jueves, 23 de noviembre de 2017

Magia y esoterismo en torno a la matanza del cerdo
                                                                         
    
   La relación que mantienen el hombre y el cerdo se remonta, en Europa, a varios milenios atrás,  cuando nuestros antepasados lograron domesticar a este pariente del jabalí; una relación que dura hasta hoy, en la que el puerco siempre ha llevado la peor parte.
   No sabemos, con certeza, a partir de qué época el cerdo pasó a ser un animal domestico,  algunos  estiman que esto ocurrió hace más de 6000 años; lo que sí  sabemos es que los celtas, hace unos 3000 años, ya andaban por aquí y la carne de cerdo formaba parte de su dieta habitual.

   Hoy día, la existencia de  la cadena de frío, y la rapidez de los transportes, permite conservar los alimentos durante mucho tiempo y transportarlos a grandes distancias, sin que se estropeen; gracias a ello, incluso en los lugares más apartados, disponemos, a lo largo de todo el año, de  los más diversos productos : carne, pescado, vegetales… , tanto frescos como congelados; pero, hasta mediados del siglo pasado, las comunicaciones eran bastante malas - en nuestra comarca, en particular, podríamos catalogarlas de pésimas - , y la cadena de frío era prácticamente inexistente;  por ello, la posibilidad de transportar productos frescos a los pueblos y almacenarlos, para poder consumirlos más tarde, era una opción inexistente. Este hecho condicionó que, en el medio rural, a lo largo de los siglos, la alimentación se basara en una economía de autoabastecimiento: los alimentos que se consumían en cada lugar, eran los que se producían allí mismo.
   Las familias sembraban cereales y elaboraban su propio pan; del  huerto obtenían patatas, verduras, legumbres,  fruta…; de las vacas, cabras y ovejas obtenían leche, con la cual elaboraban quesos; las gallinas proporcionaban los huevos...
   Comer pescado fresco,  al estar lejos de la costa,  no estaba a nuestro alcance y, por lo tanto, el que consumíamos debía estar procesado para permitir su conservación a largo plazo: bacalao en salazón, chicharros o palometas en escabeche, que llegaban  envasados en barriles de madera, sardinas en lata…
    En cuanto a la carne, comíamos pollo,  cordero, cabrito,  ternera y animales de caza; pero sólo podían ser  consumidos en fresco y en ocasiones muy concretas; ya que, al no haber congeladores y neveras, no podían conservarse más allá de uno o dos días.
   Esta imposibilidad de conservar la carne, para un ulterior consumo, fue el motivo por el que, a lo largo del tiempo, la principal fuente de proteínas animales, con que se alimentaron   nuestros antepasados, hasta no hace mucho tiempo,  fuera, básicamente, la carne de cerdo que era consumida por las familias, durante todo el año, casi a diario, con el  cocido y/o en forma de  embutidos,  jamón…

   El hecho de que la carne del puerco (marrano, cochino, cerdo, guarro, gocho…)  haya sido uno de los pilares básicos  de nuestra dieta, hasta fechas relativamente recientes,  no obedece a la casualidad;  se ha debido a la suma de dos hechos: a) el marrano es un animal fácil de alimentar  -come de todo-,  y b) su carne, una vez  procesada en forma de chorizos, salchichones, morcillas, jamones, lomos, tocino, panceta, manto…permite su conservación , sin necesidad de frío, a lo largo
jamonibericodeguijuelo.es
de todo el año.
   Hemos de agradecer a este orondo animal, el haber sido nuestra principal fuente de proteínas animales durante siglos, cuando no milenios. Esto es lo que le hizo decir a    Gregorio Marañón que “la carne de cerdo ha salvado más vidas que la penicilina”, y no le faltaba razón. 
  
   El poder disponer de carne de cerdo, durante todo el año, tenía una importancia económica enorme en las familias rurales. Éstas, al llegar la primavera, adquirían uno o más lechones, dependiendo de lo numerosa que fuera la familia, que eran cebados en cuadras hasta bien avanzado el otoño, cuando empezaban a ser sacrificados. 
   El periodo de las matanzas domiciliarias, generalmente, duraba  hasta finales de enero para hacerlas coincidir con la época más fría del año;  ya que éste es el ambiente más favorable para el procesado de la carne.  
  Aquellos que tenemos cierta edad, aún recordamos cómo muchas mañanas invernales, al  amanecer, éramos despertados por los fuertes chillidos que emitían los cerdos  mientras  eran sacrificados en los tajos o banquetas a manos del matarife; un acto con el que daba inicio al ritual de las matanzas domiciliarias, que tan comunes eran entonces. Mas no es mi intención comentar aquí los pormenores del sacrificio del cerdo, sino recordar una serie de tradiciones y  ritos extraños, que se realizaban, o transcurrían en torno a las matanzas.
   Entre estas costumbres  o actos, un tanto singulares, encontramos ritos  mágicos,  dirigidos  a los dioses o espíritus benignos,  para que protegieran los productos derivados de la matanza y evitar que éstos se estropearan, supersticiones,  y "otras prácticas" que, a pesar de ser fruto, exclusivamente,  de la condición humana,  curiosamente, a veces, se nos antojan aún más raras que las anteriores.
   Tras este largo preámbulo,  paso a recordar algunas de estas costumbres,  esotéricas  y  no esotéricas, que se realizaban, o transcurrían, en torno a la matanza del cerdo

a)  Época del año  para hacer matanza

 Yo, cuando era niño, no entendía muy bien por qué había que matar a los cerdos en pleno invierno ya que, durante esos días,  pasábamos un frío tremendo realizando las labores propias de la  matanza. Me resultaba extraño que se eligieran unas fechas tan hostiles, climáticamente hablando. 
Cuando lo pregunté, alguien me lo explicó y llegué a la conclusión de que obedecía al sentido común y tenía poco de esotérico.
 El hecho de que se sacrifiquen los cerdos en la época más fría del año  (finales de otoño  y comienzo del invierno) es debido a que un ambiente frío es el ideal para conservar y procesar la carne;  por ello,  antes, cuando aún no existía la cadena de frío, era necesario hacer coincidir la matanza con la época más gélida del año. 
 Además de conservar la carne, otro elemento a favor para hacer la matanza en esta época es que, a estas alturas del año, gracias al frío, habían desaparecido casi todos los insectos, especialmente las moscas de la carne y similares,  que pueden malograr la chacina (esto antes era así, cuando los inviernos eran largos y fríos y no asistíamos a un cambio  climático tan marcado, como al que tenemos actualmente).
   Otro hecho a favor de matar los cerdos, a estas alturas del año, es que las labores otoñales de siembra ya habían finalizado y la gente disponía de más tiempo para estos menesteres.
   
b) Elección del día de la semana para hacer la matanza

Una costumbre muy arraigada, era evitar hacer la matanza en martes o en domingo.

Evitar matar el cerdo en domingo tiene  una clara influencia religiosa;  para los cristianos, el domingo es el “Día del Señor” y hay descansar; es día de vestirse de fiesta e ir a misa a cumplir con el precepto. Luego, o se mataban los cerdos, o se iba a misa, esa era la cuestión. 
Antes, cuando vivíamos con la constante amenaza de ir de patitas al infierno, si éramos malos, uno de los “signos externos de maldad”, desde el punto de vista religioso, era, precisamente, laborar los domingos y fiestas de guardar; por ello, no estaba bien visto trabajar ese día de la semana  -si Dios descansó el domingo, nosotros, pobres mortales, estábamos “”obligados" a hacerlo también- .
En los pueblos, algunos curas se enfadaban mucho con aquellos que decidían hacer la  matanza en domingo; y también con quienes segaban, araban,  sembraban,  trillaban… éste día de la semana (Debían pasarse casi todo el año enfadados, ya que muchas de las labores del campo  no permiten el descanso dominical)

 Evitar hacerlo los martes. Esto, obedece a la superstición. En  nuestra cultura, mucha gente siempre ha considerado que el martes es el peor día de la semana ya que es “cuando más desgracias ocurren”; por ello, no es recomendable  emprender ningún negocio o empresa importante este día.
 La carne del cerdo, como tenía una importancia económica  vital en las familias rurales; muchas de ellas, para no  correr riesgos innecesarios, evitaban hacer la matanza este día de la semana. Ya lo dice el refrán: “el martes, ni te cases ni te embarques” -versión de las zonas costeras-. “El martes, ni te cases, ni mates”-versión de las tierras de interior-. 
 Existen varias teorías que intentan justificar la superstición de que el martes es un día aciago, (sobre todo si cae en 13).  Algunos consideraban que, al ser un día consagrado a Marte, el dios de la guerra en la mitología romana, cualquier empresa que se emprendiera ese día tenía pocas posibilidades de acabar pacíficamente. 
Se decía, también, que los cristianos, en sus luchas con moros y turcos, perdieron muchas batallas en martes (pero si echamos mano de los libros de historia, podemos comprobar que también perdieron muchas batallas, en lunes, en miércoles, en viernes…).

c) Elegir el día de la maranza dependiendo de las fases lunares

Otro aspecto, que también carece de una clara explicación, es la elección de la fecha dependiendo de la fase en que se encuentre la luna.
No hay un acuerdo unánime sobre este asunto ya que unos recomiendan no matar en luna nueva y otros, en cambio, desaconsejan hacerlo en  luna vieja (luna llena).

Los que desaconsejan hacer la matanza en luna llena,  afirman que la luz lunar, cuando incide directamente sobre la carne, ésta se aluna y, a consecuencia de ello,  mengua. Este efecto es muy dañino para en los embutidos  pues, si una vez dentro de la tripa, la carne  encoge, el espacio que queda  libre es ocupado por aire,  aumentando así las posibilidades de que éstos se estropeen y tengan mal sabor.
En cuanto a los jamones, ¿qué pensaríais si un jamón de de 8 kg encoge y se os queda sólo en 4? -¡cualquiera se arriesga a matar en luna llena! -

 Quienes defienden evitar hacerlo en luna nueva,  basándose en que con la oscuridad ambiental, los espíritus malignos están más activos -si ya de por sí son malos, estas  oscuras noches invernales se vuelven más malos aún-  y con ello aumentan las probabilidades de que estropeen la matanza (no comprendo, muy bien, la inquina que muestran  estos espíritus hacia  la carne del cerdo, ni sus permanentes intentos de estropearla,  ¿quién sabe si son espíritus de personas que murieron por tener el colesterol alto, y lo que pretenden, dañando la carne, es impedir que la comamos para evitar que nos suba a nosotros? ¡A ver si va a resultar que no son tan malos!)

 El hombre, desde los tiempos más remotos, ha vivido en la creencia de que algunos  hechos o aspectos, que afectan directamente a las personas, o a su entorno, están condicionados por los ciclos lunares; así, la abundancia de las  cosechas depende  de la fase lunar en que se realiza la siembra,  algunas enfermedades mentales,  el color del pelo -los albinos ¿nacen? todos en fase de luna llena-, el sexo de los hijos -se decía que el que quiera tener una niña debe "encargarla” en cuarto menguante­, y si lo que desea es  niño, debe poner "manos a la obra" en cuarto creciente-

La realidad es que se han hecho estudios intentando averiguar si las fases lunares ejercen algún tipo de influencia sobre estos hechos y comportamientos y, en todos ellos, los resultados obtenidos han demostrado la falta de veracidad de todas estas creencias.
 De todos modos, si alguno es  supersticioso, y tiene dudas respecto a la conveniencia de  hacer la matanza en luna nueva, o en luna llena,  no tiene por qué complicarse la vida:  puede hacerlo en el cuarto creciente, o  en el menguante. 


d)  ¡Cuidado con las mujeres si están con la menstruación!

    Una creencia muy arraigada es la que afirma que las mujeres, estando en esta fase de su ciclo, deben evitar manipular  la carne de la matanza; ya que, si lo hacen, existen muchas posibilidades  de que se estropee. 
  Al ser ellas, habitualmente, las encargadas de adobar y amasar la carne, en artesas y barreños, para hacer los embutidos; cuando se daba la circunstancia de que la dueña de la matanza estaba con la menstruación, o se cambiaba la fecha para hacer la matanza,  o tenía que invitar a algún familiar cercano, del sexo femenino, que estuviera libre de “dicha circunstancia”, para sustituirla en esta labor. También podían contratar a alguna matancera para que fuese ella quien se encargara de adobar la carne -las matanceras eran mujeres a las que se les contrataba para ayudar en las faenas de la matanza-

   Es ésta, otra superstición más que no tiene fundamento alguno, de la que encontramos referencias incluso en la Biblia. El Levítico (15:19), habla de ello; también, la Ley de Moisés establecía determinadas limitaciones a la mujer durante el periodo menstrual porque “estaba impura”
   De todas formas, los cristianos de pro, en ningún momento defienden ese extremo e indican que, con la aparición del cristianismo, la Ley de Moisés fue abolida y no nos atañe en absoluto, también defienden que ninguno de los libros del Nuevo Testamento  refleja nada sobre la pureza o impureza  de la mujer durante su período menstrual -si hay algún desconfíado que no se crea lo del Nuevo Testamento, que lea todos esos libros y después nos lo confirme-.
   Los tiempos cambian y, como las costumbres también evolucionan, hoy día, las mujeres afrontan, “este problema” de diversas formas.
   Algunas, haciendo caso omiso de esta absurda superstición,  intervienen en todas las labores propias de la matanza y ésta sale estupenda.
  Otras, en cambio, aceptan que la superstición es real y  aprovechan este argumento ante su marido, o pareja, afirmando que, ya que ellos están libres de ciclos menstruales, son las personas idóneas para ocuparse de preparar la carne para embutirla. Ante este dilema, todos ellos declinan la invitación prefiriendo que sigan siendo ellas las encargadas de realizar esta labor, alegando que "otra superstición de mayor rango", no sabemos si con el apoyo o no de La Biblia, afirma que los varones tienen absolutamente prohibido adobar la carne pues, si lo hicieran, entonces sería cuando la matanza sí que correría un serio peligro de no acabar bien.

e)  La carne no podía estar expuesta a las corrientes de aire

  Cuando hace frío y llega un vientecillo caliente y suave,  conforta el cuerpo y decimos que ha llegado "un ángel";  en cambio,   cuando  la corriente es de aire frío, lo que sentimos es una sensación desagradable, un malestar; esto es debido  a que,  con estas corrientes de aire frío quienes llegan, en vez de ser ángeles, son espíritus malvados, y, si es día de matanza, a qué otra cosa pueden venir sino a estropearla y fastidiar  a los dueños de los cerdos.
   Durante los meses fríos, en las casas, si las puertas y ventanas permanecen abiertas sólo pueden entrar  corrientes de aire frío -que son las malas-;  por ello, hay que mantener especial cuidado para evitar exponer la carne del cerdo a las mismas.  
 
   Estamos ante otra superstición más, carente de todo fundamento. Las corrientes de aire frío, si a alguna carne le sientan mal es a la de los matanceros. A muchos les producen  dolor de espalda, refriados, sabañones...     
 
f)  Hacer una cruz sobre las chichas adobadas y un sahumerio en la entrada de la casa

    En el anterior apartado se indicaba la conveniencia de evitar las corrientes de aire frío porque traen los malos espíritus; pero,  en pleno invierno,  ello es prácticamente imposible -si alguna corriente entra desde la calle, sólo puede ser de aire frío-. Afortunadamente, si a pesar de todos los esfuerzos, éstos espíritus malogradores de matanzas consiguen entrar en los domicilios,  disponemos de “poderosas armas” para combatirlos. 
   Una medida de protección era  dibujar con el dedo una cruz sobre las chichas de la carne, una vez adobadas.  Este acto tiene  una clara influencia cristiana y "está muy justificado". Si desde la antigüedad se le pedía a los espíritus benignos,  y otros dioses paganos, que protegieran la matanza; cómo no a hacerlo a nuestro Dios, que es el bueno.

   Otro acto, que se realizaba el día de la matanza, por la noche,  era hacer en la entrada, o umbral de la casa, una pequeña hoguera, en un recipiente, a modo de sahumerio, en la que se quemaban  cosas que producían un humo muy denso y que desprendían a la vez un olor pestilente, con el fin de ahuyentar a algún posible espíritu que se hubiera colado en la casa con intenciones aviesas.

g) Arrojar piedras y cacharros viejos en las puertas de las casas donde había matanza

   Los días de matanza,  al llegar la noche, amparándose en la oscuridad para no ser reconocidos, los chavales del barrio tiraban piedras o cacharros viejos contra la puerta de aquellas casas donde ese día hubieran sido sacrificados los cerdos; un hecho que ocasionó más de un disgusto pues, antes, la mayoría de las puertas tenían un batiente superior y otro inferior; el superior, en ocasiones, estaba entreabierto y  los proyectiles acababan dentro del domicilio, alcanzando a alguno de sus moradores. 

   Seguramente, algunos antropólogos pueden considerar  que este acto, en sus inicios, también encerraba algo de magia, y que también tenía un fin "protector". Del mismo modo que decimos “en boca cerrada no entran moscas”;  las piedras, contra la puerta, era un modo de recordar a los dueños de la matanza que era necesario mantenerla cerrada, para evitar que los espíritus entraran en estas casas; pues, si permanecía abierta, no sabemos si los espíritus entrarían, pero, lo que sí estaba  asegurado es que las piedras acababan dentro de la casa (los espíritus serían imaginarios, pero las piedras era muy reales).
 
   Como alternativa a la anterior teoría, la que defiende que estropear las puertas a pedradas tenía un "fin protector-", existe otra explicación menos rebuscada que está relacionada, nada menos que, con el “pecado nacional”: La envidia
   Durante los días de matanza, los dueños del cerdo/s, en un plato, distribuían entre la familia,  algunos vecinos y amigos, “El Presente”, unas cuantas tajadas del cerdo, para hacer a todos ellos partícipes de la carne. Se trataba de regalos de ida y vuelta, ya que, cuando los destinatarios del este presente mataran sus cerdos; ellos, a su vez,  les harían también partícipes de algunos productos de su matanza.
   Aquellas familias que eran vecinas de los matanceros, pero con las que no existían los suficientes lazos de amistad para recibir estos regalos ; sus hijos vengaban la afrenta de no ser merecedores de este obsequio, y, para hacer notar a los dueños de la matanza, que se habían olvidado de  algunos vecinos, con o sin conocimiento de los padres, los muchachos salían a tirar piedras y cacharros viejos contra las puertas de las familias que, habiendo matado aquel día, no les habían obsequiado a ellos.

h)  Bailar las morcillas

   El primer día de la matanza, al llegar la noche, una vez que decidían concluir las tareas, llegaba la hora de cenar; cena a la que los dueños de la casa invitaban a aquellos familiares y amigos que les habían ayudado en los muchos quehaceres que conllevaba  esta primera jornada de trabajo.
   Era un rato muy agradable. Un merecido descanso tras realizar las múltiples faenas del día: cenando, rodeado de amigos, al calor de la lumbre o del brasero, probando productos frescos del cerdo, acompañándolo por buen vino de la tierra... era un momento feliz, 
   La felicidad, como estado de permanente de bienestar, realmente no existe; a lo sumo, lo que encontramos en la vida son momentos felices, y éste cumplía todos los criterios para ser uno de ellos.
   Eran ratos propicios para la chanza y las bromas; a medida que avanzaba la cena, la gente bebía más, se animaba más, y esto casi siempre acababa con un baile: “El Baile de las Morcillas”.
  Los asistentes cantaban una canción y  alguien, generalmente, los dueños de la matanza, debía iniciar la danza, continuando haciéndolo, después, sucesivamente, el resto de los asistentes; tanto adultos como niños. No se libraba nadie. 
   Siempre había alguno  a quien no le gustaba bailar, que se hacía el  remolón,  pero el resto de la gente se metía con él  y terminaba haciéndolo para evitar el escarnio de los demás.
  El baile, en sí, era una jota; la cantaban todos los asistentes, acompañándose de instrumentos de percusión: cucharas, tapaderas, botella de anís, y todo lo que se le ocurriera y tuvieran a mano, y se  bailaba individualmente, o por parejas.

   Las morcillas, generalmente, al finalizar el primer día de la matanza, ya están hechas y, casi siempre, colgadas de la chimenea o del techo de la cocina. Quizá, por eso se llame “Baile de las Morcillas”, pues era un producto que, habitualmente, ya estaba totalmente elaborado al final del primer día. El resto de la matanza, aunque ya estuviera  preparada, el procesado de la misma continuaba a lo largo de los días sucesivos.
 
   Este baile, en sus inicios,  tenía un fin serio; se trataba de un antiquísimo ritual de magia, anterior al cristianismo,  con el que se pedía a algún dios pagano que protegiese no sólo a las morcillas, sino a toda la matanza en general, para que no se estropease en su largo proceso de curación.
   Con el tiempo, fue perdiendo el sentido mágico original, y, acabó convirtiéndose en una parte más del jolgorio; ya que la matanza, en esencia,  era una auténtica fiesta familiar.

  (Aunque, en los tiempos actuales, ya nadie piensa que haya que hacer rituales mágicos para que los dioses protejan la matanza, la magia sigue existiendo. Ya me diréis, si no es auténtica  magia que un animal, que vive entre barro, paja y  agua sucia, y que come  todo lo que se le pone por delante, nos proporcione unos productos tan exquisitos).




                                                    

martes, 31 de octubre de 2017

Asuntos divinos y profanos III

Teología tabernaria


   Las tabernas, tascas, pub, cafeterías… los bares  en general,  son sitios de encuentro donde la gente va a beber vino, cerveza, café , copas  -siempre hay algún raro  que también bebe agua- cubatas, etc;  pero no sólo son “bebederos”, además, especialmente en los pueblos,  son verdaderos clubs sociales donde   se juega a las cartas y  otros juegos de mesa,  se ven los deportes en la TV y se habla con la gente. En estos lugares tan interesantes, es frecuente  encontrar “expertos oradores” que dominan todos los temas: política, fútbol, economía, trabajo,  críticas al prójimo y un largo etcétera. Allí  se habla de todo, tanto de lo  divino, como de lo humano.

   Cuando llega  la noche, tras la  abundante  cantidad de vino y cerveza que se  han pimplado algunos,  la lengua está muy suelta (las neuronas  no suelen estarlo tanto, todo sea dicho), y los asuntos  mundanos que se han debatido a lo largo del día ya están agotados;  por ello,  no es extraño que se hable de otros temas; estableciéndose, a veces, entre los parroquianos, debates más profundos... incluso filosóficos, convirtiéndose el bar, por unos momentos, en una auténtica Escuela de Atenas.
   Si hubiera que buscar una consigna filosófica,  para los que vamos a los bares, encontramos  una buena referencia en Descartes, un pensador francés, autor de la conocida frase: “Pienso, luego existo”.
   No sé en qué ambiente o circunstancia se le ocurrió a este filósofo su frase; pero,  si hubiera frecuentado los bares, como hacemos nosotros, en vez del referido aforismo,  seguramente, hubiera dicho: “Bebo, luego existo”, lo cual no deja de tener el mismo sentido y es más apropiado para estos ambientes.    
   Bueno, pues una noche se encontraban unos paisanos, de los que “beben“ y “existen”, en el bar,  apurando los últimos tragos de la jornada, hablando animadamente, y la conversación había derivado ese día hacia lo divino.  No sé cómo había comenzado  el tema, ni como había tomado  estos derroteros, pero el caso es que  la conversación giraba en torno a la religión.
   - Dios existe, no tengo ninguna  duda, decía uno de nuestros teólogos  tabernarios,  la prueba la tenemos en nosotros mismos.  Creó al hombre de la nada y somos una maravilla (evidentemente, el paisano tenía la autoestima muy alta), sólo hay que vernos: tenemos un cerebro para  pensar,  comemos, bebemos, jo*****, respiramos, cazamos,  pescamos,  venimos al bar a hablar con los amigos…  Todo esto es así,  porque nos ha hecho un ser superior… o sea, Dios.
   Tras acabar su pequeño discurso, miró atentamente a  sus interlocutores, intentando adivinar el impacto que sus palabras habían ocasionado en ellos, y apuró el  medio vaso de cerveza que aún le quedaba.  Estaba  satisfecho por los  argumentos expuestos y, a la vez, extrañado de que a estas horas su mente fuera capaz de razonar de este modo, sin que le doliera la cabeza.
 - Pues yo, dijo otro “teólogo” que andaba por allí, no creo mucho en Dios por lo mismo.
- ¿Cómo que  no crees en Dios, por lo mismo?  exclamó el primero, sorprendido. Eso es imposible. Tendrás tus propias razones para no creer en Dios,  pero no pueden ser las mismas que tengo yo para creer en Él.  
-  Sí es posible -respondió el segundo teólogo tabernario-. Yo, si sigo tu razonamiento,  llego a  la conclusión contraria…es imposible que  Dios exista. La Biblia dice  que creó al hombre y lo hizo a su imagen y semejanza ¿Es así?
-  Efectivamente, respondió “el creyente”.
- Verás -siguió razonando “el ateo”-,  es imposible que Dios haya creado al ser humano, y, además, parecido a Él.  El hombre es un ser  ruin, un mentiroso...un auténtico cabronazo; capaz de robar y de explotar a sus subordinados  en el trabajo (sospecho que este segundo teólogo tabernario, ese día, debió haber tenido algún problema con el jefe). Somos el único animal que  mata a otros animales por gusto, no porque lo necesitemos para comer; de provocar  guerras y matar a otros hombres  por territorios, dinero, por ideas políticas o religiosas…
   Si  Dios existiera, es imposible que hubiese creado a los hombres. Somos la prueba viviente de que Dios no existe. Estoy totalmente seguro de que a gente  como mi jefe -esto último lo dijo enfadado, alzando la voz- , Dios no la hubiera  creado nunca. Las dos cosas son incompatibles: Si hubiera un Dios, mi jefe es imposible que existiera; pero, como mi jefe sí existe, es imposible que exista  el Otro  (la sospecha se confirma, este segundo teólogo había tenido un mal día con su superior…tan malo, tan malo, que hasta le hizo renegar de su religión).


jueves, 12 de octubre de 2017

Culebrones. Entre la ciencia y la magia III


   El culebrón (o culebrilla), es una enfermedad de la piel en la que se forma, en una determinada zona del cuerpo, un conglomerado de vesículas. Éstas, que son muy frágiles, duran poco pues rápidamente se rompen, quedando en su lugar unas pequeñas ulceraciones. Además de las lesiones cutáneas, la enfermedad cursa también con un dolor en la misma zona, que a veces es muy intenso. 

  La enfermedad es conocida desde la antigüedad, pero la naturaleza de la misma -su origen- es relativamente reciente y, hasta hace unas cuantas décadas, no muchas, la medicina no contaba con remedios eficaces para su tratamiento; por lo que la gente solía recurrir a los curanderos para que trataran este mal.

 Antes, cuando no había lavadoras, la ropa se lavaba a mano  en las bordas, lavaderos,  arroyos y ríos -entonces, ser lavandera era una profesión-  y, una vez limpia, a menudo era puesta a secar tendida sobre la hierba, o encima de alguna pared.
   Las vesículas que se originan en esta enfermedad, muchas veces, se agrupan adoptando una disposición lineal; basándose en este hecho, se creía que la  enfermedad ocurría porque había pasado una culebra sobre la ropa puesta a secar en el campo; la serpiente, en su paseo textil, dejaba allí un veneno, y, posteriormente, cuando alguien se ponía esa ropa, la zona   de la misma, por donde había pasado el reptil, al entrar en contacto con la piel, era la responsable de que apareciera la enfermedad, de ahí el nombre de culebrón que recibe la misma.

   La distribución de las vesículas sobre la piel, al ser alargada,  recuerda, lejanamente
-muy lejanamente-, una culebra; por lo que en el imaginario popular, el culebrón vendría a ser una proyección del reptil sobre la piel del afectado, donde sus distintas zonas representarían la cabeza, el  cuerpo y la cola.

 Alguien, podría preguntarse por qué razón sigue habiendo culebrones, si tanto el lavado, que se hace en lavadoras, como el secado de la ropa, tiene lugar en las casas y ésta yo no se tiende en el campo.
   La explicación a ello corresponde a la ciencia; pero, como aún  estamos en el "tiempo de la magia" vamos a seguir con ella, dejando la respuesta para algo más adelante..

  El culebrón puede aparecer en cualquier zona del cuerpo, siendo su localización más común en el tórax. A este nivel, casi siempre podemos ver que lo hace de forma unilateral, en un lado del pecho, quedando "la cola" a la  altura de la columna, "el cuerpo" sigue un trayecto paralelo a alguna costilla hacia adelante, y "la cabeza" se ubica en la parte anterior del tórax, no sobrepasando nunca la línea media.
   Cuando las lesiones de la piel no son unilaterales y se extienden por ambos lados del tórax, rodeando totalmente el pecho, se dice que se ha unido “el rabo con la cabeza”. Si esto sucediera, el afectado "puede darse por perdido", ya que, casi, con total seguridad, va  a morir asfixiado (Claro que esto es excepcional y no suele ocurrir nunca).

  Hasta hace unos años -no muchos-, cuando alguien tenía un culebrón, lo habitual era que esa persona acudiera a un curandero para que le sanase el mal.
  El sanador, lo primero que hacía era examinar las lesiones de la piel para asegurarse de estar ante un auténtico culebrón, ya que hay enfermedades dermatológicas, bastante  parecidas, que no lo son, y, una vez, ya convencido de que el paciente tenía tal dolencia, procedía a curarlo; para ello, realizaba unas invocaciones o rezos, aplicando además, sobre la piel, en la zona afectada, un producto elaborado por él mismo, un polvo de color claro, cuya fórmula, secreta era transmitida de padres a hijos. 
   La duración habitual del tratamiento era de siete a nueve sesiones, a razón de una diaria; pero, si, al finalizar éstas, el enfermo aún no estaba curado, era necesario realizar unas cuantas más. Cuando acababa esta segunda serie, ya se habían curado, prácticamente, el 95% de los pacientes, habiendo desaparecido para entonces, casi siempre, todas las lesiones cutáneas.
   Aunque el polvo blanco, que le era aplicado al paciente en la piel, servía para aliviar las lesiones cutáneas; para que el culebrón desapareciera totalmente el curandero tenía que “rezarlo”.
  La justificación de estos rezos la encontramos en la mismísima Biblia: Al culebrón es preciso rezarlo porque ha sido ocasionado por la serpiente, y ésta es el símbolo del diablo (recordad a Adán y Eva, la manzana de la discordia, y la serpiente que hablaba, que no era otra que el mismo demonio) luego, como éste (la culebra = demonio) había sido el auténtico causante del culebrón, era necesario rezar a  Dios para que expulsara el mal del cuerpo.

   Todo lo escrito hasta aquí, pertenece al campo de la magia; ahora, vamos a entrar, muy someramente, en el campo de la ciencia.
    
   El culebrón, conocido por la ciencia médica como Herpes Zoster, es una infección vírica, originada por el virus Varicela-Zoster, que afecta a los nervios y a la piel.
   El primer síntoma de la enfermedad es un dolor que aparece en una zona del cuerpo;  allí, unos días más tarde, sobre la piel,  surgen unas vesículas que se rompen con facilidad quedando en su lugar unas  pequeñas úlceras.
   Las lesiones epidérmicas, siguen el trayecto del nervio afectado, de ahí que, a veces, tengan una distribución alargada y, al haber, también, afectación nerviosa, la enfermedad suele cursar con neuralgia (un intenso dolor), difícil de tratar.
   Las lesiones de la piel desaparecen, generalmente, en dos-tres semanas; pero el dolor, a menudo, persiste durante varios meses, para desesperación del paciente, ya que puede ser muy intenso.
   Hoy día, existe un tratamiento antivírico, bastante eficaz, para tratar el Herpes Zoster; pero, hasta finales de la década de 1980, hace sólo unos 30 años, no lo había. Por entonces, aunque ya se sabía que era una enfermedad ocasionada por un virus, la medicina no contaba con medicamentos eficaces ante el mismo.
  
   Por esa época, yo me encontraba estudiando medicina en Salamanca y tenía la asignatura de Dermatología.
   Un día, estaba de prácticas en una consulta, en el Hospital Clínico.  Allí nos encontrábamos, con un dermatólogo,  3 alumnos de la asignatura y el enfermo que iba a entrar, en ese momento, venía a revisión, y tenía un culebrón.
   El dermatólogo leyó su historia clínica,  antes de que pasara a la consulta, y nos comentó el caso.
-  Ahora va a entrar un paciente que tiene un herpes zoster torácico. La evolución es muy larga y, hasta hora, no está siendo favorable. Esta enfermedad suele curar en 2-3 semanas, pero en algunos casos se prolonga más tiempo, y es lo que le ocurre a este hombre. Lleva ya, con esta patología, cerca de 3 meses. En la última revisión, que fue el mes pasado, aún continuaba con el cuadro epidérmico y, además, tenía una neuralgia tremenda, que le impedía hacer una vida normal. Vamos a ver cómo lo encontramos hoy.
   Sabéis que, para el Herpes Zoster, no contamos con un tratamiento específico que permita eliminar el virus, y que sólo podemos aliviar los síntomas. Los analgésicos y el tratamiento tópico (loción o crema sobre la piel)  están resultando poco efectivos, el dolor que tiene es intenso, la evolución, repito, es muy larga, y lo está pasando muy mal. Cuando estuvo aquí, en la última revisión, se encontraba desesperado.
 
   Hizo una pausa, antes de seguir con su exposición, y continuó con su explicación:
  - El paciente me comentó que le habían hablado de curanderos que tratan los culebrones, y que, como apenas mejoraba con medicinas, estaba pensando acudir a uno de ellos;  así que me preguntó qué opinaba del asunto. 
   Yo, le aclaré que la medicina, hoy por hoy, no cuenta con un tratamiento  antivírico eficaz para curar este padecimiento, y que sólo podíamos calmarle los síntomas  mientras curaba la enfermedad. Que si quería recurrir a un curandero, allá él; pero le recomendé no abandonar el tratamiento médico y continuar viniendo a revisión.

   Hizo otra pausa -supongo que dudaba si proseguir o no con su explicación -y continuó con la charla:
    -También me preguntó, que si conocía a algún curandero solvente...a mí. Imaginaos, a un dermatólogo enviando pacientes al curandero. Lo cierto es que el hombre estaba muy mal, le vi tan desesperado que le sugerí ir a Barruecopardo, un pueblo de aquí, de Salamanca; está lejos, cerca de Portugal, por la zona de Vitigudino. Alguien me dijo un día que en ese pueblo hay un curandero que trata los culebrones.
   Mis compañeros de prácticas eran una chica de Zamora y un chico de un pueblo Cáceres. No conocían Barrueco y yo, prudentemente,  me callé.
- A lo mejor ha ido al curandero, se ha curado y no ha venido -bromeó el dermatólogo-.
   Sus esperanzas se disiparon rápidamente, pues la enfermera llamó al paciente y sí que había acudido a la revisión.
   El hombre entró en la consulta, acompañado por su mujer, y estaba muy sonriente, hecho que agradó al médico. En las anteriores revisiones, la cara del paciente debió haber sido de sufrimiento, por el intenso dolor que tenía, y todos sabemos que la cara es el espejo del alma.
   Tras los oportunos saludos, preguntó el dermatólogo:
  -¿Cómo sigue?
-Mire usted, ya estoy bien. Respondió el enfermo. Fui al curandero que me recomendó, en Barruecopardo. No es un curandero, es una curandera. Tuve que ir nueve días. Desde mi pueblo, que está en la provincia de Ávila, iba todos los días a ese pueblo. Queda lejos, la verdad, pero estaba tan desesperado que hubiera ido a donde fuese. Al quinto día empecé a mejorar y al séptimo ya no tenía dolores. Hombre lo sentía algo, pero ni mucho menos como estaba, que no me dejaba vivir.
   No sabe lo agradecido que estoy por haberme enviado allí. Ojalá hubiera ido antes.
     El dermatólogo escuchaba con atención las explicaciones del paciente  y, con gran curiosidad,  preguntó.
  - ¿Cómo es el tratamiento? ¿Qué le hacía la curandera?
   -Pues me echaba unos polvos blancos en la piel y hacía unos rezos. No sé si le si rezaba a Dios o al demonio; a mí me da igual ; el caso es que me ha curado y estoy contentísimo.
   Yo, ahora, ya estoy bien y le puedo decir que  me he reconciliado con la vida; estos últimos meses, cuando tenía el culebrón, a veces, me dolía tanto, que casi quería morirme. ¿Por qué seremos tan tontos que, hasta que no estamos malos, no nos convencemos  de que la salud es el bien más importante que tenemos?

   El médico estaba estupefacto, y más que se quedó cuando el hombre  le pidió a su mujer una bolsa, que ésta traía en la mano, y sacó un lomo. 
   -Tenga usted. En agradecimiento, por enviarme a la curandera de ese pueblo. Como ya estaba bien, no sabía si venir a la consulta cuando me citaron, pero tenía que traerle esto y por eso he venido.
   -¡A mí no tiene que darme nada!, protestó el médico. En todo caso a la curandera.
  Pero el hombre hizo caso omiso al dermatólogo, y depositó el lomo sobre la mesa
   - Mire usted, esa mujer no quería que le pagara -continuo hablando el paciente-, decía que lo que ella sabía se lo había enseñado su madre para ayudar a los demás y que no le debía nada. Sólo aceptaba la voluntad... y si quería. Le regalé otro lomo como éste que le dejo a usted,  y dos docenas de huevos. No aceptó nada más. No quiso dinero alguno. Le hubiera pagado lo que me hubiera pedido, la verdad. No sabe esa mujer, el bien que me ha hecho.
  Cuando el paciente y su mujer abandonaron la consulta, se hizo el silencio, nadie se atrevía a comentar lo sucedido,  y éste, lo rompió el dermatólogo.
   -La verdad, es que la medicina, hoy día, como ya os dije antes, carece de un tratamiento eficaz para el Herpes Zoster.
   Yo creo que, esto que ha sucedido, ha sido debido a que la inmunidad natural de este hombre -las defensas que crea el cuerpo ante las infecciones- ha conseguido controlar el virus; eso es, realmente, lo que le ha curado y resulta que esto ha coincidido en el tiempo con el tratamiento del curandero; o quién sabe...a lo mejor han sido los  polvos que le ha echado esa mujer.
   En fin, el caso es que está curado y yo me alegro infinitamente. Os confieso que, si no me lo cuenta el propio paciente, no me lo creo.
  Eso sí, no vayáis a decirle a nadie que un dermatólogo de este hospital remitió un paciente a una curandera. Reconozco que es verdad y me alegro enormemente por el hombre, ya que estaba desesperado y dispuesto a hacer lo que fuera; pero, de esto, haced el favor... ni una palabra a nadie. 

   Una vez que acabó la consulta, ya en la calle, los tres estudiantes comentamos el hecho y aproveché para hacer patria, comentándoles que era de Barrueco, y que, si un día tenían un culebrón, con gusto les presentaría a Julia, la curandera.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Fábula del erizo


   El erizo común, es un simpático animal que vive en nuestros campos, cuyo rasgo más destacable es que tiene la espalda cubierta de púas -unos gruesos pelos largos y duros, compuestos por queratina, que le dan gran rigidez-  de hasta 3 cm de longitud; de modo que, cuando se siente amenazado, se enrolla sobre sí mismo convirtiéndose en una bola de púas. Es su forma de defenderse, pues, una vez que adopta esta forma de pelota de pinchos, la mayoría de los animales evitan atacarlo. 
  Visto de frente, podemos apreciar que tiene una cara muy graciosa. En la parte superior sobresalen sus orejas que son redondeada; mientras que en la parte central presenta un hocico prominente, encima de la boca, con unos ojos vivarachos sobre el mismo.  Su cuerpo, de aspecto rechoncho, tiene la espalda cubierta de púas, tal como se indicó anteriormente, terminando 
CurioSfera.com
en una pequeña cola de unos 5 cm de longitud, y sus patas, 
a pesar de ser cortas, le permiten desplazarse con gran agilidad.
   Los ejemplares adultos pueden alcanzar una longitud algo superior a los 30 cm,  sin incluir la cola, llegando a adquirir un peso algo superior a 1 kg.   
  
   De hábitos nocturnos, pasa el día dormido en su madriguera de la que sale, una vez que  ha anochecido, para volver a ella antes de que amanezca; convirtiéndose, durante la noche, en un infatigable cazador ya que, guiado por el oído y el olfato, que tiene muy desarrollados, deambula   incansablemente por el campo buscando su alimento.
   Es un animal muy útil para al hombre ya que gran parte de su dieta está compuesta por   animales que resultan dañinos para la agricultura. Come  insectos, gusanos, lombrices, arañas, ratones,  ranas, reptiles y otros pequeños  mamíferos; una dieta a la que, llegado el caso, no duda en añadir algunos frutos.   
   Es un gran andarín, pudiendo recorrer durante su "jornada laboral" , a lo largo de la noche, varios kilómetros; resultando ser también un buen nadador; de modo que, si tiene que atravesar algún río o arroyo, lo hace con suma facilidad.   
   Al final del otoño, una vez que llega el frío, el erizo busca, o fabrica, un agujero bajo tierra, una madriguera, donde se hace una bola y queda sumido en un profundo letargo que se prolonga hasta la llegada de la primavera.  
   
   Un día se lamentaba un erizo por tener la piel cubierta de púas, ya que ello impedía que los demás animales se le acercasen.
   Veía a los pájaros cubiertos por sus suaves plumajes y se moría de envidia. Miraba al conejo, y a su prima la liebre, y se decía: ¡Qué pelo más sedoso, si yo tuviese un pelaje así, sería el animal más feliz del mundo!
   Un día, la zorra se le acercó y le dijo:
- Te veo triste y preocupado, amigo erizo ¿Te pasa algo?
- Estoy harto de mis púas, respondió el erizo. ¡Cómo me gustaría deshacerme de ellas! Por culpa de mis pinchos, los demás animales no se acercan a mí, y tampoco quieren que yo me acerque a ellos.
- Si quieres, yo te las corto. Le dijo amablemente la raposa.
  El ofrecimiento de la zorra, le pareció algo maravilloso.
- ¿De verdad lo harías? , contestó el erizo. Te estaría infinitamente agradecido. 
  Dicho y hecho, la raposa le cortó, una a una, todas las púas, y tan pronto acabó con la última de ellas, se acercó al erizo, sí…pero con intención comérselo.
  El pobre erizo deseaba que los demás animales se le acercasen, pero no con esas pretensiones.
  Salvó el pellejo por "los pelos" - pues pinchos ya no tenía-, gracias a que encontró una madriguera  próxima, pudiendo así eludir el ataque de su "peluquera".
  Allí tuvo que permanecer una larga temporada, hasta que sus púas crecieron y pudieron  protegerle de los depredadores. 
   Durante su estancia en la madriguera, desde la boca de la misma, un día observó cómo la zorra  cazaba un pájaro con su “suave plumaje” ; en otra ocasión, pudo ver a un zorro llevando en sus fauces a un pobre conejo, con su “sedoso pelo” incluido.  

  Desde luego, decía para sí el erizo, soy tan tonto como los humanos. Nunca están conformes con lo que tienen.  

domingo, 3 de septiembre de 2017

El criado portugués


   La comarca de Las Arribes, nuestra comarca, se encuentra en el oeste de la península y es una zona limítrofe con Portugal; como en los mapas, las fronteras están representadas mediante rayas;  por ello, nosotros decimos que somos de la Raya. 
   En la provincia de Salamanca, existen dos tipos rayas, la Raya Seca, en la comarca de Ciudad Rodrigo, donde la frontera no es más que  un hito sobre el terreno que separa ambos países, y la Raya Húmeda, la nuestra, llamada así porque el límite fronterizo entre ambos países está conformado por dos ríos, El Duero y El Águeda -este segundo, uno de sus afluentes, desemboca en el primero a la altura de La Fregeneda- constituyendo, ambos, una formidable frontera natural. 

  A pesar de que, en nuestra comarca, durante siglos, la frontera entre España y Portugal ha estado, prácticamente, cerrada al tránsito de personas;  los pueblos de ambos lados de la misma se encuentran próximos entre sí y siempre ha habido bastante relación entre los habitantes de ambos lados de La Raya. Unas veces, la relación era comercial (contrabando),  otras veces era social (no eran infrecuentes los matrimonios mixtos entre gente de ambos países), y otras laboral  (era bastante común que más de uno  cruzara la frontera para trabajar en el otro país).

   Esto sucedió hace bastante tiempo, cuando mi bisabuelo aún era joven.
   Una vez llegó al pueblo un portugués buscando trabajo y Eutimio, un hombre del lugar, lo contrató de criado para que le ayudase en las labores del campo.
   Sólo había un problema: el portuguesiño no sabía absolutamente nada de español, y su nuevo patrón desconocía totalmente el portugués.
   Hoy día, en los pueblos de ambos lados de la frontera, es fácil sintonizar cadenas de TV y radio del “otro país”;  de ahí que, nosotros, con frecuencia, oímos palabras en portugués y ellos las oyen en nuestro idioma;  por lo que, sin pretenderlo,  conocemos bastantes palabras del otro lado de la Raya,  
Arribes del Duero
igual que sucede con ellos; pero entonces aún no existían estos medios audiovisuales  y el desconocimiento del otro idioma, a pesar de estar tan próximos, era total.
  Desde siempre, este ha sido nuestro sino: Portugal, tan cerca, físicamente; y tan lejos   espiritualmente.
 
   Al compartir ambos idiomas, español y portugués, la misma raíz latina, tienen mucha semejanza entre sí; esto lo sabía  el criado que, además, como era muy voluntarioso, le dijo al nuevo patrón que no habría problema alguno de comunicación ya que estaba totalmente convencido de que, para un portugués, el español era muy fácil; y que si le enseñaba las palabras más necesarias, en una semana él se comprometía a hablar nuestra lengua como el mejor.
   A Eutimio, los buenos propósitos de su nuevo criado, de que en pocos días sería capaz de parlotear un perfecto español,  lejos de satisfacerle, no le gustaron nada y hasta sintió algo de enfado. ¡Pues sí que era pretencioso el hombre!  ¡Cómo pretenderá poder hablar español en cuatro días, si yo tardé en hablarlo correctamente tres años, según contaba mi madre! -por lo visto Eutimio no debió ser un niño demasiado espabilado- ¡Y encima pretende que yo sea su maestro! ¡Se va a enterar  éste de “lo fácil” que es hablar español! Todo esto pensaba el amo, para sus adentros.

   Se dirigieron ambos, el patrón y el criado, a la casa del primero, y en la puerta encontraron al gato que estaba en el umbral echado, tomando el sol.
   - Em português es um gato, dijo el criado señalando al animal.
- Pues en español  no, respondió el amo. Es un “conejodomésticosedosoyhermoso “.
 Entraron en la casa y salió a su encuentro la mujer del amo, que era muy guapa.
- ¿Es a bela mulher?, preguntó el criado.
- No, contestó muy serio el amo. Es “projimanostraquealegralapajarilla”.
   El “alumno de español”, tras las dos primeras palabras que había escuchado, empezó a preocuparse seriamente.  Siempre había oído que lusos e hispanos se entendían bien, debido a la similitud de ambos idiomas -aún  más en nuestra zona, donde comparten muchas expresiones del antiguo dialecto leonés, a ambos lados de la frontera-, pero se estaba dando cuenta de que estas primeras palabras de español, que le había enseñado su “profesor de idiomas”, no guardaban el más mínimo parecido con sus homónimas portuguesas.
   El patrón continuó toda la tarde tomándole  el pelo al nuevo criado, enseñándole varias palabras, cada cual más enrevesada, y éste, aunque ponía gran atención, cada vez estaba más confundido.
  El brasero resultó llamarse “sitiocalientedondegustaestaralagente”,  las faldillas de la mesa pasaron a ser “sayasbonitasyacogedoras”, las chispas se llamaban “Chiribitasitasitas”,  las patas de la mesa se llamaban  “piernasbellasfuertesytorneadas”,  la cayada se llamaba  “instrumentoderechoylargo”,  y así una larga lista de palabras, cada cual más rebuscada que la anterior.
  El pobre portuguesiño, a pesar de la gran dificultad que le suponía el aprendizaje del “nuevo idioma”, hacía progresos y, tras la primera semana, ya parloteaba este español tan particular que su nuevo amo le enseñaba.
 
   Una tarde, volvieron juntos del campo, el amo y el criado, y una vez que entraron en la casa vieron al ama que en ese momento estaba metiendo el brasero en la mesa camilla. Las faldillas de la mesa  estaban subidas, para poder colocarlo en la caja, y resulta que el gato estaba echado allí mismo, en el hueco del brasero;  así que la dueña dejó un momento el brasero en el suelo, al lado de la mesa, y cogió con cariño al gato, acariciándolo un poco,  antes de echarlo de allí para poder colocar el brasero en su sitio.
   La mujer se incorporó con el gato aún cogido en las manos, haciendo intención de soltarlo  para colocar el brasero en su sitio, y  Eutimio, en ese mismo momento, que  venía con la cayada en la mano, al acercarse a ella para darle un beso, perdió el equilibrio al tropezar con el borde de una alfombra y, al ver que el porrazo era inevitable, soltó la cayada para intentar amortiguar la caída con las manos yendo a parar encima de su mujer, cayendo ambos al suelo.
   Ella, al ver que el marido se le venía encima, soltó el gato y éste, asustado, saltó  cayendo encima de uno de los bordes del brasero que volcó sobre el suelo aparatosamente, saliendo despedidas chispas, ceniza y algunos tizones de cisco,  quedando todo esparcido por el piso de la habitación.
   La mala suerte quiso que una de las chispas  alcanzase la cortina de la ventana, y ésta empezó a arder.
  El criado reaccionó con prontitud y, con las propias manos, apagó el pequeño conato de incendio de la cortina; ayudando, posteriormente, a incorporarse  al amo y al ama que se encontraban en el suelo entrelazados uno sobre la otra, doloridos por el golpe, y, muy sorprendidos por el follón que, en pocos segundos,  se había armado en el comedor.
  Tras recuperarse del sobresalto, comprobaron que no había sucedido nada importante: Las personas y el gato, salvo el susto que se habían llevado los tres, estaban bien, y el único daño colateral lo había sufrido la cortina, que tenía un pequeño agujero por la quemadura;  pero, como el lío pudo haber acabado mucho peor, estaban contentos.

   Al día siguiente, se encontró en la calle el patrón con un vecino, y este, muy serio, le  dijo:
- Debéis tener cuidado tu mujer y tú, cuando os pongáis "al asunto"; evitad que os vea vuestro criado. Mira que luego lo cuenta todo.
   Eutimio miró extrañado al vecino, sin saber a qué se estaba refiriendo, y le preguntó
-  ¿Pero de qué asunto hablas?
-  De lo que pasó ayer. Me lo ha contado Joao con todo detalle.
  Eutimio estaba confundido, ya que no tenía ni idea de lo que su vecino estaba intentando decirle, y algo enfadado le dijo:
-  ¡Mira, dime que te ha contado mi criado, porque no sé de qué me estás hablando! 
- Verás, dijo el vecino bajando la voz  -como estaban en la calle, y el tema parecía bastante delicado, pretendía que sus palabras sólo pudieran ser oídas por los dos-   
- Tu criado me contó lo que ocurrió ayer noche…lo que hacíais  la Antonia y tú en el comedor. La verdad es que no entiendo cómo se os ocurre hacer esas cosas allí, expuestos  a que él os vea.  
  Eutimio no entendía en absoluto qué es lo que, con tanto misterio, pretendía decirle el vecino. La noche anterior, salvo el incidente del brasero, no recordaba que hubiera ocurrido nada destacable y estaba empezando a enfadarse.
- ¡Vamos a ver!, dijo alzando la voz  -al contrario que su interlocutor, él no encontraba motivo alguno para tanta  discreción-  Lo repito. Dime lo que sea…lo que te haya  contado Joao…a ver si me entero de una vez, qué es lo que me quieres decir. Porque no sé de qué coños me estás hablando.
   El vecino entonces dijo:
- Pues tu criado me ha dicho que ayer tarde, cuando llegasteis a casa, encontrasteis en el salón a tu     mujer, que  estaba  con las “sayasbonitas” levantadas, acariciando el conejohermosoysedoso;   que tú te acercaste hacia ella con el “instrumentoderecho” en la mano,  lo soltaste y acabaste encima de ella, allí entre las “piernasbellasfuertesytorneadas”,  en el “sitiocalientedondegustaestaralagente”, y que hasta salieron chiribitas. Está más claro que el agua.
     
   Eutimio no daba crédito a lo que estaba oyendo. Resulta que Joao le había contado al vecino, exactamente, lo ocurrido la noche anterior, utilizando el lenguaje “neoespañol” tan enrevesado,  que él le había enseñado,  y el vecino había entendido otra cosa.
  Dudaba si merecía la pena explicarle la verdad ya que estaba plenamente convencido de que no iba a a creerle.

(Este es  un conocido cuento tradicional, del cual existen dos versiones; una apta para un público infantil, la más conocida, y ésta que es para adultos. Recuerdo que antiguamente, cuando había niños presentes y los adultos hablaban de temas poco  adecuadas para los primeros, decían: “no puedo seguir, porque hay ropa tendida”. Entonces, una de dos: o lo dejaban pendiente para otra ocasión, o, lo que era más habitual, nos echaban  de allí para quedarse solos y poder seguir hablando libremente entre ellos. 
   Estoy  versión era de las que se reservaban para aquellas situaciones en que a “la ropa tendida” la mandaban fuera de la reunión)