sábado, 18 de febrero de 2017


                                   El Jueves de Comadres (Jueves Merendero) 

   Dentro de las fiestas de invierno, una de las más señaladas, en nuestra zona, es el Jueves Merendero o Jueves de Comadres. Esta fiesta, conocida también en Villasbuenas como “La Corcová”, se celebra el jueves que precede al carnaval, y, tanto la una, como la otra, no tienen una fecha fija; ambas fiestas son movibles y, por ello, su situación en el calendario varía todos los años; estando ligadas, las dos, a la fecha de celebración de la Semana Santa, que también es movible.
   Tras los carnavales, viene el Miércoles de Ceniza, que siempre lo encontramos situado, en el calendario, 40 días antes del Domingo de Ramos; fecha que da inicio a la Semana Santa, que finalizará el Domingo de Resurrección, una fecha clave para los cristianos, ya que conmemoran, este día, la resurrección de Jesús. Es también, este Domingo de Pascua, el que determina la movilidad de las fiestas anteriores; pero tampoco tiene una fecha fija en el calendario, y todos los años hay que calcularla.
   Todo partió del Primer Concilio de Nicea (año 325) en el que se dispuso que, cada año, la fecha de la Pascua de Resurrección “Se celebraría el primer domingo después de la luna llena que coincida, o suceda, al Equinocio de Primavera (21 de marzo); en el caso de que la luna llena tenga lugar en domingo, la Pascua se traslada al domingo siguiente” Ese es el motivo por el que todos los años, en Semana Santa, podemos ver en el cielo una hermosa luna llena; por otra parte, si hacemos cálculos, ateniéndonos a los requisitos exigidos en dicho concilio para establecer esa fecha, podemos observar que, como los ciclos lunares duran 28 días, las fechas posibles para celebrar el Domingo Pascua pueden ser muchas; en cambio, el espacio de tiempo en el que puede caer este día tan señalado es fijo: nunca antes del 22 de marzo, ni después del 25 de abril. 
   Nosotros, como lo que nos interesa aquí es la fecha del Jueves Merendero, podemos decir entonces que fue el Concilio de Nicea quien determinó que, todos los años, dicho jueves debía celebrarse 53 días antes del Domingo de Pascua.
   Una vez que ya sabemos calcular la fecha del Jueves Merendero, vamos a recordar cómo se celebraba en nuestra comarca ese día; indicando de antemano que, cada grupo de edad, lo festejaba de distinta forma.
   Para los niños, la celebración consistía en ir a comer la merienda al campo. En la escuela, ese día, sólo había clase hasta mediodía y los muchachos aprovechaban la tarde para ir al campo, en grupos, a comer la merienda, a algún lugar prefijado de antemano; generalmente, elegían sitios poco alejados del pueblo ya que esta época del año todavía es invierno, las tardes aún son cortas, y anochece pronto.    Cada chico/a llevaba las viandas en un fardel de tela -aún no habían llegado a nuestro país las mochilas que vemos ahora por todas partes- consistiendo la merienda, habitualmente, en algún
embutido de la reciente matanza, un huevo cocido o una tortilla, algo de pan y fruta (ese día, era muy habitual que a cada niño su madrina le regalase una pequeña longaniza de chorizo o salchichón reservada de antemano, para este menester, desde el mismo día de la matanza). En algunos pueblos hacían hornazos para merendar este día; en nuestra zona, en cambio, éstos se reservaban para “los otros días de la merienda”: Domingo, Lunes y Martes de Pascua (los Días del Hornazo).
   Para los varones adultos, este día no tenía significado especial alguno, era una jornada laboral más; en cambio, las mujeres sí hacían fiesta aprovechando, también, la tarde para comer la merienda, igual que los niños, aunque, en su caso, no lo hacían en el campo, sino en los propios domicilios. Esa tarde, las mujeres se reunían en grupos, en algunas casas, para merendar; cada grupo estaba integrado por mujeres que guardaban entre sí una profunda amistad y, como las amigas íntimas también son llamadas comadres, éste es el motivo por el que el Jueves Merendero también es conocido como Jueves de Comadres (también son conocidas como comadres las madrinas de bautizo de los niños que, en ese caso, son comadres de los padres de éste. Esta circunstancia podía darse también, en algunos casos, entre estas mujeres, por lo que algunas eran comadres por partida doble).
   Estas fechas aún son invernales y el clima sigue siendo hostil en nuestra zona; por ello, las comadres, al contrario que los niños, preferían reunirse alrededor de las mesas camillas, al calor del brasero de cisco, donde disfrutaban de una opípara merienda. El Jueves Merendero era una fecha muy apropiada para probar la matanza. Los chorizos, aún no solían estar en su punto para comerlos crudos y, por ello, habitualmente, eran asados en las brasas de la lumbre, o en el brasero; además, algunos filetes de lomo fresco, conservados dentro de las ollas, en manteca de cerdo, salían de éstas para la ocasión.
   Unas comadres aportaban productos de sus matanzas, y otras llevaban dulces elaborados por ellas mismas, así que era un auténtico banquete el que se daban esa tarde. Entonces, el colesterol aún no formaba parte de nuestras vidas, ni preocupaba tanto el valor calórico de los alimentos, tal como sucede ahora, así que lo comían todo a plena satisfacción.
   Estas reuniones eran exclusivamente para mujeres, y estaban vedadas a los hombres. Antiguamente, las mujeres apenas iban a los bares y casi ninguna ingería bebidas alcohólicas; en cambio, esa tarde no tenían reparo en acompañar la merienda con unos vasos de vino. La consecuencia que ello acarreaba es que algunas comadres se ponían muy alegres y acababan cantando; evidentemente, cuanto más vino bebían, más desafinaban, pero “un día, es un día”, y jueves merenderos al año sólo hay uno.
   Mientras los niños merendaban en el campo, y las comadres lo hacían en las casas, los hombres estaban trabajando “como si nada”, pues la fiesta no era para ellos; aunque imagino que cuando volvieran a casa, a la hora de cenar, sus mujeres les reservarían algo especial para que se notase que era el Jueves Merendero (les ofrecerían carne del cerdo en forma de exquisitos productos de la matanza, y quién sabe si, gracias al vino que se había tomado más de una, era una noche propicia para ofrecerles “otro tipo de carne”).
   Aún había otro grupo de edad que también hacía fiesta, el de los jóvenes “en edad de merecer”. En este caso, el eje central de la festividad no era gastronómico, como ocurría con los demás grupos; para ellos era día de jolgorio, una fecha propicia para relacionarse con chicos/as del otro sexo, ya que, ese día, era la auténtica antesala de los carnavales y había baile. Por ello, tras las tareas de la tarde, había que merendar pronto, ponerse “la ropa de los domingos”, e ir al salón del baile donde les esperaba la diversión. Para los quintos y quintas del año, que serían los protagonistas principales de las inminentes carnestolendas, se trataba de una fecha importantísima ya que, durante el baile del Jueves Merendero, tenía lugar un ritual que para ellos guardaba un gran significado: ese día se emparejaban para pasar los carnavales.
   Con ese fin, se hacía un sorteo que consistía en escribir en distintos papeles el nombre de cada uno de los quintos y quintas; a continuación, eran introducidos en dos sombreros, en uno se depositaban los papeles con los nombres de los chicos, en el otro los de las chicas, y empezaba el sorteo que discurría así: Dos personas, de probada honradez, metían la mano en los sombreros e iban sacando, de uno en uno, los papeles con los nombres de los protagonistas. El que tenía el sombrero de las quintas sacaba un papel y, en voz alta, pronunciaba el nombre escrito en el mismo, para que lo oyera todo el público; a continuación, quien tenía el sombrero con los papeles de los quintos hacía lo mismo y decía el nombre del chico, quedando así establecida la primera pareja. Este proceso se repetiría sucesivamente, las veces que fuera necesario, hasta que todos estuvieran emparejados.
   Estos emparejamientos debían mantenerse hasta que finalizaran los carnavales y conllevaban una serie de obligaciones; una de ellas era la que obligaba a cada quinto a recoger todos los días a su pareja para ir al baile y, una vez acabado éste, debía acompañarla de vuelta hasta su casa; en cambio, ella estaba obligada a bailar con él siempre que se lo demandara pues eran “una pareja oficial”; aunque esto no suponía una exclusividad para ninguno de los dos ya que, tanto ella como él, podían bailar con todo el mundo.
   Gracias a estos sorteos, algunas parejas comenzaban a relacionarse, se gustaban, y mantenían en el tiempo esa relación. Más de un noviazgo, y posterior matrimonio, tuvo sus inicios en un sorteo del Jueves Merendero. Otras veces, el azar no acompañaba mucho y el chico/a, que hubiera tocado en suerte, no era del agrado del otro/a, incluso el desafecto podía ser mutuo; pero, como públicamente eran “pareja oficial”, debían esforzarse y guardar la compostura hasta que el Miércoles de Ceniza, una vez acabado el carnaval, finalizaba “el compromiso” adquirido.
   El origen de esta fiesta es muy antiguo y se pierde en el tiempo; como sucede con otras tantas fiestas, existen diversas opiniones respecto al mismo.
   La fiesta es conocida como Jueves de Comadres porque en ella las mujeres hacían reuniones que estaban prohibidas a los hombres, y su origen, según Julio Caro Baroja, podría estar relacionado con la Matronalia, una fiesta romana dedicada a Juno, diosa de la maternidad, donde las mujeres casadas, durante ese día, tomaban el mando adquiriendo supremacía sobre los maridos (esta fiesta romana, en realidad, tiene una relación más próxima a la Fiesta de las Águedas, que al Jueves de Comadres, pero el sentido de ambas fiestas es el mismo: son fiestas sólo para mujeres).
   En cambio, otros opinan que el origen de la fiesta no guarda relación alguna con el mundo romano y consideran que surgió como consecuencia de algunos preceptos de nuestra religión. En los primeros tiempos del cristianismo, cuando se estableció la celebración de la Cuaresma y la Pasión, la Iglesia dictó una serie de directrices a seguir, durante ese espacio de tiempo, que obligaban ¡cómo no! a hacer penitencia; consistiendo, una de estas normas, en la prohibición de comer carne durante toda la Cuaresma -con el tiempo se suavizaría dicha restricción y, en la actualidad, el impedimento de la carne sólo afecta a los viernes cuaresmales-
   Por lo tanto, las circunstancias eran las siguientes: nuestros antepasados, por una parte, tenían en esta época del año, en sus casas, carne en abundancia procedente de la reciente matanza, y, por otra parte, estaba la prohibición de catarla, durante todo este tiempo, por mandato de la Santa Madre Iglesia; así que, para no pecar y evitar ir “de patitas al infierno” por comer carne en Cuaresma; como mal menor, la gente aprovechaba el Jueves Merendero y los carnavales, para despedirse de estas exquisiteces hasta que, una vez finalizado este período de abstinencia, el Domingo de Resurrección, con mucha alegría, se reenganchaban a su dieta habitual; celebrándose, para la ocasión, los días del hornazo (esta justificación, como origen de la fiesta, también es creíble ya que no parece casual el hecho de que el comienzo del Tiempo de Cuaresma y Pasión, y su final, coincidan con unas buenas merendolas).
   En cuanto al sorteo de quintos y quintas, para emparejarlos durante los carnavales, su origen no parece guardar relación con el asunto de la carne. El hecho de que el sorteo tuviese lugar ese día, parecer ser, simplemente, una coincidencia en el tiempo; además, no siempre se hacía durante el Jueves Merendero, a veces se realizaba al día siguiente, el viernes, pero no más adelante pues las “celebraciones oficiales” de los quintos comenzaban ya el sábado, la víspera del Carnaval, y para entonces todo quinto/a debía saber ya quién iba a ser su pareja.
   Independientemente de que el origen de la fiesta sea uno u otro, la verdad es que no importa mucho; el caso es que el Jueves Merendero, para aquellos que tenemos cierta edad (los que íbamos con el fardel a comer la merienda al campo), era una fiesta muy esperada y alegre que, como tantas otras costumbres que había en nuestros pueblos, fue decayendo progresivamente, con el paso del tiempo, y, en la actualidad, prácticamente ha desaparecido.
   Estamos ante una fiesta profana que no estaba dedicada a ningún cristo, virgen o santo; sino a las personas; donde la gente comía, bebía, cantaba, bailaba… en resumen, se divertía todo lo que podía. Era una fiesta cuyo fin no era otro que celebrar la alegría de vivir.

viernes, 3 de febrero de 2017

La fiesta de “Las Águedas”

 
      Santa Águeda nació en Catania, una ciudad de la isla de Sicilia (Italia), en el siglo III, cuando Roma aún era un imperio que se extendía por toda la cuenca mediterránea y gran parte de la Europa actual. En aquella época, los cristianos eran perseguidos a lo largo y ancho del imperio y resulta que ella era joven, muy bella, y cristiana.
   Quintiano, el gobernador de la isla,  cuando la conoció, se enamoró de ella y le pidió que fuera su esposa (o compañera o querida, este extremo no puedo precisarlo), exigiéndole, además, que abandonase la práctica del cristianismo; pero a Águeda debió gustarle poco el gobernador -debía ser muy feo- y, además, era una mujer de fuertes convicciones religiosas, así que no aceptó ninguna de las pretensiones de  Quintiano, y éste, muy irritado por no lograr sus propósitos, ordenó que torturaran a la joven y que le cortaran los senos; de ahí que muchas imágenes de la Santa  aparezcan acompañadas con una bandeja en la que reposan unos  pechos cortados.
   Su martirio se cree que tuvo lugar en el año 251 y, cuando fue elevada a la categoría de santa, pasó a ser la patrona de Sicilia, siéndolo también de muchos pueblos de España.  Además, es considerada  protectora de las mujeres ya que recurren a ella cuando tienen algún mal en los pechos, o problemas con la lactancia.
   
   Dentro del santoral, encontramos a Santa Águeda el 5 de febrero, teniendo su fiesta un gran arraigo en muchos pueblos de Salamanca. Ese día, tiene un significado muy especial para las mujeres, las auténticas protagonistas de la fiesta, ya que le arrebatan la autoridad a los hombres tomando ellas el mando. Éste es el motivo por el que el festejo también es conocido como  “El día de las Águedas”. 
   La celebración de esta fiesta es bastante antigua y, aunque la forma en que se desarrollaba el festejo ha evolucionado mucho a lo largo del tiempo, aún sigue manteniendo la mayor parte su esencia.
   Hace unos 50 años, en muchos pueblos, la fiesta discurría así:
    
   La fiesta comenzaba a media mañana cuando algunas “Águedas” tocaban las campanas para convocar a las mujeres, juntándose éstas en la plaza, o en  casa de la alcaldesa -previamente al día de la fiesta, habían mantenido una reunión para elegir a esta última - después, ésta y su cohorte  de mujeres entraban en el ayuntamiento donde las esperaba el alcalde, que cedía el bastón de mando a la alcaldesa de ese día; tomando las mujeres, desde ese momento,  el mando a todos los efectos.
Águedas de Barruecopardo  (2011)
 A continuación iban a misa, teniendo lugar, después de la misma, un convite sólo para mujeres, a base de dulces y chocolate. Del género masculino, sólo acudían el cura y el tamborilero.  
  A mediodía había una comida, también exclusiva para mujeres, y, tras los postres, tomaban café y, algunas, incluso se atrevían con una copa. El alcohol, ya sabemos que quita la vergüenza y suelta la lengua; así que, tras tomarse los licores, cantaban y brindaban.
   Los brindis eran variados y muy graciosos, algunos relacionados con la eterna guerra entre hombres y mujeres, como el siguiente: “En caso de dudas, que seamos nosotras las viudas”. También era frecuente escuchar: “El mejor hombrito, huerfanito” (ni que decir tiene, que éste  iba dirigido a las suegras… y eso que algunas de las asistentes lo eran).
   Los hombres, ese día, estaban obligados a cuidar de los niños y atender las tareas de la casa
   Acabada la sobremesa, “Las Águedas” recorrían el pueblo invitando a todo el mundo al baile. En éste, eran las mujeres quienes sacaban a bailar a los hombres, estando éstos, inexcusablemente,   obligados a aceptar.  El dar calabazas ese día, a alguna mujer, ni se contemplaba como posibilidad. Si alguno se negaba a bailar, podía pasarle de todo: se metían con él, lo empujaban hasta el centro del baile entre varias y allí lo acorralaban obligándole a bailar. Si el muy necio aún seguía negándose, le daban “los Gallos” (para quien no lo sepa, el hecho de dar a un hombre los gallos  no consistía, precisamente, en regalarle al mismo una cesta con pollos, sino en agarrarle los testículos y darle unos tirones. Cada tirón era un gallo. Es fácil comprender por qué ningún varón se negaba ese día a bailar con cualquier mujer que lo solicitara).  
   También podía ocurrir que, cuando los hombres iban por la calle, alguna mujer, desde el  balcón, les tirara encima un jarro de agua, o ceniza, o harina, o…
   Las féminas recorrían las calles en grupo  y, si se cruzaban con algún hombre, éste procuraba rodear por otra calle; o bien, se daba la vuelta volviéndose por donde había venido, para evitarlas,  ya que le piropeaban, le pedían dinero, o le gastaban alguna gamberrada.
   Sólo eran motivo de broma los hombres adultos y los jóvenes, con los niños no se metían.  
   Imaginaos, en un pueblo pequeño, a varias docenas de mujeres juntas, con ganas de juerga y llenas de autoridad  ante los hombres. Evidentemente, tal fecha no era el lugar ideal para estos.   Aunque algunos preferían ir  a pasar el día a la ciudad, con cualquier excusa, para evitar las bromas de “las Águedas”,  la mayoría de ellos participaba de la fiesta y acudían al baile para que las mujeres los sacasen a bailar. Eso sí,  al desplazarse por las calles del pueblo caminaban por el centro de éstas, lejos de balcones y ventanas, para evitar  que les tirasen algo encima. 
   Una vez finalizado el baile, cuando acababa la fiesta, la alcaldesa devolvía el bastón al alcalde y éste, una vez recuperado el mando, siempre repetía las mismas palabras rituales:    
-   ¡Que lo celebremos de hoy en un año!

   Se trata de una fiesta muy divertida y, aunque no puede determinarse con certeza desde cuando se celebra, tenemos la referencia del año 251 como fecha del martirio; por lo tanto, lo que sí puede asegurarse es que la conmemoración del  mismo, obligatoriamente, tuvo que comenzar después de esa fecha.

  A mediados  del pasado siglo XX, salvo honrosas excepciones, la fiesta de las Águedas dejó de celebrarse en muchos lugares, permaneciendo en el olvido durante mucho tiempo. Afortunadamente, hace algunos años volvió a recuperarse y, hoy día, continua formando parte, del calendario festivo, en muchos pueblos salmantinos.

martes, 24 de enero de 2017

Las beatas


   En todos los pueblos suele haber  personas a quienes les encanta acudir a todas las celebraciones religiosas que se le pongan por delante: Misas, rosarios, procesiones,  funerales, confesiones.... Cuando se trata de misas, ya sean en día festivo o laborable,  por la mañana o por la tarde, por muy   intempestiva que ésta sea la hora, allí están ellas sin faltar ni una al culto; me refiero a ellas porque,  todo hay que decirlo, casi la totalidad de estas personas tan devotas son mujeres y pertenecen a un selecto grupo de personas que, en  muchos pueblos, son conocidas por el resto del vecindario como  “las beatas”.
  Si de verdad existe el cielo, evidentemente, ellas ocuparan allí un lugar preferente pues para eso se lo han currado  tanto (sobre el asunto del cielo, tengo una duda. No sé si cuando uno está en ese lugar, hay que seguir asistiendo o no a misa , si la respuesta es afirmativa, ¿quién dice las misas allí?. En fin, ya lo veré cuando llegue la hora de irse para allá, y que conste que no tengo prisa alguna. Prefiero seguir con la duda).

  Una vez me contaron este hecho que ocurrió un día, hace años, en un pueblo donde los curas del arciprestazgo tenían una reunión. El arciprestazgo es  una unidad administrativa, dentro de las diócesis, que está integrado por varios pueblos. Las diócesis u obispados, cuya máxima autoridad religiosa es un obispo, territorialmente, no se corresponden con las provincias; así,  en Salamanca, encontramos pueblos que pertenecen a la diócesis de Ciudad Rodrigo, a la de Salamanca, y a la de Plasencia  (Cáceres). Cada diócesis está compuesta  por distintos arciprestazgos, y cada uno de ellos, a su vez, está integrado  por varios pueblos.
  Bueno, pues ese día  se encontraba el cura del pueblo en la sacristía y, al mirar el reloj, comprobó que faltaba ya poco rato para la reunión, así que decidió dejar lo que estaba haciendo para ir encontrarse con el resto de los compañeros. Salió de la sacristía y,  tras cerrar la puerta de la misma, ya en el templo, vio  que en los bancas delanteros había un grupo de mujeres.
  Como tenía mucha prisa, debido a que la reunión era inminente, se quedó muy sorprendido pues no esperaba que hubiese nadie allí a esa hora; por lo que se dirigió a las parroquianas.
Como vimos la puerta abierta
    - ¿Qué hacéis aquí? Ya avisé el domingo que hoy no hay misa.
    - Sí, contestó una de ellas,  lo sabemos; pero usted dijo  que podía  confesar a quien lo necesitara y, como hemos visto la puerta de la iglesia abierta, hemos entrado a confesarnos.
   El sacerdote permaneció unos segundos sin saber qué hacer para poder salir airoso del lío, y de pronto - inspirado por la necesidad del momento, no por el Espíritu Santo- ,  tuvo una  idea.
   - ¡Vamos a ver! Hoy tengo algo de prisa pues, como ya sabéis, nos reunimos todos los sacerdotes del arciprestazgo, así que no puedo confesaros a todas. Que se queden sólo las que tengan pecados mortales, que con toda seguridad serán muy pocas;  a  ellas, a  las que tengan  pecados graves, sí las confieso…no faltaría más. En cambio, las que tengan pecados veniales, pueden venir mañana, un rato antes de misa, y las confieso entonces.
   Las mujeres comenzaron a mirarse unas a otras, valorando cada una de ellas la categoría de los pecados que tenía que confesar,  y una tomó la decisión de irse, abandonando el banco donde se encontraba; después lo hizo otra, a continuación otra,  y otra, y...  Lo cierto es que cada vez salían más deprisa, pues ninguna quería ser la última, y en menos de un minuto no quedaba ninguna mujer en el templo.
   ¡Cualquiera se quedaba allí para confesarse! ¡Que hubieran pensado las demás!




martes, 10 de enero de 2017

El Pronosticador


  Actualmente, es fácil saber el tiempo que va a hacer durante los días próximos. Miramos el teléfono móvil y allí encontramos aplicaciones que nos indican, entre otros datos, la temperatura, la velocidad del viento, si va a estar soleado o nuboso o si va a llover. En caso de lluvia, incluso nos informa  de su intensidad  y hasta de la  hora aproximada en que comenzarán a descargar las nubes (si alguno lo desea, también nos proporciona información de la temperatura que hace en Tokio, lo cual es interesantísimo para los que vivimos por aquí). 
  Si elegimos la televisión, para ver las previsiones del tiempo, la información que ésta nos ofrece es completísima, allí encontramos espacios dedicados al tiempo que, durante diez o quince minutos, ofrecen una inmensa cantidad de información,  no sólo sobre las previsiones del tiempo que vamos a tener, sino de otros muchos aspectos  relacionados con el clima. Todo esto, es posible gracias a la Meteorología, que es la ciencia de la que se valen los meteorólogos  para elaborar los  pronósticos del  tiempo.
  Hoy día, aunque el grado de cumplimiento de las previsiones climáticas  nunca llega a ser del 100%,  el porcentaje de aciertos se  aproxima  mucho a esta  cifra.
   La televisión, la radio, los teléfonos móviles y los demás medios que nos permiten recibir  noticias del tiempo, aunque parece que llevan ya mucho  tiempo entre nosotros,  en realidad forman parte de nuestra existencia desde  épocas bastante cercanas; por  ello, antes era la propia gente de los pueblos quien hacía sus propias previsiones del tiempo.
   En casi todos los lugares había personas “expertas” que sabían predecir el tiempo que iba a hacer, en su zona, de un modo bastante fiable, pues poseían una serie de conocimientos que habían adquirido observando los distintos fenómenos naturales: los vientos de la comarca,  la forma de las nubes, el estado del cielo, la observación del sol y de la luna, el aspecto de las plantas, el comportamiento de los animales…
  Con estos estudiosos del clima, aunque acertaban bastante en sus pronósticos, el grado de cumplimiento de las previsiones que hacían era bastante bajo  y la gente no confiaba demasiado en sus aciertos; así, era frecuente escuchar dichos como el siguiente: “Cuando la luna está en cuarto menguante, llueve mucho, llueve poco, no llueve nada, o se queda el tiempo como estaba”.  
  Al lado de estos “expertos meteorólogos rurales”, cuyos conocimientos se basaban en la observación de  la Naturaleza, había otros  “pronosticadores del tiempo” que, a pesar no entender nada del asunto, como los primeros,  también hacían anuncios sobre el clima venidero. En estos casos, el grado de cumplimiento de sus previsiones  era ínfimo  (si era verano, pronosticaban calor; y si era invierno frío, y poco más). Aunque nadie hacía caso de sus pronósticos,  ellos insistían una y otra vez en adivinar cómo iba a ser el clima, tal como sucedió con el protagonista de este suceso.
  
   Una noche de enero iban dos amigos hacia la taberna y hacía un frío intenso, propio de la fecha, de esos que “escarallan el pellejo”;  ambos  caminaban deprisa con el fin de llegar lo antes posible al bar, para poder calentarse un poco,  y, durante el trayecto, uno de ellos comentó al otro.
-  ¿Sabes lo que te digo, amigo mío? Mañana va a nevar, estoy seguro de ello.
   Jonás, que es como se llamaba el amigo,  muy extrañado  miró inquisitivamente hacia arriba y pudo ver un cielo totalmente despejado. Aquella noche, la bóveda celeste ofrecía un espectáculo espléndido, totalmente colmada de estrellas, como sólo es posible apreciar durante el primer mes del año, en estas latitudes.  
  En el cielo, durante las noches de enero, es posible distinguir a simple vista, con total claridad, multitud de estrellas y diversas constelaciones: Las  Osas Mayor y Menor, Casiopea, El Dragón, Andrómeda, Perseo, la Vía Láctea… pero,  aunque aquella noche el firmamento ofrecía un aspecto grandioso, Jonás no reparó demasiado en  estrellas ni constelaciones, sólo pretendía comprobar  si había nubes por algún lado, y tras mirar  en todas las direcciones pudo cerciorarse de la ausencia total de éstas.  
Recursostic.educación.es
  -  Mira Jeremías, no hay nubes por ningún lado ¿Por qué dices que va a nevar?
  -  Lo sé, respondió éste, con rotundidad.  Te lo puedo asegurar al 100%. Mañana va a caer una buena nevada, y yo no me voy a levantar de la cama hasta el mediodía, ya lo verás.
   Al día siguiente, una espesa niebla matutina cubría los campos y las casas del pueblo, a media mañana el sol logró abrirse paso a través de la bruma, ésta fue  elevándose poco a poco, y, a mediodía nuestra estrella solar lucía vigorosa sobre un cielo azul totalmente despejado.
   Después de comer, ambos amigos coincidieron en el bar  e, inevitablemente, hablaron del tema. Jonás se dirigió a Jeremías “el pronosticador” diciéndole:
-        Ayer dijiste que hoy iba a nevar con ganas, incluso afirmaste que las probabilidades eran del 100%, y, como puedes ver,  no ha nevado, no hay una  triste nube y hace un sol estupendo. 
-        De todos modos, contestó Jeremías,  el 50% de mis previsiones se han cumplido.    
-        ¡¿Pero qué dices?! protestó el compañero, algo enfadado ¡No veo cómo! ¡Mira que sol tenemos!
-        Vamos a ver, respondió “el pronosticador del tiempo”. Lo que dije exactamente fue: “Mañana nevará y yo me levantaré a mediodía”  ¿Fue eso…o no fue eso, lo que yo dije?
-        Efectivamente, eso fue, respondió  Jonás.
Jeremías permaneció en silencio unos instantes, pensando cómo rematar su explicación, y continuó diciendo:  
-        Bueno…no habrá nevado,  pero yo sí me he levantado a mediodía. Luego, no negarás que la mitad de mis pronósticos se han cumplido.


 (Jeremías, uno de los profetas mayores, escribió alguno de los libros  del Antiguo Testamento y sus profecías se cumplieron; a nuestro Jeremías, “el pronosticador”, en cierto modo, también podríamos catalogarlo de profeta; al fin y al cabo, aunque no escribiera libros, también era capaz de adivinar  el futuro: podía predecir la hora en la que pensaba levantarse el día siguiente)

jueves, 22 de diciembre de 2016

Tiempo de Navidad

¿Cantamos, rezamos o lloramos?
  
   
   Todos los años, cuando el mes de diciembre se acerca a su final, llegan las navidades; unas fiestas que para los niños resultan maravillosas y que para los adultos no lo son tanto.
  La celebración de estas fiestas gira en torno al día de Navidad (25 de diciembre), fecha en la que conmemoramos el nacimiento de Jesús, y, a pesar de ser una de las más importantes festividades cristianas, actualmente, muchos  han perdido totalmente  la perspectiva de lo que representan.   
   El día de  Navidad  se circunscribe sólo a esa fecha pero, generalmente, hablamos de  navidades en plural ya que  durante estos días, además de esta festividad, celebramos otras fiestas; por ello, quizá es más correcto hablar de Tiempo de Navidad.
  Existe cierta confusión respecto a la  duración de las navidades. La mayoría de la gente considera  Tiempo de Navidad  el que transcurre entre Nochebuena (24 de diciembre), y el día de los Reyes  (6 de enero); pero las fechas no coinciden, exactamente, con lo que la Iglesia Católica establece como Tiempo Litúrgico de Navidad, que es el comprendido entre el día de Nochebuena y el domingo posterior a los Reyes (el bautismo de Jesús por San Juan Evangelista); por lo tanto, si nos atenemos a la Liturgia,  podemos apreciar que la duración de las navidades es variable dependiendo de los años.
   En esta vida, con el paso del tiempo, todo va evolucionando e igual sucede con el Tiempo de Navidad ya que la forma de celebrar estas fiestas también ha ido cambiando a largo de los años.
  La celebración religiosa, que dio origen a esta celebración, en la actualidad ha pasado a un segundo plano y  la gente, cuando llega esta época del año, hace planes de todo tipo, pero casi ninguno de ellos pasa por asistir a la Misa del Gallo.
  Para algunos, las navidades son, simplemente, un periodo vacacional más y  aprovechan estas fechas para viajar (son los típicos pseudoateos: no creen en los preceptos religiosos y, en cambio, sí  que creen en las vacaciones de navidad, en las de semana santa y todas las festividades religiosas del calendario). Para estos turistas invernales, su tiempo de navidad no se corresponde con las dos semanas reglamentarias del resto de los mortales,  sino con el tiempo que dura el viaje que tienen programado.  
   Los centros comerciales, por su parte, intentan convencernos de que las  navidades duran dos meses, y que es necesario que gastemos un montón de dinero para poder ser felices;  por ello, cada año que pasa inician la campaña de ventas navideñas  con mayor antelación no siendo raro ver ya, en la segunda quincena de octubre, cómo algunos establecimientos empiezan a ofrecer en sus estanterías productos navideños.
   Podemos encontrar lotería de navidad a la venta, en las  administraciones, desde el verano;  en noviembre, la televisión  ya nos trae a la pantalla películas sobre temas navideños ; a primeros de diciembre, casi todas las ciudades alumbran sus calles con las luces de navidad;  llegan las inevitables
comidas y cenas de empresa  en las que te ves sentado a la mesa con gente a la que incluso aborreces;  hay que hacer frente a la interminable lista de regalos de Papa Noel y de los Reyes Magos, la televisión nos bombardea continuamente con anuncios de juguetes, cava y  colonias -como si sólo necesitáramos oler bien en esta época del año-.
   La suma de todo este barullo de cosas y circunstancias, que por estas fechas se nos viene encima,  provoca que muchas personas acaben sintiendo auténtica aversión hacia la Navidad, y que suponga para ellos un gran alivio dejar atrás el día de Reyes, una vez que finalizan las fiestas,  aunque haya que enfrentarse a la cuesta de enero. Una cuesta que, en realidad, la creamos nosotros con los gastos que realizamos durante las navidades;  y es que la paga extra, quien la tiene, no da para muchos dispendios.

   Esta distorsión de la Navidad a la que asistimos es especialmente perceptible en las ciudades, pero el fenómeno no es ajeno a los pueblos; en muchos de ellos, la celebración de la navidad ha cambiado enormemente dando lugar a que una serie de costumbres, que se desarrollaban en ellos durante el Tiempo de Navidad, hayan desaparecido, prácticamente, en su totalidad,  siendo sustituidas por otras “más acordes” a los tiempos actuales; algunas, incluso rozan el esperpento como lo ocurrido en un pueblo  donde el alcalde un año se empeñó  en encender personalmente las luces del pino que había mandado colocar en la plaza,  convocando a los vecinos,  como si aquello fuera el árbol de navidad del Rockefeller Center neoyorkino.  El pueblo apenas superaba  los 200 habitantes, era de noche, hacía mucho frío, y al evento solo asistió el alcalde, acompañado por algún familiar próximo y el alguacil (este último, al ser funcionario municipal, supongo que lo haría obligado por las circunstancias).
   En otro pueblo, los quintos organizaron una Cabalgata de Reyes y, al no haber camellos, lo cual es comprensible, utilizaron unos burros en su lugar. Como sólo había montura para dos, decidieron que sólo saldrían dos reyes en la cabalgata, con el consiguiente enojo del cura cuando se enteró de lo sucedido, por el poco rigor histórico que supuso haber prescindido de un rey (aquellos que quieran pensar un poco, les reto a que  averigüen cuál de los tres reyes  no salió  aquel día en la cabalgata) 
  Otra vez, el día de Navidad,  un bromista -algunos sospechan que fue obra de un estudiante de publicidad y marketing -  colocó  en la puerta de la única entidad bancaria del  pueblo una misiva escrita, que decía así: “Con un préstamo de esta entidad, la Virgen hubiera parido en una buena clínica”
  Al día siguiente, el empleado de la oficina, al incorporarse a su trabajo,  no reparó en la nota  permaneciendo allí expuesta,  en la puerta,  gran parte de la mañana,  hasta que una mujer llegó a la oficina a hacer una operación y, tras leerla, le dijo al empleado que le parecía irreverente que una caja de ahorros hiciese ese tipo de publicidad.  Éste, no dando crédito a lo que oía, se asomó a la puerta y, asombrado, comprobó la veracidad del asunto  (lo veraz  es que allí estaba la nota, no que la entidad ofreciese el préstamo).

  Estas son “formas modernas” de celebrar la navidad en el medio rural; en cambio, en los pueblos, hasta no hace muchos años,  durante el Tiempo de Navidad se celebraban una serie de tradiciones muy interesantes,  muchas de ellas ya  desaparecidas. Una de estas tradiciones, ya en desuso, era la de pedir “el aguinaldo”.
  Conocemos por aguinaldo el regalo que, en dinero o especie, se daba durante el Tiempo de Navidad a grupos de jóvenes que recorrían el pueblo cantando, a la puerta de las casas, unas canciones de estructura y musicalidad sencilla, específicas para la ocasión.
   El día de pedir el aguinaldo  variaba, dependiendo de cada lugar; en unos sitios se hacía el día de Navidad;  en otros el día de Año Nuevo y, finalmente, en otros pueblos,  tenía lugar la víspera de Reyes.  En esta última fecha, es  cuando salían a pedirlo en Barruecopardo.
   El petitorio  tenía lugar en la tarde-noche del 5 de Enero. Cuadrillas de niños y adolescentes recorrían todo el pueblo llamando en la puerta de las casas y, cuando sus moradores salían a abrir,  les preguntaban: Sr./a ******** ¿ Cantamos, rezamos o lloramos ?
   Si el amo/a  de la casa solicitaba  rezar, todos  rezaban  (esta opción era la elegida cuando había fallecido algún familiar próximo, a los dueños de la casa, durante el año anterior).  Si lo elegido era llorar, todos lloraban; eso sí, con poca convicción,  pero como se iba a pedir, con tal de agradar, había que cumplir lo solicitado), y si la opción elegida era cantar, cantaban "El Aguinaldo" que en este pueblo decía así:
  
                      Hoy es víspera de Reyes
                      Año Nuevo ya pasado
                      entre damas y doncellas
                      vengo a pedir "el guinaldo"
  
                      Yo se lo vengo a pedir
                      a este caballero honrado
                      que me dé de los sus bienes
                      ya que Dios se los ha dado

                      Cuchillito de oro
                      veo relucir
                      chorizo y morcilla
                      me van a partir

                      No quiero morcilla rancia
                      ni tampoco farinato
                      que quiero una longaniza
                      que es lo mejor del garrapo


         Entonces "el caballero honrado" les daba a los componentes de la cuadrilla un donativo en dinero (pocas veces), o en especie (morcilla, farinato, almendras, dulces...). La longaniza, que es lo que se pedía en la canción,  casi  nunca llegaba.