lunes, 22 de mayo de 2017

EL VAQUERO DE BOGAJO

  En todas las profesiones encontramos trabajadores cuyas aptitudes laborales resultan de lo más heterogéneo. Hay operarios que dominan perfectamente su oficio; cada día que pasa, intentan hacer mejor la tarea que desempeñan , y , además, son proactivos de modo que, si surge algún problema relacionado con su trabajo, rápidamente intentan solucionarlo.
   Se involucran mucho en la labor que realizan disfrutando tanto con lo que hacen, que el tiempo se les pasa volando; así, cuando llega el fin de semana, apenas lo disfrutan y están deseando que llegue el lunes para continuar la tarea.
   Estos son los profesionales diez, un ejemplo para los demás, lo mejor de lo mejor.  
   Todo empresario desearía tener en nómina empleados de este tipo, pero casi nunca los encuentra ya que escasean y, los pocos que hay, están en peligro de extinción.
   
   En el extremo opuesto, tenemos a un tipo de profesionales que podríamos considerarlos casi  incompatibles con el trabajo. Han nacido con el “gen de la laboriosidad” atrofiado.  Esto no tendría excesiva importancia si fueran ricos y pudieran vivir de las rentas, pero eso casi nunca es así, y, como para poder vivir es necesario trabajar, no les queda más remedio que incorporarse al mundo laboral. Eso sí, una vez en él, procuran aplicarse a la tarea lo mínimo posible; a lo largo de su vida profesional no encuentran trabajo alguno  que les motive y, por ello, frecuentemente, pasan por una interminable serie de profesiones en las que suelen permanecer poco tiempo ya que ninguna  responde a sus expectativas (éstas últimas, para ellos, seguramente  serían   estar  ya  jubilados a los 20 años).
   Las semanas les parecen eternas y se  deprimen los lunes, los martes,  los  miércoles…, mejorando su estado de ánimo, espectacularmente, los sábados, los domingos y los periodos vacacionales.
   Cuando aparecen problemas en su ámbito laboral, no es que sean poco  proactivos a la hora de intentar  solucionarlos, lo que sucede es que, casi siempre, el auténtico problema son ellos.
  También sirven de ejemplo para los demás operarios; aunque, en este caso, constituyen un perfecto modelo de lo que no debe ser un trabajador.
   A este tipo de empleados, los empresarios no quieren verlos ni de lejos;  abundan bastante más que los anteriores, y no están en peligro de extinción.

   Entre estos dos extremos se  encuentra  el resto de los asalariados,  gente normal que quiere trabajar lo suficiente, descansar lo suficiente y, a final de mes, cobrar lo suficiente para poder vivir dignamente.

   Esta introducción, de lo que acontece en el mundo  del trabajo, sirve para comprender lo que sucedió una vez en  Bogajo (Salamanca). En este pueblo, igual que en los pueblos cercanos, la gente vive fundamentalmente de la agricultura y la ganadería, especialmente la segunda, y el sistema de explotación es la dehesa, un terreno de pastos y encinas que conforma uno de los paisajes  más característicos de la provincia.
   Bueno, pues  hace ya muchos años, estamos hablando de mediados del siglo pasado, un día  se presentó en Bogajo, buscando trabajo, un hombre de los que nacen con el “gen de la laboriosidad”  atrofiado.  Era de un pueblo vecino y en su haber tenía un  amplio currículum laboral, ya que había trabajado para varios amos, en su lugar de origen; todos los trabajos le habían durado poco, y ya nadie quería contratarle allí.  
   El caso es que era buena persona y ponía buena voluntad para todo; pero, entre sus “otras virtudes”  estaba la de ser bastante irresponsable  y  muy descuidado;  éste era el motivo por el que todos los antiguos amos habían prescindido de sus servicios (injustificadamente, según él).

   Una  empresa multinacional, cuando estima que, en su ámbito de actuación, el mercado se encuentra saturado, extiende su campo de acción a otros lugares distintos  para aumentar sus beneficios;  del mismo modo, Argipilo -vamos a llamarlo así-, como en su pueblo el mercado laboral ya no le ofrecía más posibilidades, también decidió ampliar su campo de acción acudiendo a un
pueblo diferente al suyo, donde no le conocieran, en busca de nuevas oportunidades. Este fue el motivo por el que un día se presentó en Bogajo donde el destino quiso que encontrara una familia que necesitaba un criado para cuidar  el ganado (un vaquero).
   Resulta que en este pueblo había gente que necesitaba trabajar, pero nadie aceptaba el puesto que ofrecían estos patronos debido a que las condiciones laborales distaban de ser buenas: pretendían obtener un buen servicio, pagando muy poco (es curioso observar cómo esta familia, sin que alguno de sus componentes hubiera ido nunca a alguna Escuela Superior de Negocios, o Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, dominaba  perfectamente  el ideario empresarial: “obtener el máximo beneficio posible, al mínimo coste”).
   El caso es que hablaron y, como una de las partes  necesitaba un trabajo y la otra un trabajador, llegaron rápidamente a un acuerdo laboral.
    Los contratos, entonces,  eran verbales y si ambos, empleado y empleador, estaban satisfechos, generalmente, duraban un año  -en el campo, los periodos de inicio y finalización de los contratos solían ser por San Juan. Ese día, se cambiaba de amo y de criado, o, si había acuerdo, la relación continuaba otro año más- , pero había mucha flexibilidad  laboral pues si, en un momento determinado, alguna de las partes, el amo, o el criado,  no estaban de acuerdo en algo.  el contrato podía romperse sin ningún problema. Así de simple era la relación laboral de entonces; aún tardarían mucho tiempo en llegar los contratos de diferente tipo, becarios, oficinas de empleo, empresas de empleo temporal, laudos arbitrales, despidos procedentes e improcedentes…
  El caso es que este hombre fue contratado de vaquero y las condiciones laborales eran las habituales de entonces: una cantidad de dinero y el alojamiento, que incluía la manutención y la cama.
   El primer día de trabajo,  la tarea parecía fácil: debía cuidar vacas en terreno abierto, en un valle (entonces, había mucho terreno sin cerrar y pastores y vaqueros se pasaban el día en el campo cuidando el ganado). Él debía vigilar para que no se extraviara ninguna vaca y, además, evitar que éstas se metieran en el terreno de otros; tenía que dejarlas pastar, llevarlas a abrevar a algún pilar o charca y, al atardecer, recogerlas en los corrales.    
   El vaquero,  muy ufano,  a primera hora de la mañana  salió con las vacas, a realizar su primera jornada de trabajo, y llegó hasta el lugar donde éstas pastarían. Una vez allí, se dispuso a cuidar la manada que estaba compuesta, exactamente, por cien vacas moruchas.
   El día estaba soleado, la temperatura era agradable, había abundante hierba  para el ganado, y el ama le había metido una buena merienda para pasar el día; así que la jornada se presentaba muy favorable. En un ambiente tan bucólico, observando cómo se alimentaba el ganado, el vaquero  estaba muy satisfecho con su nuevo empleo.
   A mediodía, tras comer las viandas,  decidió echar una cabezadita  y, tras extender  sobre la hierba la manta que llevaba, se dispuso a dormir un poco. 
  En el ámbito rural,  el período “establecido”, para echarse la siesta, es el comprendido entre  la Cruz de Mayo y la Cruz de Septiembre  (del 3  de mayo al 14 de septiembre). No sé si este día se encontraba o no dentro de esas fechas, pero eso al vaquero no debía preocuparle demasiado. Se tumbó  sobre la manta muy a gusto, cerró los ojos,  y el ratito de siesta se prolongó durante más de dos horas.
  Para algunas personas, el momento más feliz del día es el de la siesta. Viéndolas, mientras la duermen, parecen la felicidad personificada, y Argipilo  pertenecía a este selecto grupo de gente.
   Se despertó muy satisfecho;  permaneció allí tumbado,  sobre la manta, un buen rato  mirando el cielo, que aquel día era de un azul intenso;  siguió con la vista el vuelo pausado de un milano real que con gran maestría sobrevolaba la zona, aprovechando las corrientes de aire;  después, se entretuvo otro rato siguiendo el rápido vuelo de varios vencejos, y por fin decidió incorporarse.
   Se desperezó estirando los brazos y bostezando ruidosamente; recogió la manta y las alforjas, echándoselo todo al hombro, y fue a ver cómo estaba la manada de vacas  que en teoría estaba cuidando… pero  allí no había  manada alguna.  En todo el valle, sólo encontró una vaca pastando. ¡¡¡Habían desaparecido noventa y nueve vacas!!!
   Otro, en su lugar, se hubiera alarmado mucho; le habría embargado un gran estado  ansiedad; posiblemente, hasta tendría taquicardia por el susto; recorrería a toda prisa los alrededores intentando localizar las vacas y, en el caso de no hallarlas, hubiera ido corriendo hasta el pueblo  a buscar al amo, para comunicarle la pérdida e iniciar la búsqueda lo antes posible. Pero él era un gran experto en superar  situaciones de crisis, como la presente  -sospecho que no era la primera vez que perdía el ganado-  y decidió permanecer allí, en el valle, imperturbable (el corazón  creo que, en todo momento,  mantuvo su ritmo normal),   como si no hubiera pasado nada, cuidando al “resto de la manada”: aquella vaca que, en un acto de insolidaridad con el resto de sus compañeras -quizá por despiste- había decidido permanecer en el valle, mientras que las demás vacas se habían fugado, aprovechando el sueño del vaquero.
   Al atardecer, volvió al pueblo con la vaca despistada y al llegar ante la casa de los amos, éstos, la mujer y el marido, muy enfadados, salieron a recibirle y, de paso, pedirle explicaciones.
- ¡Argipilo! ¿Qué ha pasado con las vacas?, dijo uno de ellos.
  Éste, les miró sucesivamente a ambos y haciendo gala de un gran autocontrol mental -una prueba más de que ya estaba entrenado para este tipo de situaciones- , con gran serenidad, contestó:
-  Pues nada de particular. Debéis comprender que cuidar cien vacas es muy difícil,  y resulta que  se han extraviado noventa y nueve…eso es lo que ha pasado. En cambio, a ésta la he cuidado muy bien: ha comido,  la he llevado al pilar para que bebiera  agua, y aquí la tenéis sana y salva.
- ¡¡¡¿Y las otras?!!! Preguntó el amo muy irritado,  alzando la voz, ante la indolencia del vaquero.
- Por ahí andarán, hombre; no te preocupes, que ya aparecerán… muy lejos no pueden estar. El que las encuentre seguro que las trae. Respondió Argipilo, sin mostrar el menor signo de preocupación.  
  Tanto el marido como la mujer, estaban perplejos ante la pasmosa tranquilidad que mostraba su nuevo vaquero, y, a al mismo tiempo, indignadísimos por la pachorra que mostraba ante tamaño desastre: era el primer día de trabajo, había perdido casi la totalidad de la manada y allí lo tenían frente a ellos, diciéndoles que les veía muy estresados y que debían calmarse  (resulta que las vacas,  durante la larga siesta del empleado, habían vuelto por sí solas a la casa de los dueños  y ellos ya las habían recogido).
-  Encima querrás que no te despidamos, dijo la mujer.
 - Vamos a ver, respondió el vaquero, que en todo momento se había mantenido absolutamente tranquilo, como si el enfado de los amos no fuera con él. Ya os he dicho antes que cuidar cien vacas es muy complicado; en cambio, a una sí  me comprometo a atenderla. Si  queréis que siga de vaquero, con vosotros, yo, más de una vaca  no voy a cuidar; así que vais a tener que contratar otro criado para que me ayude a guardar las demás. Si es así…me quedo, y si no…me dais la cuenta  que me voy para mi pueblo ahora mismo. .
   Obviamente, los dueños de las vacas despidieron al vaquero con cajas destempladas y éste   regresó a su pueblo.  Mientras hacía el camino, iba pensando el hombre:
 ¡Coño!, pues sí que son delicados los de Bogajo, si sólo se han perdido unas cuantas vacas.   

Nota.

   Argipilo regresó a su pueblo y allí prosiguió sus actividades habituales (no me atrevo a llamarlas  laborales). Al ser  originario de uno de los pueblos limítrofes con Bogajo; yo, una vez los recorrí todos preguntando por él, pues tenía gran curiosidad por conocer algo más de las andanzas de este hombre, pero en todos ellos afirmaban no saber nada de su existencia, lo cual es sumamente extraño. Un personaje así no suele pasar desapercibido.

domingo, 7 de mayo de 2017

Curanderos: entre la ciencia y la magia 


 La salud es el bien más importante que tenemos los humanos, un regalo que nos presta la naturaleza; pero somos tan tontos que, hasta que no nos falta, no sabemos apreciarla en su justo valor. Schopenhauer, decía muy acertadamente: “La salud no lo es todo, pero sin salud, lo demás es nada”, y es que estar enfermo nos condiciona negativamente para todo.
  Las enfermedades, al ser algo inherente al hombre, han estado presentes en su vida desde el principio de los tiempos; también ha sufrido, a lo largo de su existencia, todo tipo de accidentes  (cazar mamuts debió ser una profesión de alto riesgo), por ello, desde siempre, ha tenido la necesidad de buscar remedio a sus males.

   En los albores de la humanidad, el concepto que el hombre primitivo tenía de enfermedad era muy diferente al que ahora tenemos. En aquellos tiempos, muchos de los hechos o fenómenos que ocurrían a su alrededor, o le sucedían a él mismo, escapaban a su comprensión y, al no encontrar una clara explicación ante lo mismos, vivía plenamente convencido de la existencia  de unas fuerzas sobrenaturales que lo controlaban todo; por ello, cuando sobrevenía alguna enfermedad, pensaba que los dioses estaban irritados con él y, para recuperar la salud perdida, debía contentarlos con la ayuda de los sacerdotes (o sus equivalentes). Éstos, mediante plegarias e invocaciones, se dirigían a la correspondiente divinidad con la pretensión de que el enfermo sanase. Era un acto de auténtica magia ya que, utilizando únicamente la palabra, pretendían curar al enfermo (menos mal que entonces no existía un servicio de atención al usuario, para presentar las correspondientes reclamaciones, porque si no…).
   Estos son los antecedentes más remotos de la medicina: la “medicina mágica”.

   En épocas posteriores, el hombre descubrió que en la naturaleza había productos, casi siempre de origen vegetal, que aliviaban las enfermedades, y comenzó a usarlos con este fin. Habían nacido los sanadores. Éstos, que a lo largo del tiempo, en cada cultura, han recibido distintos nombres: druidas
Druida Panoramix 
, chamanes, hechiceros, brujos, etc; en España fueron (y son) llamados curanderos, sanadores o sabios y, durante siglos, incluso milenios, han sido los encargados de aliviar las enfermedades del paisanaje. Este tipo de actividad  se encuadra dentro de lo que se conoce como medicina tradicional.

  Hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado, especialmente en las zonas rurales, era frecuente acudir al curandero. Entonces, en los pueblos pequeños no había médico -igual que sucede ahora- y cuando aparecía algún problema de salud, primero se intentaba solucionarlo, en el propio domicilio, con remedios caseros, y¸ si con ellos no era posible curar el proceso, antes de ir al médico era frecuente que la gente acudiera a algún curandero próximo.
  Los sanadores tradicionales solían ser hombres y mujeres de condición humilde que vivían en el medio rural y conocían las propiedades terapéuticas  de las plantas. Sus  conocimientos los adquirían generalmente, por parte de alguno de sus ascendientes, padres o abuelos, que también habían sido curanderos; o bien, a través de  la propia experiencia.
  Los remedios naturales que aplicaban: infusiones, lociones, emplastos... solían  elaborarlos ellos mismos, y las fórmulas, generalmente, eran secretas.
  Había curanderos que sólo trataban algunas enfermedades concretas; otros eran expertos en solucionar problemas musculo esqueléticos: dolores articulares y musculares, luxaciones e incluso fracturas, para lo cual poseían una gran habilidad manual, y, por último,  estaban “los grandes curanderos", aquellos que eran capaces de tratarlo casi todo, tanto enfermedades del cuerpo como del espíritu.
   En muchas ocasiones, además de la aplicación de los tratamientos, realizaban  rezos e invocaciones buscando la ayuda de los espíritus benignos, y posteriormente, de Dios o de algún santo. Como podemos ver, empleaban productos naturales pero seguían usando la magia.
   Estas personas, que durante siglos aliviaron los males de la gente, cuando apenas había médicos,  con el desarrollo de la medicina actual fueron perdiendo terreno ante la misma y su número disminuyó considerablemente, pero nunca han llegado a desaparecer.

   Actualmente, tenemos una medicina científica donde los diagnósticos y tratamientos que se utilizan están respaldados por investigaciones suficientemente contrastadas; una medicina moderna que permite tratar, eficazmente, casi todas las enfermedades; pero, a pesar de  los grandes avances que ha experimentado en  los últimos tiempos, aún queda un gran número de cosas por hacer.
   Mucha gente vive con el convencimiento de que la medicina actual puede solucionarlo  todo, y esto, desgraciadamente, no es así; aún hay enfermedades que no pueden curarse. Ante estos “fracasos” de la medicina, algunas personas llegan a perder la confianza en los médicos y, a pesar de vivir en pleno siglo XXI, deciden acudir  a los curanderos… no están dispuestos a renunciar a la magia. Esto es lo que hizo decir al psiquiatra Thomas Szasz: “Antes, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora, que la religión es débil y la ciencia fuerte, el hombre confunde la medicina con la magia”.

   Entre los sanadores actuales, existe un nutrido grupo de ellos, auténticos charlatanes, que a través de Internet, sin pudor alguno, se anuncian y, desde la distancia, te venden “energía positiva” sin  importar el lugar del planeta en que te encuentres, prometiendo solucionar no sólo los problemas de salud, sino todo tipo de dificultades; previo pago, eso sí (con la tarjeta de crédito transfieres al “sanador” la cantidad establecida, y éste, sin saber quién es, cómo es, ni  en qué parte del mundo se encuentra, te transfiere“la  energía espiritual  que necesitas”, para solucionar tu problema.
  Muy diferentes eran aquellos curanderos tradicionales que tuve ocasión de conocer personalmente, o por referencias, en la segunda mitad del siglo XX. Muchos de ellos estaban convencidos de tener  un don o una gracia  que no solamente les permitía, sino que además les obligaba a  ayudar  a los demás. No se anunciaban en ningún lado y desempeñaban su trabajo de forma bastante altruista  (con ellos no necesitabas tarjeta de crédito alguna ya que no cobraban por sus servicios, sólo aceptaban lo que libremente quisiera darle el paciente.  Muchos, incluso rehusaban ser gratificados con dinero, con una docena de huevos, o un chorizo, podías arreglar el asunto).

   Alguno puede preguntarse si los curanderos, realmente, curaban a alguien. Claro que curaban…pero no a todos. Algo similar ocurre con la medicina actual;  por muy avanzada que esté, no puede curarnos a todos.




domingo, 23 de abril de 2017

Que Dios le de salud para…

(Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces)

   Todos los de Mieza / son unos borrachos / se beben el vino / y se gastan los cuartos. Esta canción, la escuché una vez en Vilvestre  y en ella, como podemos ver, los de Mieza no salen bien parados.   
En cambio, en Mieza, cantaban lo siguiente: Los mozos de Vilvestre / son unos borrachos / se beben el vino / y se gastan los cuartos.
   Que en cuál de los dos pueblos hay más borrachos, pues no lo sé; tampoco es plan de hacer una encuesta para ver si alguno de ellos destaca en estos menesteres.
   Antes, era muy común la aversión que había entre la gente de pueblos colindantes; raro era el lugar donde sus vecinos no cantasen alguna cantinela en la que los habitantes de algún pueblo aledaño salían malparados; aunque, en el pueblo aludido, también solían tener otra similar donde los   perjudicados eran los del primer pueblo, tal como ocurría con el asunto de los borrachos de Mieza y Vilvestre.
   En este sentido, es famosa la disputa que mantienen, desde tiempo inmemorial, entre Saucelle y Vilvestre,  sobre cuál de ambos lugares es el pueblo de los “averriaos” -obviamente, en cada uno de ellos  afirman que los averriaos son “los otros”-. A pesar de la enorme importancia que tiene el asunto, y de la gran trascendencia que conlleva, para los habitantes de ambas localidades, vivir con la incertidumbre de saber, a ciencia cierta, quienes son “los averriaos”; tras largos y concienzudos estudios que se han realizado sobre el tema, aún no ha sido posible resolver este dilema.

   Bueno, pues esto sucedió hace ya mucho tiempo, y el asunto también estaba relacionado con borrachos; aunque será mejor empezar desde el principio.
   El hecho aconteció a comienzos del siglo XX y en España reinaba por entonces Alfonso XIII; en esa época apenas había carreteras,  las pocas que había unían ciudades y pueblos importantes y, los pueblos estaban unidos entre sí por caminos de herradura.
   Para viajar a la ciudad había transporte público, unos coches de caballos similares a las diligencias de las películas del oeste americano -sin indios, eso sí- , y cuando la gente se desplazaba de un pueblo a otro, solía hacerlo a caballo (esto lo hacían las personas ricas de entonces, hoy equivaldrían a los que se mueven en BMW, Audi y Mercedes), en burro, en mulo, o caminando.
   Era un Primero de Mayo y ese día, aunque es la Fiesta del Trabajo, en  Barrueco lo que realmente celebran es la fiesta de su patrón, San Felipe, que es muy anterior a la otra.   Actualmente, la festividad se reduce a un solo día, el uno de mayo, pero antes duraba tres días, ya que comenzaba el día de San Felipe (uno de mayo) y terminaba el día de la Cruz (3 de mayo).
   En este pueblo, por San Felipe, se celebraba una importante feria de ganado a la que acudía gran cantidad de gente de todos los pueblos de la comarca y de fuera de ella, y aquel año,  entre el numeroso el gentío que llenaba las calles del pueblo, se encontraban cuatro mozos de Saldeana. Habían llegado a media mañana, juntos, cada uno en su burro; llevaban merienda, como era habitual entonces, y, a la hora de comer, en uno de los bares del pueblo, entre los cuatro compraron una garrafa de vino para acompañar los alimentos. 
   El morapio  debía estar  muy bueno y los cuatro rellenaron los vasos una y otra vez, hasta que lo terminaron todo. Aunque la garrafa no era demasiado grande, imagino que para cuatro podría ser de medio cántaro (unos 8 litros), cuando quisieron darse cuenta ésta estaba muy  vacía, y ellos muy llenos y alegres;  se habían trasegado cada uno de ellos una buena cantidad de vino, ese licor que, en el decir del Viejo Testamento, alegra el corazón de los hombres.
   A media tarde, cuando llegó la hora de regresar a su pueblo, los cuatro estaban aún muy alegres, y cada uno se subió a su “vehículo” para iniciar su itinerario.  
   Las previsiones para el viaje de regreso eran excelentes;  el día, plenamente primaveral, había sido  soleado y la temperatura era agradable; aunque estaban algo desorientados por lo del  vino, no había peligro alguno de perdida ya que los burros conocían perfectamente el camino de vuelta, así que sus amos ni siquiera necesitaron arrearlos para iniciar la ruta.
  Por entonces no se hacían controles de alcoholemia a los viajeros, tal como sucede ahora, de modo que, aunque todos ellos iban un poco achispados, ello tampoco suponía un problema para el viaje¸ aunque yendo en burro tengo grandes dudas que se lo hicieran incluso en la actualidad.
  Entonces, no había carretera para ir a Saldeana, aún faltaban varias décadas para que ésta fuera una realidad, y el trayecto había que hacerlo a través de algún camino; para regresar a su pueblo existían tres caminos distintos: El de Arriba, el de Enmedio, y el de Abajo ( no es broma) , y ellos, los burros más bien, siguieron el de Enmedio, que es por el que habían venido a la fiesta.
 El camino que siguieron atraviesa un valle, en el que hay un pilar , y los asnos, al llegar a su altura, se acercaron al mismo a beber agua. Mientras estaban en ello,  uno de los cuatro jóvenes miró con atención a los compañeros y se le ocurrió contarlos. No se incluyó en el recuento, y, evidentemente, sólo llegó hasta tres.
En el valle había un pilar
-      ¡Ay madre!, dijo en voz alta.  Se ha perdido uno. Éramos cuatro  y ahora solo somos tres.
-      Déjame contar a mí, dijo  el compañero que tenía más cerca. Te habrás equivocado. Y mira que con el vino que has bebido deberías ver el doble.
     Comenzó a hacer el recuento y tampoco se incluyó en el mismo, tal como había hecho el compañero anterior, por lo que también sólo llegó hasta tres.
-      ¡Es verdad!, ¡Falta uno! , exclamo muy preocupado. De los cuatro, uno se ha perdido por el camino y no nos hemos dado cuenta. ¡Pobrecito!, qué va a hacer ahora cuando se dé cuenta de que se ha perdido, dijo al borde de las lágrimas  -el vino ocasiona estas reacciones, a unos le da euforia y a otros les pone tristes- ¿Qué hacemos ahora?
-      Dejadme que cuente yo, dijo un tercero. No me fío mucho de vosotros. Yo creo que  es que os habéis pasado un poco con el vino y no sois capaces de contar bien.  
   Desde el burro, tal como hicieran los dos anteriores, contó a los tres compañeros, tampoco se incluyó en el recuento y obtuvo el mismo resultado  que los dos anteriores.
-      ¡Tenéis razón! ¡Sólo estamos tres! ¡Pero no sé quién es el que falta! ¿Ahora qué hacemos? Seguro que anda por ahí perdido sin saber ni dónde está . ¿Qué le vamos a decir a su padre, cuando nos vea volver sin él?
-      ¿Al padre de quién?, dijo el cuarto. Porque yo tampoco sé quién es el que falta. -éste también había contado sólo a sus otros tres compañeros, sin incluirse en el recuento, tal como habían hecho los demás, y había llegado a la misma conclusión-.
     En estas disquisiciones se encontraban, cuando llegó un hombre al pilar, a dar agua a las vacas.             Vio a los cuatro mozos  allí parados, cada uno subido en su burro, y les preguntó que si pasaba algo.
-      Verá usted, somos de Saldeana y volvemos de San Felipe. Esta mañana, al venir, éramos cuatro; ahora sólo somos tres y es que no sabemos quién de los cuatro es el que falta. ¿Puede usted ayudarnos?
 El dueño de las vacas rápido se dio cuenta del estado en el que se encontraban aquellos jinetes. Apenas eran capaces de sostenerse en los burros y encima pretendían hacer ejercicios de contabilidad; hasta se maravilló porque hubiesen sido capaces de contar hasta tres. Consideró que era urgente ayudarles para que siguieran la ruta hasta su pueblo, antes de que se les hiciera demasiado tarde, y, además, debía ser muy convincente ya que los que abusan del vino no suelen tener la conciencia muy despierta.  
-  Venga, voy a ayudaros. Poneros todos aquí, cerca de mí.
   Con el palo que llevaba en la mano, para las vacas, le arreó al que estaba más cerca un golpe en la cabeza…suave…pero un golpe al fin y al cabo, y contó:
-¡Uno!  
  Éste, se quejó por el golpe y se llevó la mano a la cabeza.
-  ¡Dos!, continuó el benefactor, dándole otro estacazo al segundo, con el mismo resultado.
   De igual modo procedió con los otros dos, dándole a cada uno con el palo en la cabeza, a la par que los enumeraba, y cuando acabó dijo:
-  ¡Y cuatro!, ya estáis todos. Mirad, aquí hay cuatro personas y cuatro burros. Podéis iros tranquilos a vuestro pueblo, que no falta ninguno. De todos modos, si queréis os cuento otra vez, para estar más seguro.
-  ¡NOOOOOOO!, dijeron, doloridos, todos a la vez, mientras se rascaban la cabeza.
Ya más tranquilos, por haber encontrado “al compañero perdido”, aguijaron los burros  para proseguir el camino y uno de ellos, volviendo la cabeza, se dirigió al hombre de las vacas que había resuelto en entuerto.
-   ¡Señor!, muchas gracias por encontrar al compañero perdido. Que Dios le de salud para seguir haciendo favores.


(Éste es un cuento popular muy conocido.  Aunque me lo contaron personalizándolo en unos mozos de Saldeana; en este pueblo, seguramente, también lo contaban, aunque  los borrachos,  en su caso, seguramente eran de Barrueco.
   Los cuentos populares suelen tener una amplia difusión; de hecho, éste lo cuentan también en Extremadura, Castilla la Mancha y posiblemente en otros muchos lugares)

miércoles, 5 de abril de 2017

El hombre que no amaba a las mujeres


   Esto ocurrió hace ya bastantes años, cuando me encontraba estudiando en Salamanca; era un día de abril, un Viernes de Dolores para ser más exactos, y me iba al pueblo de vacaciones de Semana Santa. Entonces, tener coche era un auténtico lujo y, como la mayoría de las familias no disponían de él, cuando viajábamos, casi todos lo hacíamos en el transporte público. 
   Aquella tarde, la estación de autobuses estaba abarrotada de gente y maletas; daba la sensación de que todos los estudiantes habíamos decidido ir a nuestros pueblos, el mismo día y a la misma hora.
   La empresa Bautista, que era entonces la encargada de la ruta en nuestra zona, aquel día había reforzado el servicio con más autobuses y, aun así, todos iban  llenos de pasajeros.
   Tras localizar el autobús que me correspondía, guardé el equipaje en el maletero, subí al mismo y busqué el asiento que tenía asignado, que se encontraba en la parte de atrás. Unas filas anteriores a mí, viajaba un hombre de mi pueblo (vamos a llamarle Teodomiro) al que saludé al pasar por el pasillo, antes de acomodarme en mi asiento.
   A las seis de la tarde, hora oficial de salida, el autobús estaba completo con todos los pasajeros ya sentados en nuestros asientos, el equipaje guardado en los bajos de autobús con los portones ya cerrados,  y el conductor se encontraba también, ya sentado ante el volante… pero el coche no arrancaba. Nadie sabía por qué no nos íbamos ya.
   Salir con retraso era algo muy habitual y aquel día no fue la excepción, salimos de Salamanca “solo” veinte minutos más tarde de lo previsto. En esta ocasión, la demora era debida a que la empresa había vendido billetes por encima de la capacidad de los autobuses, y no había asiento para todos los pasajeros (aunque pueda parecer que el overbooking es un invento nuevo de las compañías aéreas, en realidad la línea salmantina de autobuses Bautista, ya lo había inventado hace más de 40 años). La empresa, en eso hay que alabarla, al contrario que las compañías aéreas, nunca dejaba a nadie “en tierra”. En nuestro autobús subieron, aquel día, dos pasajeros, “de más” que permanecieron de pie, en el pasillo. Irían allí hasta que bajase alguien, en alguno de los pueblos más próximos a la ciudad, y quedaran asientos libres.
   Actualmente, cuando viajamos en un medio de transporte público: tren, autobús, avión…podemos apreciar cómo ha cambiado la sociedad en lo que respecta a la comunicación entre las personas. Entonces no había móviles, mp3, tablets, ni ordenadores portátiles, y los pasajeros, durante el viaje, generalmente hablábamos con el compañero que te tocaba al lado. Estar dos horas sentado, a pocos  centímetros  de tu vecino de asiento, sin dirigirle apenas la palabra, era impensable. En cambio, hoy día, lo habitual es que el compañero de al lado se coloque los auriculares, se ponga a navegar -o divagar- por internet, o a hablar o “”guasapear” por el móvil, y ni te mira aunque compartas con él varias horas de viaje.  
  Los nuevos sistemas de comunicación, con los que contamos hoy día, nadie pone en duda que son una  maravilla; pero, en algunos aspectos, no son tan estupendos. Te acercan a la gente que está lejos, sí, pero te alejan de la que tienes al lado (este fenómeno ocurre también hasta en los propios domicilios, no hace falta viajar para para comprobarlo).
   En aquellos tiempos, como aún no existían estas nuevas tecnologías, una vez que el autobús arrancó e inició el recorrido, muchos pasajeros comenzaron a hablar con sus vecinos de asiento y , como buenos españoles, encima lo hacían bastante alto, oyéndose dentro del autobús, simultáneamente, varias conversaciones.
  Los dos pasajeros que iban de pie, en el pasillo, también conversaban y uno de ellos lo hacía en voz alta, gesticulando mucho,  parecía estar muy enfadado. En un momento dado, todos pudimos oírle decir con claridad, en un tono de voz bastante elevado:
-   ¡Si es que todas las mujeres son unas putas!
    A escuchar esto, casi todas las conversaciones se interrumpieron y muchos miramos al hombre que había hecho tal afirmación.
-        ¡Cállate!¸ le recriminó el compañero, al darse cuenta. Nos están mirando todos.
   El autor de la frase, también se dio cuenta de que era observado por gran parte del pasaje  e hizo caso al compañero, permaneciendo los dos en silencio.
   A los diez minutos, cuando el autobús iba dejando atrás las últimas casas de la ciudad, casi todos los pasajeros, incluidos los que iban a pie en el pasillo, ya habían reanudado sus charlas. La conversación de estos dos últimos, en realidad, no era un diálogo, se trataba de un monólogo ya
WWW.monbus.es
que uno hablaba muy exaltado (el orador), elevando cada vez más el tono de la voz, mientras el otro sólo escuchaba (el escuchante).
   Un poco antes de llegar Doñinos, el primer pueblo de la ruta, donde tenía paraba al autobús,  todos pudimos oír de nuevo, al mismo pasajero del pasillo de antes, al orador, decir con mucha vehemencia:
-   ¡De verdad. Todas las mujeres… pero todas…son unas zorras y unas putas!
   Lo cierto es que desagradaba tanta insistencia sobre el tema. Desde que somos niños, siempre
nos han enseñado que no hay que meterse en conversaciones privadas; pero aquella conversación era cualquier cosa menos privada ya que, sin pretenderlo,  la estábamos oyendo prácticamente todos los  que viajábamos en el autobús. Teodomiro, que se encontraba muy próximo al hombre que lanzaba aquellas aseveraciones sobre las mujeres, muy contrariado, se dirigió a él en estos términos:
-   ¡Oiga! Usted dice, que todas las mujeres son unas putas ¿no?
-   ¡Pues sí!, respondió el otro, muy seguro de sí mismo ¡lo digo y lo repito las veces que sea necesario!
-   Entonces…por lo que dice…su madre también lo es, claro, afirmó Teodomiro.
   Al escuchar estas palabras, el hombre enrojeció de ira, dudó durante un momento qué hacer, y se abalanzó sobre nuestro paisano. Éste, que tenía un paraguas en la mano, se levantó del asiento y le dijo que si se le acercaba  le arreaba  con él.
   Se armó una escandalera tremenda en el autocar. Se oyeron insultos, hubo amenazas, y no llegaron a las manos porque los viajeros, que estaban más próximos a ellos, se interpusieron entre los dos hombres. En la trifulca intervinieron también varias mujeres que apoyaron a su paladín, con palabras y de paso aprovecharon para insultar al deslenguado pasajero del pasillo.
   El conductor tuvo que parar el autobús, y, tras restablecer un poco el orden, para evitar nuevos enfrentamientos, sugirió que uno de los dos protagonistas de la gresca se bajara allí mismo para  continuar el viaje en otro autocar de la empresa que venía detrás de nosotros; pero ninguno quería abandonar el autobús,  eso suponía dar la razón al otro. 
   Un hombre, que iba en la parte delantera del autobús, se ofreció a dejar su asiento  a “el hombre que no amaba a las mujeres”, y siguió el viaje en pie, en el pasillo, en su lugar, con el fin de      separar a los dos contrincantes.
   De este modo, pudimos continuar la ruta (aquel día, el coche de línea, en vez de las dos horas      habituales que empleaba, en hacer el trayecto, tardó tres horas en llegar al pueblo; ya que, al horario  habitual hubo que sumar el retraso en la salida y la trifulca que hubo en el autobús.  
   Más de uno felicitamos a nuestro paisano por su buen hacer, defendiendo la honra de las mujeres, y  éste intentaba quitarle importancia al asunto, echando mano del refranero:
  ­- ¡Bah!, ha pasado lo de siempre: “Quien dice lo que no debe, escucha lo que no quiere”



sábado, 18 de marzo de 2017

Asuntos divinos y profanos II

Una voz “celestial”

   No hace mucho tiempo, en un pueblo de Extremadura, tuve ocasión de leer un letrero, que el cura había colocado en la puerta de  la iglesia, con el siguiente aviso: “Apaguen el móvil durante la misa. Para hablar con Dios, no lo van a necesitar”. Esto me hizo recordar una anécdota que ocurrió hace ya bastantes años.
   Todos sabemos que  los caminos de Dios son inconmensurables,  y que Éste puede manifestarse de las más diversas formas;  pero  hay modos de hacerlo que nunca, por mucha imaginación que le echemos al asunto, podemos sospechar  que ocurra, tal como sucedió aquel día.
   Situémonos  en 1970. En esta época, existía en Barruecopardo un instituto  de bachillerato elemental  que  dependía  del homónimo de Ciudad Rodrigo.  Un día, debían ser entre las cinco y

las seis de la tarde, los alumnos  nos encontrábamos  en clase de religión y el profesor de la asignatura,  uno de los curas del pueblo (entonces había dos) explicaba algún capítulo del Viejo Testamento. En un momento dado, exclamó:
-      Entonces  el Señor dijo…, e hizo un silencio calculado, antes de reproducir, con solemnidad, las palabras dichas por Dios). 
   Nosotros permanecíamos muy atentos, para escuchar lo que había dicho Dios, y  pudimos oír, con toda claridad, las siguientes palabras:  
-   ¡Vaaca, vaaca veeee! ¡Como te dé un estacazo, vas a ir por donde yo te diga!  (Esto es lo que oímos los alumnos, tras la introducción que había hecho el cura).
   Obviamente, estas palabras no salieron de la boca de nuestro profesor de religión. Las había dicho  un hombre que pasaba con sus vacas, en ese momento, por la calle; una de ellas debió desmandarse un poco y su dueño, para restablecer el  orden en el rebaño, le dedicó esos improperios.  El momento coincidió, exactamente,  con  el preámbulo que había hecho el profesor,  para  transmitirnos las palabras divinas, y  el resultado fue que los alumnos  lo único que  llegamos a oír fueron las amenazas que dedicó el dueño a su vaca. 
  El  profesor también oyó las voces del paisano, se dio cuenta de lo ocurrido y, ante nuestras risas, quiso guardar la compostura,  intentando mostrar enfado por lo sucedido; pero se tapaba  la boca con el libro que tenía en la mano  para disimular  una risa floja que intentaba contener.

 - ¡Dios no dijo eso, os lo aseguro! Aclaró el cura, que ya no podía disimular una risa franca.