenar; cena a la que los dueños de la casa invitaban a aquellos familiares y amigos que les habían ayudado en los muchos quehaceres que conllevaba  esta primera jornada de trabajo.
   Era un rato muy agradable. Un merecido descanso tras realizar las múltiples faenas del día: cenando, rodeado de amigos, al calor de la lumbre o del brasero, probando productos frescos del cerdo, acompañándolo por buen vino de la tierra... era un momento feliz, 
   La felicidad, como estado de permanente de bienestar, realmente no existe; a lo sumo, lo que encontramos en la vida son momentos felices, y éste cumplía todos los criterios para ser uno de ellos.
   Eran ratos propicios para la chanza y las bromas; a medida que avanzaba la cena, la gente bebía más, se animaba más, y esto casi siempre acababa con un baile: “El Baile de las Morcillas”.
  Los asistentes cantaban una canción y  alguien, generalmente, los dueños de la matanza, debía iniciar la danza, continuando haciéndolo, después, sucesivamente, el resto de los asistentes; tanto adultos como niños. No se libraba nadie. 
   Siempre había alguno  a quien no le gustaba bailar, que se hacía el  remolón,  pero el resto de la gente se metía con él  y terminaba haciéndolo para evitar el escarnio de los demás.
  El baile, en sí, era una jota; la cantaban todos los asistentes, acompañándose de instrumentos de percusión: cucharas, tapaderas, botella de anís, y todo lo que se le ocurriera y tuvieran a mano, y se  bailaba individualmente, o por parejas.

   Las morcillas, generalmente, al finalizar el primer día de la matanza, ya están hechas y, casi siempre, colgadas de la chimenea o del techo de la cocina. Quizá, por eso se llame “Baile de las Morcillas”, pues era un producto que, habitualmente, ya estaba totalmente elaborado al final del primer día. El resto de la matanza, aunque ya estuviera  preparada, el procesado de la misma continuaba a lo largo de los días sucesivos.
 
   Este baile, en sus inicios,  tenía un fin serio; se trataba de un antiquísimo ritual de magia, anterior al cristianismo,  con el que se pedía a algún dios pagano que protegiese no sólo a las morcillas, sino a toda la matanza en general, para que no se estropease en su largo proceso de curación.
   Con el tiempo, fue perdiendo el sentido mágico original, y, acabó convirtiéndose en una parte más del jolgorio ya que la matanza, en esencia,  era una auténtica fiesta familiar.

  (Aunque, en los tiempos actuales, ya nadie piensa que haya que hacer rituales mágicos para que los dioses protejan la matanza, la magia sigue existiendo. Ya me diréis, si no es auténtica  magia que un animal, que ha vivido entre barro, paja y  agua sucia, y que ha comido todo lo que se le pone por delante, nos proporcione unos productos tan exquisitos).