martes, 25 de julio de 2017

El espantapájaros


   El verano estaba ya bien avanzado, a las nueve de la mañana el sol ya llevaba un buen rato avanzando sobre el horizonte, soplaba un vientecillo suave que resultaba agradable e Hiscio,  como todos los días, iba caminando hacia la huerta muy pensativo.

  Aquel año, climatológicamente, estaba siendo muy bueno para el campo; el dios de la lluvia había sido generoso y ésta había sido abundante en el otoño e invierno anteriores; el frío había comenzado, permanecido y cesado a su debido tiempo, sin que alguna inoportuna helada  tardía hubiera afectado la floración de los árboles frutales; y durante la primavera, también había llovido lo suficiente.  Aunque la gente que vive del campo nunca está satisfecha con el clima, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que lo que viene bien para unas cosas, no lo es tanto para otras,  el año agrícola estaba resultando muy bueno.    
   El refranero, que suele basarse en la experiencia, cuenta con mucha expresiones relativas a la influencia del clima sobre las cosechas, como el que dice   “Lluvias de octubre a enero, aseguran el puchero. Lluvias de marzo y abril, alegran al labrador y también me alegran a mí”.
    El caso es que, debido a la bonanza del clima, la huerta presentaba un aspecto magnífico; allí había de todo: legumbres, patatas hortalizas, maíz, melones, sandías…, pero, lo que más le satisfacía era que los árboles frutales: manzanos, perales y melocotoneros, que había plantado tres años atrás, por primera vez, estaban pletóricos de fruta. Esto era motivo de gran contento para él y su mujer, satisfacción que era compartían por los pájaros que lo celebraban  acudiendo a los árboles,  a catar la fruta, con gran disgusto de ambos cónyuges.

   Las aves, a pesar de la mala prensa que tienen, en lo referente a los cultivos,  son muy beneficiosas para los mismos, son unos magníficos insecticidas naturales, pues comen ingentes cantidades de insectos y gusanos que atacan a las plantas; pero si consideramos que los frutales están en el campo, y ellas viven en el campo, no es de extrañar  que a veces picoteen la fruta, con “la virtud” añadida de que saben seleccionarla muy bien y eligen siempre la más dulce y madura.  
   Por este motivo, a los pájaros tampoco debe extrañarles que el hombre, desde siempre, haya utilizado diversos artilugios para espantarlos y tratar de evitar que hagan excesivo daño en las cosechas.   
   
   Existe una gran variedad de artefactos que, mediante el movimiento, el sonido, o el reflejo de la luz, son empleados para intentar espantar a la avifauna de los cultivos: cintas de aluminio  o discos compactos (CD) colgados de las ramas de los árboles que se mueven con el viento, botellas de plástico -a algunas de ellas,  recortando sus zonas laterales se les fabrican unas aletas para que giren-,  molinillos, campanillas, pistolas automáticas que mediante gas producen estampidos, reproducciones de halcones o algún otro ave de presa colocado en un sitio visible…  
    Como podemos ver, la variedad de aparatos empleados para ahuyentar  a los pájaros, es muy amplia., aunque el hecho de que exista tal cantidad y variedad  de ellos constituye  una clara prueba de que ninguno de ellos es totalmente eficaz para lograr este objetivo.  Si cualquiera de ellos lo fuese¸ todo el mundo emplearía  ese modelo y se omitirían los demás.
   Hasta ahora, el espantapájaros más popular, y efectivo para algunos, es el clásico monigote, o pelele, que reproduce la figura humana, que se coloca en huertas para que los pájaros piensen que allí hay una persona. Como ellos son conscientes de que, desde el principio de los tiempos, siempre que han estado cerca de los humanos han llevado las de perder -las perdices están buenísimas-, 

saben lo que les conviene y  procuran no acercarse a “ese hombre”; pero, con el tiempo acaban acostumbrándose a todo y, si tienen mucha hambre, no hay espantapájaros que les ahuyente.

   La mujer de Hiscio, harta de que los pájaros pretendieran compartir con ellos lo mejor de sus frutales, había elaborado un espantapájaros esmerándose enormemente para darle el mayor parecido posible  al cuerpo de un hombre, -hoy, que vivimos en una época donde se promueve la igualdad de géneros, lo cual es estupendo, aquí hay que hacer constar la existencia de una clara deriva sexista a la que no acabo de encontrar una clara explicación: ¿por qué los espantapájaros siempre son “hombres” y nunca mujeres?-.
   La fabricación del espantajo había sido bastante laboriosa y le había ocupado una tarde entera; sin embargo, una vez terminado, lo examinó con atención y quedó muy satisfecha por el resultado obtenido. Ante ella tenía un magnífico espantapájaros que reproducía la figura de un hombre, con bastante realismo.
   Había cogido una camisa y unos pantalones viejos del marido, los había cosido entre sí formando un único cuerpo, cerrando todas las posibles aberturas, y lo había rellenado con heno. Además, había confeccionado, con tela, a modo de cabeza, una esfera, que rellenó también con heno, cosiéndola al cuello de la camisa; formando así, con el resto del cuerpo del pelele, una sola unidad, y, para terminar, le colocó un sombrero de paja. Desde lejos, cualquiera podría afirmar que se trataba del auténtico Hiscio.
  Estaba convencida de que un espantapájaros tan elaborado conseguiría alejar a toda la avifauna del lugar, y así sería posible preservar la fruta de sus apetitos.  
  
  Ambos, el marido y ella,  habían decidido que el mejor lugar para colocarlo era en la mitad de la huerta, donde estaban las sandías, y melones, que era el sitio más visible; así, los pájaros, al verlo, creerían que el marido estaba trabajando allí, se espantarían  y por fin podría atajarse el problema.  
   El monigote había sido terminado dos días antes,  el marido lo había colocado el día anterior, y esa mañana era la fecha en la que éste iba a comprobar si el objetivo marcado, que el espantapájaros ahuyentara los pájaros de la huerta, se había conseguido.
 
   Cuando Hiscio se dirigía aquella mañana a la huerta, iba bastante intrigado pensando en la respuesta de los pájaros ante la presencia del pelele que había dejado plantado, hacía apenas  24 horas, y, una vez allí, pudo comprobar sobre el terreno, con gran disgusto, que el resultado esperado no respondía exactamente a las grandes expectativas que tanto él, como su mujer, se habían creado.

   Hasta entonces, todos los días, al llegar a la huerta, siempre encontraba en los frutales pájaros de distintas especies cuya visión hubiera hecho las delicias de cualquier ornitólogo; el, en cambio, como los árboles eran suyos, no disfrutaba en absoluto del espectáculo. De todos modos, compartía con  los ornitólogos el gusto por los pajaritos; con la única diferencia de que a él, como realmente le gustaban eran  fritos.
   Hiscio había comprobado que, cada vez que llegaba la huerta, los pájaros  abandonaban precipitadamente los árboles frutales y, durante todo el rato que permanecía allí trabajando, ninguno volvía a acercarse.
   Este hecho lo había constatado, repetidamente, día tras día, y por ello tenía fundadas esperanzas de que el espantapájaros, hecho con su propia ropa y cubierto con uno de sus sombreros, iba a ser la solución para proteger la frutales; por ello, aquella mañana no esperaba encontrar ave alguna, en su propiedad; pero todas sus esperanzas se esfumaron, rápidamente, nada más llegar a la huerta.
   No sólo es que hubiese pájaros en los  frutales, que es lo que se pretendía evitar;  es que, además, varios de ellos estaban posados encima del propio espantapájaros. Resulta que éste, encima de no espantarlos, les servía de posadero.
   Estuvo toda la mañana haciendo las labores habituales y comprobó que, durante todo el tiempo que permaneció en la huerta, igual que había ocurrido todos los días anteriores, ni una sola de las aves osó acercarse a los frutales.
   Ya cerca del mediodía, antes de que hiciese demasiado calor, decidió acabar la tarea, volvió a casa y, nada más entrar por la puerta, la mujer, con gran curiosidad, se dirigió a él preguntando:
-     ¿Hiscio, qué tal en la huerta? Supongo que, gracias al espantapájaros, ya no habría pájaros comiéndose la fruta.  
   El marido la miró sin saber cómo explicarle, en pocas palabras, que todo el trabajo que había realizado, el espantajo, no servía para nada;  y que su obra había sido un completo  fracaso.
   Por unos instantes permaneció en silencio, pensando cómo decírselo para herirla lo menos posible, y al fin, acertó a decir:
-         Mira, te diré una cosa. Aquí, el único espantapájaros que funciona soy yo. 





martes, 11 de julio de 2017

                                              Un eco sorprendente 


   El eco, es un fenómeno acústico que sucede cuando las ondas sonoras chocan contra un obstáculo, rebotan en el mismo, y vuelven hasta el mismo lugar de donde han surgido. Esto da lugar a la repetición del sonido que, obviamente, se oye unos segundos después del sonido original.
   Para poder percibir el eco, nuestro oído necesita que haya un retardo mínimo; una distancia mínima entre el lugar donde surge el ruido, y el obstáculo en el que éste choca. Si la distancia es pequeña, el sonido reflejado vuelve rápidamente y se entremezcla con el original; en estos casos, como el cerebro no los diferencia, los interpreta como un solo sonido y no hay eco.
   La distancia mínima necesaria, entre el emisor del ruido y el obstáculo donde éste choca, para que ambos sonidos no se mezclen y haya eco, es de unos 100 metros aproximadamente.
   A veces, los obstáculos son varios y se encuentran a diferentes distancias; en estos casos, podemos oír un eco múltiple (distintos ecos, simultáneamente).
   El eco, es posible oírlo sobre todo en aquellos lugares donde existen terrenos escarpados, con paredes verticales, como ocurre en las montañas, desfiladeros, y en los cañones de los ríos.
   A grandes rasgos, esta es la explicación científica de la formación del eco, a falta de algunas matizaciones; como que el obstáculo, donde debe chocar el sonido, ha de ser una superficie dura; el ambiente ha de ser silencioso, el sonido emitido ha de ser alto, suficientemente potente para llegar al obstáculo correspondiente; no debe haber viento, etc.

   La mitología griega, por su parte, nos presenta otra explicación sobre la naturaleza del eco, más original e interesante, que tiene poco que ver con los fundamentos físicos del sonido. Eco, era¸ y es (hay que tener en cuenta que los dioses son inmortales), una ninfa de la montaña. Según la mitología, las ninfas viven asociadas a algunos sitios concretos como pueden ser corrientes de agua, montes, manantiales, grutas… , y, como eran muy hermosas, a Zeus le encantaba cortejarlas; por ello, a menudo, solía visitarlas en la Tierra (las visitas no eran precisamente para rezar el rosario).
   Hera, la esposa de Zeus, tenía fundadas sospechas de que éste le era infiel -ni de los dioses puede una fiarse-, y harta de que el marido estuviera casi más tiempo en la Tierra que en el Olimpo, un día bajó a la Tierra intentando pillar a Zeus con alguna ninfa, en plena faena.
   Eco, que la vio llegar, para evitar que Hera descubriera la infidelidad de Zeus, y para proteger a la ninfa que aquel día estaba con él, de las iras de la esposa enfurecida; con el fin de de entretenerla, estuvo hablándole durante mucho rato, dando tiempo a los amantes para que se escabulleran.
   Hera, permaneció un tiempo escuchando a Eco, pero pronto se hartó y se fue a buscar a los amantes; cuando llegó al lugar donde sospechaba que iba a encontrar a Zeus con las manos en…, comprobó que tanto él, como la ninfa, ya se habían largado. Muy irritada, al percatarse del ardid de Eco para obstaculizar su investigación, la maldijo condenándola a no poder hablar con nadie. Solo podría repetir las últimas palabras que dijeran los demás.
   Por lo tanto, cuando llegamos a un lugar donde hay eco y damos voces para escucharlo; según la mitología, allí no hay ondas sonoras que reboten en las peñas, ni nada por el estilo. A quien estamos oyendo, realmente, es a Eco, la ninfa de la montaña, condenada por Hera a repetir las últimas palabras que gritamos.

   Nuestras arribes, si por algo se caracterizan es por lo escarpado del terreno. Los distintos ríos de la zona, gracias a la erosión que han ido ejerciendo en el suelo, a lo largo de millones de años, han conformado unos profundos cañones que, en algunos sitios, ofrecen unas condiciones óptimas para que haya eco.

   Un día, siendo adolescentes, habíamos ido tres amigos a los Arribes del Huebra y estábamos contemplando el impresionante paisaje que ofrece el cañón del río, desde la parte superior de la orilla en la que nos encontrábamos. Desde allí veíamos al Huebra correr a nuestros pies, encajonado en el fondo de los arribes, a más de 200 m. de profundidad. Nos encontrábamos en una peña, en el mismo borde del abismo, y frente a nosotros, en la orilla opuesta, admirábamos los arribes de ese lado; un
Arribes del Huebra
terreno de lo más abrupto: con unos imponentes paredones de granito.
   Allí, los únicos seres vivos capaces de alcanzar aquellos riscos son los pájaros; fundamentalmente los buitres leonados, que tienen allí sus posaderos y nidos. Ellos, son sedentarios y viven allí durante todo el año compartiendo su residencia, gran parte de la primavera y el verano, con los alimoches. Estos últimos, en cambio, son aves migratorias que van a pasar el invierno a África.
   Aquel día, veíamos algunas de estas rapaces sobrevolando la zona mostrándonos que el mejor modo de desenvolverse por aquel terreno tan escabroso es volando, tal como hacían ellas.
   La belleza que guardan las Arribes es espectacular. Allí, lejos de la civilización, reina un silencio impresionante; roto, únicamente, por los sonidos propios de la naturaleza: el canto de los pájaros; el zumbido de los insectos, en verano; alguna vaca lejana que muge ocasionalmente... Son lugares mágicos donde uno casi se siente un intruso. Mientras admirábamos la grandeza del paisaje, uno de los compañeros dijo:
   - ¿Sabéis que aquí hay eco?
   - Pues claro, contestamos a la vez el otro y yo. Los tres éramos del lugar, y no era la primera vez que íbamos al río. Sin mediar más palabras, comencé a gritar yo:
    - ¡ Eeeeeeeeeh!
    - ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh! respondió el eco, tras unos segundos de espera. No una, sino varias veces, ya que es un eco múltiple el que allí se puede escuchar.
   Seguimos dando voces, varias veces más y el eco, que aquel día era excelente, nos respondió otras tantas veces Tras hacer una pausa, uno de mis compañeros, en un "alarde de fineza", gritó.
   - ¡Cabrooooooooón!
   - ¡Cabrooooooooooooooooooooooooooón! Contestó el eco, también multiplicando la respuesta, varias veces.
   Una vez que se hizo el silencio, después de que se acabara el eco, pudimos oír con toda claridad:
   - ¡Cabrón tuuuuuuuuuuuuuuuuuuú!

   Los tres, nos quedamos estupefactos el escuchar aquello. El eco repite los sonidos que emites; pero de ahí, a que añada palabras propias... no sabíamos que decir.
   Si nos atenemos a la mitología, hasta podríamos haber culpado a la ninfa Eco. ¿Y si ésta,  excepcionalmente,  ese día , en vez de repetir nuestras voces, se había enfadado con el compañero por decir palabras soeces, había recuperado el habla, y era ella quien había respondido?
   Pero estábamos seguros que las ninfas no dicen esas palabras y, además, aunque nunca habíamos escuchado a una ninfa -al menos yo-, y no teníamos referencias de cómo es su voz, lo que habíamos oído era una voz varonil…de eso no teníamos duda; así que descartamos de inmediato la teoría de la ninfa.
   Entonces, observamos que, en la orilla opuesta, en la parte alta de los arribes del río, había unas vacas pastando; debido a la larga distancia, apenas eran perceptibles desde el lugar donde nos encontrábamos y la conclusión a la que llegamos fue que la voz que habíamos oído no se trataba de ningún eco extraño, sino que debía pertenecer al dueño del ganado que andaría por allí. Habría oído el improperio que había lanzado el compañero al aire, se había dado por aludido y había contestado.      Este razonamiento parecía más lógico que echar mano de la mitología para explicar lo sucedido; pero no teníamos prismáticos y, a simple vista, debido a la distancia, éramos incapaces de distinguir la silueta de persona alguna en la otra orilla.
   Tras la gran sorpresa que nos habíamos llevado, no sabíamos qué hacer. No era plan de excusarse a voces ante el misterioso hombre cuya voz habíamos oído, pero al que éramos incapaces de ver.       Además, el compañero no había insultado a nadie; únicamente, se había dirigido al eco en términos poco apropiados, pensando que estábamos solos por estos parajes, y la casualidad había querido que no fuera así, Indudablemente, aquello había sido "un accidente".
   La moraleja que aprendimos aquel día es que, siempre, hay que medir bien las palabras que uno dice... aunque se las diga al eco; haciendo caso al refrán castellano que dice “Palabra y piedra suelta no tienen vuelta”

lunes, 26 de junio de 2017

La asadura del cura

  
   El Concilio Vaticano II (1962-1965), supuso un hito muy importante para la  Iglesia Católica pues de él surgieron una serie de reformas que tuvieron gran relevancia para los cristianos. De todas ellas, quizá las más destacadas, o al menos las más visibles, fueron las que se introdujeron en la celebración de los oficios religiosos.
   Hasta entonces,  los sacerdotes celebraban la misa de cara al altar, y, a partir de entonces, pasaron a hacerlo mirando a la gente, tal como acontece en la actualidad. 
   Otra de las reformas, que trajo consigo este concilio, fue cambiar el idioma en el que se celebraban los actos litúrgicos; durante siglos, éstos habían sido en latín, pasando a serlo, a partir de entonces,  en las lenguas vernáculas de los distintos países. De este modo, fue posible hacer más compresible la palabra de Dios a la grey, ya que la gente, salvo raras excepciones, no sabía latín.
   Hoy día, cuesta bastante imaginar al cura celebrando la misa, tal como se hacía antes del antedicho concilio, sin mirar apenas a la gente ya que, durante la mayor parte de la ceremonia, permanecía de espaldas a los fieles, con la mirada puesta en el altar. Si a ello sumamos que, a lo largo de toda la liturgia, utilizaba una lengua, el latín, que era desconocida para la mayoría de los feligreses; fácilmente, llegamos a la conclusión de que la Iglesia vivía, literalmente, de espaldas al pueblo.
 
  Debido al asunto del latín, entonces, la figura del sacristán era fundamental en los oficios religiosos pues él, generalmente, lo sabía y acompañaba al sacerdote durante las distintas celebraciones. Habitualmente, se situaba en la parte trasera del templo, en el coro,  y desde allí acompañaba y contestaba al oficiante en los rezos y cantos correspondientes.
   Los feligreses, a pesar de desconocer la lengua de Ovidio,  intentaban participar también en la misa -no sabían la letra, sólo la música-  y tal como hacíamos muchos de nosotros, que cantábamos las canciones de “Los Beatles”, sin saber nada de inglés; ellos  tatareaban o “parlucheaban”, como mejor podían, los diversos cantos, rezos y letanías.
 
   Bueno, pues esto ocurrió antes del Concilio Vaticano II,  cuando las misas aún eran en latín.
   Un domingo, el cura del pueblo se fue a decir la misa, tenía un ama llamada Mariquilla, y, cuando ésta se disponía a cocinar una pierna de cordero, que era lo que había previsto hacer  para ese día, cayó en la cuenta de que el sacerdote había olvidado decirle cómo quería que  se la preparara.
  A toda prisa, se acercó a la iglesia para ver si aún no había comenzado la ceremonia, con el fin de resolver su duda, pero ésta ya había empezado. Aquel día, la misa era cantada y el sacristán, desde el coro, contestaba  acompañando en los cantos, al cura.
  Mariquilla, permaneció un  rato parada ante la puerta del templo, muy preocupada, sin saber qué hacer, y decidió subir al coro, para hablar con el sacristán, a ver si podía resolverle la duda de cómo quería el cura que le preparara la carne. Tras explicarle el problema, el sacristán le respondió.
El sacristán desde el coro contestaba
-   No te preocupes, yo se lo pregunto ahora mismo, cantando en latín.
 Cuando le tocó intervenir al sacristán, cantó lo siguiente:
    
     Mariquilla vino aquí
     Muy triste y desconsolada
     Como quiere la asadura
     Si frita o si guisada
 
   El cura, cuando le oyó, contestó también cantando:

     Mariquilla vete a casa
     Y componme la asadura
     Echalé ajo y pimentorum
     Questá sécula seculorum

   El sacristán, cuando lo escuchó se lo dijo a Mariquilla y así ésta pudo enterarse de cómo quería el cura que le preparara el cordero. 
   La gente, al no saber  latín, no se enteró de nada…ni de la misa, que era lo habitual… ni del asunto de la asadura de la carne.


   (Éste es un cuento popular, muy conocido, que contaban los padres y abuelos, a hijos y nietos. Cuando llegaban a la parte de las estrofas, las cantaban con la melodía propia de los cantos de misa)

lunes, 12 de junio de 2017

Curanderos. Entre la ciencia y la magia II

El curandero de Aliste

Aliste, es una comarca situada al noroeste de la provincia de Zamora que tiene muchas cosas en común con la nuestra (quizá sería más acertado decir que tiene unos problemas muy similares a la nuestra). Es fronteriza con Portugal, se trata de una zona muy deprimida y su economía se basa fundamentalmente en la ganadería. Sus pueblos, ya pequeños de por sí,  cada vez lo son más debido a que sufren, desde hace décadas, una progresiva pérdida de población motivada por el éxodo de sus habitantes hacia otras zonas del país, en busca de unas  oportunidades laborales que allí no encuentran, ocurriendo, todo esto, sin que  en el horizonte haya  perspectiva alguna de que este problema pueda ser atajado en un corto plazo de tiempo.
Esta es la triste suerte que ha seguido no sólo Aliste, sino la práctica totalidad de las comarcas del oeste español, rayanas con el vecino país; todas ellas adolecen de los mismos males, ostentando el triste récord de encontrarse entre las zonas más empobrecidas de toda la Unión Europea.
No sé si  están abandonadas de la mano de Dios, como se dice vulgarmente; pero de quien sí lo están, eso sí es seguro, es de la mano de los políticos. Para la gran mayoría de ellos, ni existimos.
  
    Bueno, pues en uno de estos pueblos alistanos vivía, en la segunda mitad del siglo XX, un curandero al que acudía mucha gente buscando alivio para sus males.
Entre los antiguos curanderos, algunos intentaban aliviar determinadas enfermedades concretas: problemas musculares y óseos, de la piel, el mal de ojo…; en cambio, otros trataban  todo tipo de males, tanto del cuerpo, como del espíritu.
Algunos de estos sanadores llegaron a ser muy famosos, trascendiendo su fama no sólo a los pueblos de la comarca o provincia donde ejercían su actividad, sino también a otras provincias…y eso que la única publicidad con la que contaban era el “boca a boca” de la gente.

Nuestro curandero pertenecía al segundo grupo: trataba enfermedades de todo tipo, era bastante famoso, y tenía un “don”, o habilidad, que le diferenciaba del resto de los curanderos que consistía en que apenas  necesitaba preguntar a los pacientes cual era el mal que les había empujado a buscar sus servicios, ya que les cogía la mano, les tomaba el pulso, y así era capaz de averiguar qué era lo que le pasaba al enfermo y, además,  el lugar del cuerpo donde se  localizaba la dolencia.
Esto era posible porque el curandero, una vez que establecía el contacto con el paciente a través de la mano, sentía en su propio cuerpo una molestia similar y en el mismo órgano, que aquel. Después, ya hablaba con él y le indicaba el tratamiento a seguir.

Evidentemente, esto era algo maravilloso. A veces, cuando se tiene una enfermedad  y  se va al médico;  éste, para poder prescribir o realizar un tratamiento, necesita hacer previamente el oportuno diagnóstico y ello, frecuentemente, conlleva a solicitar pruebas radiológicas, análisis, etc, que tardan algún tiempo en ser realizadas y que desencadena nuevas consultas, retrasos en el diagnóstico y comienzo del tratamiento, mayores gastos de dinero (y de paciencia), convirtiéndose todo ello en un proceso largo y desesperante, por qué no reconocerlo.
En cambio, a todo aquel que iba a este curandero; éste, le tomaba el pulso e, inmediatamente, era capaz de averiguar lo que le ocurría, proporcionándole, a continuación, el oportuno tratamiento. Todo ello sucedía en un corto espacio de tiempo, en una sola consulta que apenas duraba unos minutos.

Claro que en esta vida nada es perfecto y,  en todo aquello que hacemos o nos proponemos, siempre existe algún inconveniente o dificultad. Es sabido que, cuando en cualquier tipo de actividad, sea material o inmaterial, todo parece perfecto ante nuestros ojos y no encontramos inconveniente alguno; esto, casi siempre, es debido  a que no hemos  mirado bien, o a que algo se nos ha pasado por alto; en cambio, si volvemos a mirar la cosa, o el asunto, detenidamente, desde al ángulo adecuado, entonces, la mayoría de las veces, logramos encontrar alguna imperfección o dificultad que nos había pasado desapercibida en un primer momento.   
En este caso, el inconveniente que había era bastante evidente y no hacía falta investigar mucho para encontrarlo. Resulta que al curandero, a consecuencia de algún accidente que había sufrido en una pierna, le habían quedado serías secuelas en la misma y cojeaba.

Un día llegó a la casa del curandero un hombre que tenía fuertes dolores en una pierna, y era conocedor de la metodología de trabajo del mismo. Confiaba en que la pierna donde al sanador tenía su problema no fuera la misma en la que él tenía el dolor;  pero sus esperanzas desaparecieron nada más verle. No obstante, como ya estaba allí, decidió continuar la consulta.
Cuando el curandero se disponía a tomarle el pulso,  para localizar la enfermedad, el paciente dijo:

-         Antes de nada, quiero hacerle una pregunta. Usted, al tomar el pulso, sabe dónde está el mal  de los que venimos, porque lo siente en el mismo sitio en su cuerpo. ¿Es cierto?
-         Es cierto, contestó muy serio el curandero. Yo siento algo semejante a lo que le ocurre, y en el mismo lugar.
-      Y si el mal que yo tengo, estuviera en su pierna mala, ¿cómo va a saber, entonces, lo que tengo?
-         Eso es muy sencillo, respondió el curandero, sin inmutarse lo más mínimo, ante la impertinencia de la pregunta. Si yo tomo el pulso a alguien y no siento nada, entonces sé que el mal lo tiene en esa pierna.

Esta anécdota se la atribuyen a Simón, un antiguo curandero de San Cristóbal de Aliste (Zamora). No puedo asegurar que este hecho sucediera realmente, pero lo que sí es cierto es que,  usaba su “don” y tomaba el pulso a los pacientes, para hacer sus diagnósticos; no obstante, esto era sólo una parte más de la consulta; pues, como todos los curanderos, tenía una gran capacidad 
Iglesia de San Cristóbal de Aliste. Foto: Adata.es
de observación, a la par de una  enorme habilidad para interrogar a la gente que a  él acudía, para que le contaran sus males y así completar sus diagnósticos.

  Simón, para tratar las enfermedades, empleaba remedios naturales, fórmulas magistrales elaboradas, básicamente, con plantas.
Muchos curanderos, elaboraban ellos mismos  los “productos terapéuticos”  que les daban a los pacientes, procurando mantener en el más absoluto secreto su composición; en cambio, con el curandero de San Cristóbal de Aliste no existía ocultismo alguno ya que, a las personas que trataba, les proporcionaba la fórmula final del producto que recomendaba para el correspondiente tratamiento  (la lista de las sustancias que lo componían, así como la proporción de cada una de ellas); explicándoles,  además, cómo elaborar adecuadamente la mezcla, y la forma de administrar el producto correctamente.

       ¿Que si los tratamientos eran eficaces? Supongo que unas veces lo serían y otras no.
  Yo una vez tuve ocasión de utilizar uno de sus remedios para evitar la caída del pelo. En esta ocasión, al ser el diagnóstico era tan evidente, no fue necesario que utilizara su “don” para llegar al mismo.

   Recomendó una fórmula magistral, que había que debía ser aplicada en el cuero cabelludo,  en forma de loción. Cuando me hice con ella, la usé tal como dijo el curandero y …

lunes, 22 de mayo de 2017

EL VAQUERO DE BOGAJO

  En todas las profesiones encontramos trabajadores cuyas aptitudes laborales resultan de lo más heterogéneo. Hay operarios que dominan perfectamente su oficio; cada día que pasa, intentan hacer mejor la tarea que desempeñan , y , además, son proactivos de modo que, si surge algún problema relacionado con su trabajo, rápidamente intentan solucionarlo.
   Se involucran mucho en la labor que realizan disfrutando tanto con lo que hacen, que el tiempo se les pasa volando; así, cuando llega el fin de semana, apenas lo disfrutan y están deseando que llegue el lunes para continuar la tarea.
   Estos son los profesionales diez, un ejemplo para los demás, lo mejor de lo mejor.  
   Todo empresario desearía tener en nómina empleados de este tipo, pero casi nunca los encuentra ya que escasean y, los pocos que hay, están en peligro de extinción.
   
   En el extremo opuesto, tenemos a un tipo de profesionales que podríamos considerarlos casi  incompatibles con el trabajo. Han nacido con el “gen de la laboriosidad” atrofiado.  Esto no tendría excesiva importancia si fueran ricos y pudieran vivir de las rentas, pero eso casi nunca es así, y, como para poder vivir es necesario trabajar, no les queda más remedio que incorporarse al mundo laboral. Eso sí, una vez en él, procuran aplicarse a la tarea lo mínimo posible; a lo largo de su vida profesional no encuentran trabajo alguno  que les motive y, por ello, frecuentemente, pasan por una interminable serie de profesiones en las que suelen permanecer poco tiempo ya que ninguna  responde a sus expectativas (éstas últimas, para ellos, seguramente  serían   estar  ya  jubilados a los 20 años).
   Las semanas les parecen eternas y se  deprimen los lunes, los martes,  los  miércoles…, mejorando su estado de ánimo, espectacularmente, los sábados, los domingos y los periodos vacacionales.
   Cuando aparecen problemas en su ámbito laboral, no es que sean poco  proactivos a la hora de intentar  solucionarlos, lo que sucede es que, casi siempre, el auténtico problema son ellos.
  También sirven de ejemplo para los demás operarios; aunque, en este caso, constituyen un perfecto modelo de lo que no debe ser un trabajador.
   A este tipo de empleados, los empresarios no quieren verlos ni de lejos;  abundan bastante más que los anteriores, y no están en peligro de extinción.

   Entre estos dos extremos se  encuentra  el resto de los asalariados,  gente normal que quiere trabajar lo suficiente, descansar lo suficiente y, a final de mes, cobrar lo suficiente para poder vivir dignamente.

   Esta introducción, de lo que acontece en el mundo  del trabajo, sirve para comprender lo que sucedió una vez en  Bogajo (Salamanca). En este pueblo, igual que en los pueblos cercanos, la gente vive fundamentalmente de la agricultura y la ganadería, especialmente la segunda, y el sistema de explotación es la dehesa, un terreno de pastos y encinas que conforma uno de los paisajes  más característicos de la provincia.
   Bueno, pues  hace ya muchos años, estamos hablando de mediados del siglo pasado, un día  se presentó en Bogajo, buscando trabajo, un hombre de los que nacen con el “gen de la laboriosidad”  atrofiado.  Era de un pueblo vecino y en su haber tenía un  amplio currículum laboral, ya que había trabajado para varios amos, en su lugar de origen; todos los trabajos le habían durado poco, y ya nadie quería contratarle allí.  
   El caso es que era buena persona y ponía buena voluntad para todo; pero, entre sus “otras virtudes”  estaba la de ser bastante irresponsable  y  muy descuidado;  éste era el motivo por el que todos los antiguos amos habían prescindido de sus servicios (injustificadamente, según él).

   Una  empresa multinacional, cuando estima que, en su ámbito de actuación, el mercado se encuentra saturado, extiende su campo de acción a otros lugares distintos  para aumentar sus beneficios;  del mismo modo, Argipilo -vamos a llamarlo así-, como en su pueblo el mercado laboral ya no le ofrecía más posibilidades, también decidió ampliar su campo de acción acudiendo a un
pueblo diferente al suyo, donde no le conocieran, en busca de nuevas oportunidades. Este fue el motivo por el que un día se presentó en Bogajo donde el destino quiso que encontrara una familia que necesitaba un criado para cuidar  el ganado (un vaquero).
   Resulta que en este pueblo había gente que necesitaba trabajar, pero nadie aceptaba el puesto que ofrecían estos patronos debido a que las condiciones laborales distaban de ser buenas: pretendían obtener un buen servicio, pagando muy poco (es curioso observar cómo esta familia, sin que alguno de sus componentes hubiera ido nunca a alguna Escuela Superior de Negocios, o Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, dominaba  perfectamente  el ideario empresarial: “obtener el máximo beneficio posible, al mínimo coste”).
   El caso es que hablaron y, como una de las partes  necesitaba un trabajo y la otra un trabajador, llegaron rápidamente a un acuerdo laboral.
    Los contratos, entonces,  eran verbales y si ambos, empleado y empleador, estaban satisfechos, generalmente, duraban un año  -en el campo, los periodos de inicio y finalización de los contratos solían ser por San Juan. Ese día, se cambiaba de amo y de criado, o, si había acuerdo, la relación continuaba otro año más- , pero había mucha flexibilidad  laboral pues si, en un momento determinado, alguna de las partes, el amo, o el criado,  no estaban de acuerdo en algo.  el contrato podía romperse sin ningún problema. Así de simple era la relación laboral de entonces; aún tardarían mucho tiempo en llegar los contratos de diferente tipo, becarios, oficinas de empleo, empresas de empleo temporal, laudos arbitrales, despidos procedentes e improcedentes…
  El caso es que este hombre fue contratado de vaquero y las condiciones laborales eran las habituales de entonces: una cantidad de dinero y el alojamiento, que incluía la manutención y la cama.
   El primer día de trabajo,  la tarea parecía fácil: debía cuidar vacas en terreno abierto, en un valle (entonces, había mucho terreno sin cerrar y pastores y vaqueros se pasaban el día en el campo cuidando el ganado). Él debía vigilar para que no se extraviara ninguna vaca y, además, evitar que éstas se metieran en el terreno de otros; tenía que dejarlas pastar, llevarlas a abrevar a algún pilar o charca y, al atardecer, recogerlas en los corrales.    
   El vaquero,  muy ufano,  a primera hora de la mañana  salió con las vacas, a realizar su primera jornada de trabajo, y llegó hasta el lugar donde éstas pastarían. Una vez allí, se dispuso a cuidar la manada que estaba compuesta, exactamente, por cien vacas moruchas.
   El día estaba soleado, la temperatura era agradable, había abundante hierba  para el ganado, y el ama le había metido una buena merienda para pasar el día; así que la jornada se presentaba muy favorable. En un ambiente tan bucólico, observando cómo se alimentaba el ganado, el vaquero  estaba muy satisfecho con su nuevo empleo.
   A mediodía, tras comer las viandas,  decidió echar una cabezadita  y, tras extender  sobre la hierba la manta que llevaba, se dispuso a dormir un poco. 
  En el ámbito rural,  el período “establecido”, para echarse la siesta, es el comprendido entre  la Cruz de Mayo y la Cruz de Septiembre  (del 3  de mayo al 14 de septiembre). No sé si este día se encontraba o no dentro de esas fechas, pero eso al vaquero no debía preocuparle demasiado. Se tumbó  sobre la manta muy a gusto, cerró los ojos,  y el ratito de siesta se prolongó durante más de dos horas.
  Para algunas personas, el momento más feliz del día es el de la siesta. Viéndolas, mientras la duermen, parecen la felicidad personificada, y Argipilo  pertenecía a este selecto grupo de gente.
   Se despertó muy satisfecho;  permaneció allí tumbado,  sobre la manta, un buen rato  mirando el cielo, que aquel día era de un azul intenso;  siguió con la vista el vuelo pausado de un milano real que con gran maestría sobrevolaba la zona, aprovechando las corrientes de aire;  después, se entretuvo otro rato siguiendo el rápido vuelo de varios vencejos, y por fin decidió incorporarse.
   Se desperezó estirando los brazos y bostezando ruidosamente; recogió la manta y las alforjas, echándoselo todo al hombro, y fue a ver cómo estaba la manada de vacas  que en teoría estaba cuidando… pero  allí no había  manada alguna.  En todo el valle, sólo encontró una vaca pastando. ¡¡¡Habían desaparecido noventa y nueve vacas!!!
   Otro, en su lugar, se hubiera alarmado mucho; le habría embargado un gran estado  ansiedad; posiblemente, hasta tendría taquicardia por el susto; recorrería a toda prisa los alrededores intentando localizar las vacas y, en el caso de no hallarlas, hubiera ido corriendo hasta el pueblo  a buscar al amo, para comunicarle la pérdida e iniciar la búsqueda lo antes posible. Pero él era un gran experto en superar  situaciones de crisis, como la presente  -sospecho que no era la primera vez que perdía el ganado-  y decidió permanecer allí, en el valle, imperturbable (el corazón  creo que, en todo momento,  mantuvo su ritmo normal),   como si no hubiera pasado nada, cuidando al “resto de la manada”: aquella vaca que, en un acto de insolidaridad con el resto de sus compañeras -quizá por despiste- había decidido permanecer en el valle, mientras que las demás vacas se habían fugado, aprovechando el sueño del vaquero.
   Al atardecer, volvió al pueblo con la vaca despistada y al llegar ante la casa de los amos, éstos, la mujer y el marido, muy enfadados, salieron a recibirle y, de paso, pedirle explicaciones.
- ¡Argipilo! ¿Qué ha pasado con las vacas?, dijo uno de ellos.
  Éste, les miró sucesivamente a ambos y haciendo gala de un gran autocontrol mental -una prueba más de que ya estaba entrenado para este tipo de situaciones- , con gran serenidad, contestó:
-  Pues nada de particular. Debéis comprender que cuidar cien vacas es muy difícil,  y resulta que  se han extraviado noventa y nueve…eso es lo que ha pasado. En cambio, a ésta la he cuidado muy bien: ha comido,  la he llevado al pilar para que bebiera  agua, y aquí la tenéis sana y salva.
- ¡¡¡¿Y las otras?!!! Preguntó el amo muy irritado,  alzando la voz, ante la indolencia del vaquero.
- Por ahí andarán, hombre; no te preocupes, que ya aparecerán… muy lejos no pueden estar. El que las encuentre seguro que las trae. Respondió Argipilo, sin mostrar el menor signo de preocupación.  
  Tanto el marido como la mujer, estaban perplejos ante la pasmosa tranquilidad que mostraba su nuevo vaquero, y, a al mismo tiempo, indignadísimos por la pachorra que mostraba ante tamaño desastre: era el primer día de trabajo, había perdido casi la totalidad de la manada y allí lo tenían frente a ellos, diciéndoles que les veía muy estresados y que debían calmarse  (resulta que las vacas,  durante la larga siesta del empleado, habían vuelto por sí solas a la casa de los dueños  y ellos ya las habían recogido).
-  Encima querrás que no te despidamos, dijo la mujer.
 - Vamos a ver, respondió el vaquero, que en todo momento se había mantenido absolutamente tranquilo, como si el enfado de los amos no fuera con él. Ya os he dicho antes que cuidar cien vacas es muy complicado; en cambio, a una sí  me comprometo a atenderla. Si  queréis que siga de vaquero, con vosotros, yo, más de una vaca  no voy a cuidar; así que vais a tener que contratar otro criado para que me ayude a guardar las demás. Si es así…me quedo, y si no…me dais la cuenta  que me voy para mi pueblo ahora mismo. .
   Obviamente, los dueños de las vacas despidieron al vaquero con cajas destempladas y éste   regresó a su pueblo.  Mientras hacía el camino, iba pensando el hombre:
 ¡Coño!, pues sí que son delicados los de Bogajo, si sólo se han perdido unas cuantas vacas.   

Nota.

   Argipilo regresó a su pueblo y allí prosiguió sus actividades habituales (no me atrevo a llamarlas  laborales). Al ser  originario de uno de los pueblos limítrofes con Bogajo; yo, una vez los recorrí todos preguntando por él, pues tenía gran curiosidad por conocer algo más de las andanzas de este hombre, pero en todos ellos afirmaban no saber nada de su existencia, lo cual es sumamente extraño. Un personaje así no suele pasar desapercibido.